
Gongora. Dibujo de Picasso
Francisco Fernández de Córdoba nació en la localidad andaluza de Baena, posiblemente en el año 1565, y falleció en Rute el 26 de julio de 1626. Conocido como el Abad de Rute, fue un destacado humanista español del Siglo de Oro, caracterizado por su brillante estilo literario, su vasta erudición y su meticulosa atención a los detalles históricos. Su formación y talento lo convirtieron en una figura relevante dentro del ámbito de las letras históricas, donde destacó no solo por su aguda capacidad de análisis, sino también por su compromiso con la difusión del conocimiento y la defensa de la cultura clásica y humanística.
Hombre de amplia cultura, Fernández de Córdoba mantuvo una estrecha amistad con Luis de Góngora, con quien compartía no solo el origen cordobés, sino también una afinidad intelectual y literaria. Su relación con el célebre poeta lo llevó a involucrarse activamente en las disputas entre culteranistas y conceptistas, enfrentamiento literario que dividió a los escritores de su época. Como ferviente defensor de Góngora, se posicionó firmemente a favor de la estética culterana, respaldando la complejidad estilística y la riqueza expresiva del poeta cordobés. En particular, mostró una especial admiración por la obra Soledades, la cual consideraba un ejemplo magistral del ingenio y la sofisticación poética de su amigo.
Francisco Fernández de Córdoba pertenecía a la ilustre casa de Cabra, una de las familias nobiliarias más influyentes de la época. Su padre, Luis Fernández de Córdoba, ocupó el cargo de corregidor de Toledo, mientras que su linaje lo vinculaba con figuras de renombre, como su abuelo Pedro de Córdoba, señor de La Zubia, y su tío, el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, célebre militar y estratega de las guerras de Italia.
Sin embargo, la vida del futuro Abad de Rute estuvo marcada por circunstancias familiares adversas. Fue hijo ilegítimo de Luis Fernández de Córdoba y de María de la Cruz, una mujer natural de Baena. Tras su nacimiento, su madre fue ingresada en un convento por orden de su padre, lo que determinó que Francisco creciera al margen del núcleo familiar paterno. No obstante, a pesar de esta situación, el Abad siempre habló con admiración de su progenitor, a quien reconocía no solo como un hombre de autoridad, sino también como un valiente caballero que había servido como caballerizo mayor junto a don Juan de Austria en la batalla de Lepanto.
La vida de Francisco Fernández de Córdoba se desarrolló en un entorno privilegiado que le permitió acceder a una educación esmerada y a un círculo de intelectuales y nobles de la corte. Formó parte de la comitiva de Antonio Fernández de Córdoba, V duque de Sessa, quien además de ser su primo segundo, desempeñó el cargo de embajador español ante la Santa Sede entre 1590 y 1604. Durante su estancia en Roma, el Abad de Rute tuvo la oportunidad de profundizar en sus estudios de literatura italiana y latina, además de presenciar importantes debates literarios, como el suscitado en torno a Il Pastor fido, la célebre obra del poeta y dramaturgo Giovanni Battista Guarini. Esta etapa romana contribuyó a enriquecer su bagaje intelectual y consolidó su interés por la historiografía y la crítica literaria.
El cargo de Abad de Rute formaba parte del patrimonio de la casa de Cabra y estaba vinculado a la sucesión del V duque de Sessa. El segundo hijo del duque, don Fernando de Córdoba, ostentaba el título de Abad Mayor y Señor de Rute, junto con los beneficios económicos asociados a la abadía. Gracias a la protección y el apoyo del duque, Francisco Fernández de Córdoba recibió el nombramiento de abad de Rute con derecho a la sucesión de don Fernando, aunque compartía con él los frutos y rentas de la abadía, fundada por los condes de Cabra. No obstante, nunca llegó a ostentar plenamente el título ni a gozar de las rentas completas, ya que falleció antes que Fernando de Córdoba.
A pesar de ello, su posición como racionero de la Catedral de Córdoba le permitió acceder a otras prebendas eclesiásticas que le garantizaron una vida acomodada, al igual que a su amigo y paisano Góngora, quien también desempeñó este cargo en la misma catedral.
En los últimos años de su vida, Francisco Fernández de Córdoba fue abandonando progresivamente la literatura para dedicarse por completo a su labor como historiador. Su obra más ambiciosa, Historia de la ciudad de Córdoba y origen de la Casa de Alcaudete, quedó inconclusa, aunque su contenido refleja el profundo conocimiento y rigor con los que abordaba la investigación histórica. Esta obra, junto con su legado intelectual, lo consagra como una de las figuras más relevantes del humanismo español del Siglo de Oro, cuya contribución a la cultura y las letras sigue siendo objeto de estudio y reconocimiento en la actualidad. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-.