
Como respuesta al levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid, que marcó el inicio de la Guerra de la Independencia Española, la población de Córdoba se levantó en armas con el objetivo de impedir el avance de las tropas napoleónicas al mando del general Pierre Dupont de l’Étang. La ciudad, movida por un fuerte sentimiento patriótico y alentada por el ejemplo madrileño, trató de organizar una defensa improvisada. Sin embargo, la escasa preparación militar, la falta de armamento y la abrumadora superioridad del ejército francés hicieron imposible una resistencia efectiva, obligando a los cordobeses a retirarse tras los primeros enfrentamientos.
El 23 de mayo de 1808, el general Dupont entró en Córdoba por la Puerta Nueva, iniciándose uno de los episodios más traumáticos de la historia de la ciudad. Durante nueve días, Córdoba fue sometida a un saqueo sistemático y despiadado por parte de las tropas imperiales. Según la tradición histórica, el detonante inmediato de esta represión fue un disparo fallido realizado por Pedro Moreno, juez de paz de la Santa Hermandad, desde una vivienda situada en la actual calle Alfonso XII. Este hecho sirvió de pretexto para que Dupont permitiera a sus soldados entregarse al pillaje sin restricción alguna.
Durante esos días, iglesias, conventos y domicilios particulares fueron asaltados sin distinción. Las tropas francesas se apropiaron de carros, vehículos, caballos, dinero, joyas, objetos de valor y provisiones, dejando tras de sí una ciudad devastada y sumida en el terror. El ensañamiento fue especialmente brutal en los conventos femeninos, como los del Carmen, San Juan de Dios y los Terceros, donde se produjeron violaciones, profanaciones, destrucción de imágenes religiosas y robos de objetos sagrados, hechos que conmocionaron profundamente a la población.
El saqueo alcanzó también a importantes propiedades civiles y eclesiásticas. Del Palacio de Viana fueron sustraídos alrededor de 80.000 reales, mientras que del Palacio Episcopal se llevaron cerca de 100.000 reales. Se estima que el botín total superó los 10 millones de reales, una cifra descomunal para la época. La magnitud del expolio fue tal que los mandos franceses decidieron no imponer contribuciones de guerra adicionales, al considerar que el saqueo ya había cubierto sobradamente sus objetivos económicos.
Las tropas napoleónicas abandonaron Córdoba el 16 de junio de 1808, tras conocerse la capitulación de la escuadra francesa en la bahía de Cádiz y la formación del Ejército de Andalucía, comandado por el general Francisco Javier Castaños. Este, junto a las fuerzas del general Teodoro Reding, avanzó por el valle del Guadalquivir con el propósito de enfrentarse al ejército imperial. El 23 de junio, Castaños entró en Córdoba, donde reorganizó sus tropas y comenzó los preparativos de la batalla decisiva que tendría lugar semanas después: la Batalla de Bailén.
Tras la histórica derrota francesa en Bailén, primera gran victoria del ejército español sobre las fuerzas napoleónicas, el Ayuntamiento de Córdoba y diversas instituciones locales solicitaron al general Castaños la restitución de los bienes saqueados. No obstante, el general respondió que únicamente serían devueltos los objetos de culto, como vasos sagrados y ornamentos religiosos, en cumplimiento de las leyes de la guerra vigentes, que consideraban el botín como propiedad legítima de los soldados con el consentimiento de su general.
La brutalidad de los acontecimientos vividos en Córdoba fue tan extrema que incluso en Francia se tuvo conocimiento de ellos gracias a las cartas de un oficial francés, horrorizado por la conducta de sus propios compañeros de armas, que describió con crudeza los abusos cometidos contra la población civil.
La llamada Guerra de la Independencia no fue únicamente un conflicto entre españoles y franceses. También tuvo un marcado carácter de guerra civil, al enfrentar a los patriotas —mayoritariamente el pueblo llano— con los afrancesados, josefinos o infidentes, sectores de la sociedad española que aceptaron el reinado de José I Bonaparte, ya fuera por convicción ideológica, oportunismo o deseo de reformas.
Como curiosa huella de aquellos hechos, aún en los años sesenta del siglo XX, los nenes del Campo de la Verdad, mientras jugaban, cerca del tramo de muralla próximo al Triunfo, encontraban en el lecho del río armamento abandonado por el ejército francés durante su retirada. Un testimonio tardío pero elocuente de cómo los ecos de la tragedia de 1808 siguieron presentes en la memoria y en el paisaje de Córdoba durante generaciones. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Fotografía de «Los Desastres de la Guerra», de Goya Imagenes creadas como un alegato contra la violencia y el sufrimiento humano, reflejan las atrocidades cometidas por ambos bandos, franceses y españoles. Goya, testigo de estos hechos, plasmó en sus grabados el fracaso de la razón ilustrada en un contexto de guerra.-