
Árboles en el paraíso de la oración: el origen de los patios arboleados en las mezquitas de al-Andalus
Abū Marwān Ibn Ḥayyān al-Qurṭubī, el gran cronista cordobés del siglo XI, nos dejó uno de los testimonios más valiosos sobre la costumbre —tan característica en al-Andalus— de plantar árboles en los patios de las mezquitas. En su obra se hace eco de una práctica profundamente simbólica y espiritual: la creación de jardines en los espacios de oración como evocación del Paraíso prometido.
Según recoge Ibn Ḥayyān, el iniciador de esta tradición en Córdoba fue un imán llamado Saʿṣaʿah ibn Sallām, quien consideraba lícito —y espiritualmente deseable— plantar árboles en el recinto de la mezquita. Para él, un jardín en la casa de oración debía recordar a los fieles la recompensa final que les esperaba en el Yanna (Paraíso), tal como se describe en el Corán. Esta idea tenía eco en las propias inscripciones de la maqsura y el mihrab de la mezquita aljama cordobesa, donde podían leerse versículos como:
«¡No temáis ni estéis tristes! ¡Regocijaos, más bien, por el Jardín que se os había prometido!» (Corán, 41:30)
Aunque esta costumbre ya tenía precedentes en algunas mezquitas de Siria —donde se documenta la presencia de palmeras en los patios de abluciones—, fue en Córdoba donde alcanzó una forma más consolidada y simbólica. La aljama cordobesa, especialmente desde la ampliación del patio ordenada por ʿAbd al-Raḥmān III, incorporó diversos árboles que acabaron definiendo un modelo paisajístico y devocional único en el islam andalusí.
Las fuentes atestiguan la presencia temprana de palmeras tras la conquista de la ciudad por las tropas de Ṭāriq ibn Ziyād. Con el paso de los siglos y gracias a reposiciones periódicas, el actual Patio de los Naranjos posee una mezcla de especies: naranjos, cipreses, cinamomos y palmeras. Aunque no existan documentos que lo confirmen con precisión, es probable que ya en época califal se plantaran también naranjos y limoneros, dos especies habituales en los patios de las mezquitas andalusíes por su aroma, sombra y asociación con el paraíso coránico.
El uso de este patio no era solo contemplativo o espiritual: también se destinaba a la enseñanza, a la reunión social y a la oración comunitaria de los viernes. Por ello, el número de árboles nunca fue excesivo. Además, existía cierta controversia entre los juristas musulmanes (fuqahāʾ) acerca de la propiedad de los frutos. Algunos entendían que debían ser recogidos únicamente por el muʾadhdhin (almuédano) y el personal al servicio de la mezquita; otros, en cambio, defendían que eran bien común, pertenecientes a Dios, y por tanto accesibles para todos los fieles.
En cualquier caso, estos jardines no eran meros adornos. En su sombra, en su fragancia y en su simbología se conjugaban teología, estética y vida cotidiana. De ahí que, siglos después, su legado aún resuene en los patios de Córdoba y en tantos otros rincones de herencia andalusí donde floreció el ideal del paraíso en la tierra. Soledad carrasquilla Caballero. sccc.-