[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. El niño del río. – Cosas de Cordoba

El niño del río.

El 11 de diciembre de 1701, en pleno amanecer invernal, unos molineros del río Guadalquivir, cerca del molino de Martos, encontraron flotando entre las aguas una pequeña figura de Niño Jesús tallada en madera policromada. Lo hallaron atrapado entre remolinos, arrastrado por la corriente como un objeto sin dueño, quizá abandonado, quizá perdido, quizás como mensaje llegado al lugar por designio divino.

Aquel hallazgo, que causó conmoción y devoción entre los vecinos, fue puesto en conocimiento de las autoridades eclesiásticas. Finalmente, el 8 de enero de 1702, el Niño fue donado al Monasterio Cisterciense de la Encarnación, donde se colocó en el coro bajo. Desde entonces, y durante más de tres siglos, ha permanecido vinculado a la comunidad cisterciense, aunque hoy se conserva en la clausura por motivos de seguridad.

En el convento se custodia una lápida de mármol blanco que testimonia el suceso con una inscripción en grafía del Setecientos. Su texto, solemne y algo ingenuo, intenta fijar para la posteridad el carácter extraordinario del acontecimiento:

“En 11 De Diciembre De 1701 Fue hallado Este Niño Jesús En El Río Guadalquivir Por unos molineros y El S .D. Joan Antoº. Victoria Provi Deste Obis Lo Dio A El S. D. Joan Colchado Villarreal Coms Del Sto Off. Se colocó En Este Altar En 8 De Enero De 1702 Siendo Obispo De Corva El Emmº. Sr. Cardªl. Salªr Y Abª Deste Convto Dª M. De Anglº Y Baquedano”.

La inscripción no solo fija nombres y fechas: revela el deseo de interpretar el hallazgo como un signo, una intervención providencial en tiempos difíciles, en los albores del siglo XVIII, cuando la Guerra de Sucesión comenzaba a desestabilizar la vida cotidiana de los territorios españoles.

El llamado Niño del Río (una imagen humilde, casi ingenua) dista mucho de las delicadas y estilizadas esculturas infantiles del Barroco español. Es una talla tosca, sencilla, de ejecución modesta, que parece más obra de un artesano no especializado que de un imaginero profesional. Su cuerpo es rechoncho, la expresión un tanto ruda, y la policromía, sencilla y algo irregular. Tanto es así que algunos han especulado con la posibilidad de que su autor, insatisfecho con el resultado, optara por deshacerse de la escultura dejándola marchar río abajo.

Pero ahí radica precisamente su singularidad: no es un Niño Jesús de academia, sino un niño corriente, un rostro humilde en el que la monja que me recibió, han visto la humanidad más pura; un niño que podría ser cualquiera de aquellos que vagaban sin protección por las calles, sin familia o sin recursos. Un niño para cuidar, como deberían cuidarse todos los niños del mundo, especialmente los más desamparados.

Cuando una de las religiosas permitió contemplarlo para fotografiarlo, dejó caer una reflexión que resume mejor que cualquier análisis académico el valor de esta imagen:

«Este niño nos lo dieron porque era una escultura mala y fea, más parece un muñeco que un Niño Jesús. Pero en los tiempos que corren, es una prueba de que la belleza no es lo más importante. Yo le tengo mucha fe, y todo lo que le pido me lo concede».

Sus palabras expresan esa lógica tan propia de la religiosidad popular: la belleza no siempre está donde la razón estética la coloca, sino donde el corazón la reconoce.

Si el Niño hubiera sido una obra de gran valor artístico, probablemente habría seguido el destino de otras imágenes célebres —como la Virgen de Villaviciosa, hoy en la Catedral y lejos de su templo original—. Pero su humilde apariencia lo preservó de traslados o reivindicaciones.

Permaneció en su convento, protegido por la devoción silenciosa de las monjas y de quienes conocían su historia.

Así, el Niño del Río se ha convertido en un símbolo peculiar: una imagen sin mérito estético aparente, pero cargada de significado para quienes la han venerado durante más de tres siglos. Su historia recuerda que, a veces, lo que para unos es desecho, para otros puede convertirse en objeto de consuelo, fe y esperanza. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc,-