
Estos versos anónimos, escritos por presos republicanos en la cárcel de Ocaña en 1941, constituyen uno de los testimonios más estremecedores de la represión franquista en los primeros años de la posguerra. Según relató el militante republicano Miguel Núñez en sus memorias, el poema fue redactado bajo la supervisión y estímulo de Miguel Hernández, quien en aquellos meses compartía cautiverio con otros presos políticos y alentaba la escritura como forma de resistencia moral y supervivencia espiritual.
Este texto es, hasta donde se conoce, el único documento escrito que da fe directa de los crímenes cometidos por el llamado “cura verdugo de Ocaña”, denominación con la que los propios reclusos bautizaron al capellán del penal. Entre los presos y sus familias también era conocido como el “cura asesino”, una figura temida y odiada cuya labor no se limitaba a la asistencia espiritual, sino que incluía una función macabra y profundamente traumática: dar el tiro de gracia a los republicanos condenados a muerte.
El poema, titulado popularmente El cura de Ocaña, emplea un lenguaje directo, duro y vehemente, sin concesiones retóricas, para denunciar las acciones del sacerdote. Está cargado de imágenes violentas y de una acusación frontal que lo presenta no como un hombre de fe, sino como un verdugo que traiciona los principios esenciales del cristianismo: la compasión, el perdón y la defensa de la vida. En sus versos no hay metáfora amable, sino una palabra nacida del dolor, del miedo y de la indignación de quienes esperaban su turno para morir.
Más allá de la denuncia individual, el poema convierte al cura de Ocaña en un símbolo del abuso de poder y de la complicidad de determinados sectores de la Iglesia en la maquinaria represiva del franquismo. La figura del sacerdote armado, legitimando la muerte en nombre de Dios y del nuevo Estado, resume de forma brutal la alianza entre religión y violencia institucional en la España de la posguerra. El texto refleja también la lucha de clases, la deshumanización del vencido y la crudeza de un sistema penitenciario concebido no para la reinserción, sino para el castigo ejemplar.
En estos versos, la religión —que debería haber sido consuelo en medio del horror— aparece transformada en una herramienta de opresión, utilizada para justificar el exterminio del adversario político. La poesía, escrita entre muros, hambre y terror, se convierte así en un acto de resistencia, en una forma de dejar constancia de lo ocurrido cuando toda otra vía de denuncia estaba cerrada.
El poema sobre el cura de Ocaña es, por tanto, mucho más que una denuncia personal. Es un documento de memoria histórica, un grito colectivo surgido desde el interior de una prisión, y un recordatorio de las heridas abiertas que dejó la Guerra Civil y la represión posterior. Nos obliga a reflexionar sobre los dilemas éticos de la guerra, el papel de las instituciones en contextos de violencia extrema y la responsabilidad moral de quienes, pudiendo aliviar el sufrimiento, optaron por profundizarlo.
En su crudeza y su verdad, estos versos anónimos siguen interpelándonos hoy, como testimonio incómodo pero necesario de una historia que no debe ser olvidada. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-
El cura verdugo de Ocaña
«Muy de mañana, aún de noche,
Antes de tocar diana,
Como presagio funesto
Cruzó el patio la sotana.
¡Más negro, más, que la noche
Menos negro que su alma
El cura verdugo de Ocaña!
Llegó al pabellón de celdas,
Allí oímos sus pisadas
Y los cerrojos lanzaron
Agudos gritos de alarma.
“¡Valor, hijos míos,
Que así Dios lo manda!”
Cobarde y cínico al tiempo
Tras los civiles se guarda,
¡Más negro, más, que la noche
Menos negro que su alma
El cura verdugo de Ocaña!
Los civiles temblorosos
Les ataron por la espalda
Para no ver aquellos ojos
Que mordían, que abrasaban.
Camino de Yepes van,
Gigantes de un pueblo heroico,
Camino de Yepes van.
Su vida ofrenda a España,
Una canción en los labios
Con la que besan la Patria.
El cura marcha detrás,
Ensuciando la mañana.
¡Más negro, más, que la noche
Menos negro que su alma
El cura verdugo de Ocaña!
Diecisiete disparos
Taladraron la mañana
Y fueron en nuestros pechos
Otras tantas puñaladas.
Los pájaros lugareños
Que sus plumas alisaban,
Se escondieron en los nidos
Suspendiendo su alborada.
La Luna lo veía y se tapaba
Por no fijar su mirada
En el libro, en la cruz
Y en la “star” ya descargada.
¡Más negro, más, que la noche
Menos negro que su alma
El cura verdugo de Ocaña!»
Fotografía del Fusilamiento de Torrijos en la playa de San Andrés (Málaga), por Antonio Gisbert Pérez, en 1888. (Museo del Prado) sccc.