
Pavimentos más antiguos y representativos del conocido como «chino cordobés»en la Plaza del Cristo de los Faroles, originario del siglo XVII.
En el año 850, el emir Abderramán II ordenó empedrar las calles de Córdoba con cantos rodados extraídos del lecho del río Guadalquivir. Con esta medida, la capital emiral se convirtió en la primera ciudad de Europa que volvió a contar con calles pavimentadas tras la caída del Imperio romano.
Aunque el empedrado en Córdoba tiene origen romano —combinando grandes losas de mármol y piedra con pequeños chinarros— los andalusíes introdujeron sus propias innovaciones. Abandonaron las losas y utilizaron únicamente cantos rodados, creando superficies uniformes, resistentes y frescas, ideales para el clima caluroso.
Estos suelos podían ser regados durante los días más calurosos para refrescar el ambiente sin formar charcos, gracias a la combinación de arena y piedras. La arena empapada no acumulaba el calor como el mármol, y el agua se filtraba fácilmente. Se empleaban dos tipos de cantos rodados: gruesos y finos, de varios colores, principalmente blanco y negro, aunque también podían verse tonos rojizos o grises.
Las piedras se colocaban de canto, formando composiciones geométricas mediante el contraste cromático. La técnica consistía en compactar las piedras sobre una base de arena, humedecida y bien nivelada, para que los cantos sobresalieran lo justo, garantizando firmeza y estética.
Aunque existe constancia de que la civilización egea ya pavimentaba calles entre los años 1600 y 1000 a. C., y que los cartagineses continuaron esa tradición, fue Roma quien generalizó el empedrado urbano. Tras la caída del Imperio, Córdoba recogería este legado y lo transformaría.
La falta de pavimentación en las ciudades antiguas generaba serios problemas de salubridad. París, conocida en época medieval como Lutecia (la «ciudad del lodo»), mejoró notablemente su aire y su higiene cuando en 1184 comenzaron a empedrarse sus calles. Londres también experimentó una mejora sanitaria tras el empedrado de sus vías desde 1542.
En España, la Ley Orgánica de Sanidad Pública de 1821 estableció la obligación de empedrar calles y plazas en todos los pueblos. En aquellos lugares que no contaban con fondos suficientes, se autorizaba el uso de materiales más humildes como berruecos, cascajo o escombros.
Uno de los pavimentos más antiguos y representativos del conocido como «chino cordobés» es el de la Plaza del Cristo de los Faroles, originario del siglo XVII. Aunque ha sido remodelado, conserva en gran medida su diseño original.
Esta emblemática plaza se levantó sobre terrenos donados por Fernando III a los Fernández de Córdoba tras la conquista cristiana de la ciudad en 1236. Posteriormente, la zona pasó a formar parte del Convento del Santo Ángel. El convento cedió la plaza al municipio, ya que servía como lugar de paso entre dos de los barrios más importantes de Córdoba: la Axerquía y la Villa. Soledad Carrasquilla Caballero, sccc.-

La Plaza del Cristo de los Faroles, presenta el pavimiento en chino cordobés antiguo de Córdoba.