
El Casanova anclado cerca del embarcadero en Coria, desde donde hicimos estas fotografías. Lastima no poder navega rio arriba y llegar por lo menos al puente de Abba Ibn Firnas
El Guadalquivir de las estrellas, que en Coria del Río siente el pulso de la marea, se vuelve salado cuando el océano lo reclama. Sus aguas, que antaño fueron senda de navegantes y sueños, ahora reflejan la indiferencia del tiempo. El barquero, que en otro siglo habría dominado la corriente con el vaivén de sus remos, ha soltado el esfuerzo de sus manos; su barca, vencida por la prisa moderna, se desliza a motor, ajena al rito ancestral del cruce.
En Córdoba, el Betis no guarda ya memoria de los días en que las naves de Tarsis dormían en sus aguas, esperando la carga de plata extraída de las entrañas de Sierra Morena. La corriente ha borrado el rastro de aquellos mercaderes fenicios y califales que, con paciencia y cálculo, tejieron rutas de riqueza entre oriente y occidente. Wuadi al-Kebir ha olvidado su historia, sus barqueros y sus remos, su motor y su destino. Y con ese olvido se han esfumado también los barcos que, en un tiempo ya perdido, remontaban el río con la sal marina impregnada en sus quillas, transportando hasta el puerto califal el aliento del Atlántico, el mismo que ahora se disuelve entre los reflejos dorados de un río que ya no es el Rio Grande. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

La barcaza de Coria.