
En esta fotografía tomada por Jean Charles Davillier en 1862 se aprecian los cuatro molinos situados en la parte baja del puente romano de Córdoba, entonces conocido como puente de San Rafael.
Destaca, en primer lugar, la Albolafia, cuando todavía no estaba sepultado en parte bajo la carretera que, años más tarde, se construiría sobre parte de él al habilitarse la antigua Nacional IV, tras la inauguración del llamado Puente Nuevo, que acabaría apropiándose del nombre de San Rafael.
Junto a la Albolafia aparece el molino del Pápalo, que en la instantánea conserva íntegras sus partes altas, testimonio de la continua transformación de estos ingenios hidráulicos a lo largo de los siglos.
El tercero es el molino Chico, quizá el más fiel a su historia, pues apenas ha sufrido modificaciones desde su origen. Se cree que su construcción es de época romana, lo que lo convierte en un vestigio único de la ingeniería hidráulica heredada y conservada hasta nuestros días.
Por último, el molino de San Antonio, que en aquel momento aún no había sido completado con la estructura superior destinada a vivienda y almacén. Sin embargo, ya se apreciaba en la imagen la ampliación de su cuarta piedra —la que con el tiempo pasaría a ser llamada la “primera”—, así como la presencia de la pequeña hornacina con la figura de San Antonio, que daría nombre al conjunto.
Estos molinos, silenciosos guardianes del Guadalquivir, nos devuelven en la fotografía de Davillier una imagen de la Córdoba de mediados del XIX, cuando la ciudad, aún apegada a su río, encontraba en estas construcciones no solo recursos para la molienda, sino también un vínculo vivo con su pasado romano, andalusí y medieval. Soledad Carrasquilla Caballerio. Sccc.-