[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Derrota por segunda vez a los normando – Cosas de Cordoba

Derrota por segunda vez a los normando

Barco normado que se encuentra en el Vikingskipshuset de Oslo, Noruega.

Después de la sangrienta victoria en la batalla de Tablada, ocurrida en el año 844, el emir Abd al-Rahman II tomó una de las decisiones más trascendentales de su reinado: la creación de una marina de guerra andalusí. Aquel episodio bélico, que frenó la primera gran incursión vikinga en al-Andalus, evidenció la vulnerabilidad del emirato frente a los ataques provenientes del mar, especialmente en las costas del suroeste peninsular, donde los drakkars normandos habían logrado internarse río arriba hasta llegar a Isbiliya (Sevilla), saqueándola brutalmente.

Aprendiendo de esta experiencia, Abd al-Rahman II ordenó la construcción de astilleros en Almería y Sevilla, reforzó las defensas portuarias, levantó torres de vigilancia costera y promovió el alistamiento de marinos y constructores navales. Esta marina de guerra —la primera documentada de forma organizada en al-Andalus— tuvo un papel fundamental no solo para defender el territorio, sino también como proyección de poder en el Mediterráneo.

El tiempo demostró su utilidad. En el año 858, una nueva oleada vikinga llegó a las costas andalusíes. Esta vez al mando de dos caudillos legendarios: Björn Costado de Hierro y su hermano Hastein, hijos del mítico rey nórdico Ragnar Lodbrok. Con su flota de largos navíos adornados con cabezas de dragón, escudos circulares y guerreros ávidos de riqueza y gloria, volvieron a surcar las aguas del Atlántico hacia las riberas hispánicas. Pero a diferencia del 844, se encontraron con una resistencia sólida y preparada.

El emir Muhammad I de Córdoba, hijo de Abd al-Rahman II, había heredado la previsión de su padre. A su disposición tenía ya una marina consolidada y una red defensiva costera robusta. Cuando los barcos vikingos intentaron nuevamente ascender por el Guadalquivir, fueron rechazados antes de poder alcanzar el corazón de Isbiliya. En esta ocasión, las fuerzas andalusíes no solo repelieron el ataque, sino que capturaron y ejecutaron a varios de sus líderes y destruyeron muchas de sus naves.

Crónicas musulmanas describen la llegada de los drakkars como «pájaros marinos rojinegros», y aunque las fuentes varían, se calcula que entre los siglos IX y XI se produjeron entre dos y cuatro incursiones vikingas documentadas en la península ibérica. Una de las últimas ocurrió en el año 971, cuando una gran flota se acercó a las costas del golfo de Cádiz. Esta vez, sin embargo, las fuerzas combinadas de las armadas del Atlántico y del Mediterráneo, reunidas por el califa Al-Hakam II, interceptaron a los invasores antes de que tocaran tierra. Algunas fuentes, aunque de veracidad discutida, afirman que un año después otra flota vikinga logró desembarcar brevemente, pero fue aplastada en el estuario del Tajo.

La amenaza vikinga, aunque intermitente, sirvió como catalizador para la maduración naval del estado andalusí. Las lecciones aprendidas permitieron que Córdoba desarrollara una estrategia marítima defensiva eficaz, y con ella, se consolidó no solo la seguridad de sus ciudades costeras, sino también su influencia en el comercio y la política del mar Mediterráneo. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-