
El emir Axafat entrega al rey Fernando III las llaves de la ciudad de Sevilla, Oleo sobre cobre de Francisco Pacheco que se encuentra en el trascoro de la Catedral de Sevilla.
El 23 de noviembre de 1248, tras catorce meses de asedio, la ciudad de Sevilla se rindió ante las tropas castellanas comandadas por el rey Fernando III, quien consolidó así la expansión castellano leonesa en el sur de la península ibérica.
Para garantizar el éxito de la conquista, Fernando III encomendó a Ramón Bonifaz la organización de una flota que asegurase el control del Guadalquivir, la principal vía de comunicación y abastecimiento de la ciudad. Bonifaz se dirigió a Cantabria, donde reunió trece grandes naves, junto con galeras y embarcaciones menores. Con esta flota, consiguió derrotar a las naves benimerines que acudían desde el norte de África en auxilio de Sevilla, interceptándolas en Sanlúcar de Barrameda. Tras asegurar la desembocadura del Guadalquivir, remontó el río hasta Coria del Río, mientras las tropas de Fernando III tomaban el castillo de Alcalá del Río, cerrando el cerco sobre la ciudad.
El asedio comenzó el 20 de agosto de 1247. En la ofensiva participó como aliado Alhamar, emir de Granada, obligado a cooperar por el Pacto de Jaén firmado con Fernando III en 1246.
La resistencia sevillana contó con el apoyo del emir de Niebla, Ibn Mahfuz, quien abastecía la ciudad con refuerzos y víveres a través de la fortaleza de San Juan de Aznalfarache y el puente de barcas sobre el Guadalquivir. Este puente, además de servir como vía de comunicación con el exterior, estaba protegido por gruesas cadenas que impedían el paso de las naves castellanas.
Fernando III intensificó el asedio con maquinaria de guerra para hostigar el castillo de San Juan y, tras intensos combates, logró tomar la plaza, aislando aún más la ciudad. Además, cortó el suministro de agua potable a través de los Caños de Carmona, agravando la situación de la población sevillana.
Mientras tanto, el infante Alfonso, futuro Alfonso X, que participaba en el asedio y envió amenazas a la ciudad, advirtiendo, en las misivas con pasar a cuchillo a sus habitantes si se derribaba una sola teja de la Mezquita Mayor.
En un intento desesperado por frenar el avance castellano, las tropas almohades lanzaron un brulote cargado con fuego griego contra la flota castellana. Sin embargo, Ramón de Bonifaz logró sortear el ataque y, tras enfrentarse a una flota de menor envergadura en la zona de la Torre del Oro, consiguió derribar las cadenas que protegían el puente de barcas. Con la destrucción del puente, la ciudad quedó totalmente cercada.
Ante la falta de víveres y sin posibilidad de recibir refuerzos, el emir de Sevilla, Axataf (Abu al-Walid Saqqaf), se rindió el 23 de noviembre de 1248 y entregó la ciudad a Fernando III.
Sevilla, una de las ciudades más grandes de al-Ándalus, contaba con más de 300 hectáreas, 7.400 metros de murallas, doce puertas y tres postigos. Tras la conquista, la ciudad fue saqueada y sus murallas esparcidas con sal, un gesto simbólico para marcar la derrota definitiva del enemigo. La población andalusí fue expulsada, dejando la ciudad prácticamente desierta, y comenzó un proceso de repoblación con emigrantes castellanos.
Se impuso una nueva distribución urbana basada en parroquias, muchas de ellas establecidas en antiguas mezquitas, que fueron consagradas al culto cristiano. La mezquita mayor fue con vertida en catedral, hasta que en el siglo XV fue demolida para construir una la catedral nueva, quedando solo de la construcción almohade su alminar que pasó a ser la Giralda.
Fernando III estableció su residencia en la ciudad y convirtió Sevilla en un bastión fundamental del reino de Castilla, consolidando el avance castellano hacia el sur de la península. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-