
El fragmento de la Carta que escribió el Rey Fernando desde el Real de Íllora donde cuenta cómo ocurrió la toma
La conquista de Íllora por los Reyes Católicos (1486): entre la resistencia y la artillería
El 4 de junio de 1486, en el contexto de la Guerra de Granada, las huestes castellanas lideradas por Íñigo López de Mendoza, duque del Infantado, y Diego Fernández de Córdoba, conde de Cabra, pusieron cerco a la estratégica villa de Íllora, situada en la frontera occidental del Reino nazarí de Granada.
Íllora, con su imponente castillo enclavado sobre un espolón rocoso, era una de las fortalezas más sólidas del sistema defensivo nazarí en la Vega granadina. La toma de la villa no fue fácil: las tropas castellanas encontraron una fuerte resistencia por parte del alcaide musulmán, que defendió tenazmente la plaza con el apoyo de la población local y guarniciones experimentadas.
Durante los primeros asaltos, los castellanos sufrieron un número considerable de bajas, lo que demuestra el valor estratégico de la plaza y la firmeza de sus defensores. Sin embargo, el factor decisivo en el desarrollo del asedio fue el uso creciente de la artillería de pólvora, que comenzaba a imponerse como elemento clave en las campañas bélicas del siglo XV. Los cañones castellanos lograron abrir brechas en las murallas, inclinando la balanza del lado cristiano.
El 8 de junio de 1486, tras varios días de combates y bombardeos, Íllora capituló ante los ejércitos de los Reyes Católicos, incorporándose así a la Corona de Castilla como parte de la expansión final hacia la toma de Granada (1492). En premio a su labor, los monarcas designaron como primer alcaide cristiano de la villa a Gonzalo Fernández de Córdoba, el futuro «Gran Capitán», quien iniciaba aquí su meteórica carrera militar y política.
Tras la conquista, la villa de Íllora y gran parte de sus términos pasaron directamente a dominio real. Como recompensa por su lealtad, los Reyes Católicos concedieron a Íllora privilegios fiscales importantes, entre ellos la exención de alcabalas, del pedido de primera venta y de la moneda forera, medidas que favorecieron su desarrollo económico y atrajeron a nuevos pobladores cristianos.
No obstante, parte del antiguo territorio fue también repartido entre señoríos nobiliarios, consolidando el modelo de repoblación mediante la entrega de tierras a la nobleza colaboradora, que fue habitual tras las conquistas en Andalucía oriental.
La toma de Íllora supuso, por tanto, un paso clave en la campaña de los Reyes Católicos para aislar Granada y cercar progresivamente el reino nazarí. Hoy, la silueta de su castillo sigue recordando aquellos días en que la historia de Castilla y al-Andalus se cruzaron con violencia, política y transformación territorial. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-