
Entrega de las llaves de la ciudad por el príncipe Abul-l-Casan. Lienzo de la Toma de Córdoba que se conserva en el Salón Liceo del Círculo de la Amistad.
El 29 de junio de 1236, Fernando III conquistó Córdoba, la joya de al-Andalus.
Pero esto no fue solo una victoria militar: fue un acontecimiento mundial, seguido con entusiasmo en toda Europa cristiana. Córdoba no era una ciudad cualquiera. Había sido la capital del Califato de los Omeyas de Occidente, uno de los centros más influyentes del saber, la política y la espiritualidad durante siglos.
En su época califal, Córdoba llegó a rivalizar con Constantinopla y Bagdad. Fue sede del mayor esplendor de al-Andalus, con su gran Mezquita, su sistema de iluminación pública, hospitales, escuelas, bibliotecas, baños, jardines y palacios. Se decía que Córdoba tenía más de 300.000 habitantes y 600 mezquitas en su momento álgido.
De Córdoba salieron científicos, filósofos, poetas y médicos que marcaron la historia del pensamiento: Averroes, Maimónides, Ibn Hazm, entre muchos otros. Fue punto de encuentro entre el saber griego, romano, árabe y judío, y referencia en todo el mundo conocido.
Pero en 1236 la ciudad estaba debilitada. Tras la caída del Califato en 1031, se fragmentó en reinos de taifas y sufrió luchas internas. Para entonces, Córdoba había perdido gran parte de su poder, aunque conservaba intacto su prestigio simbólico. Conquistarla era una hazaña espiritual, política y estratégica.
Por eso, cuando Fernando III entra en Córdoba, no entra un rey más: entra el cruzado victorioso, el monarca que restauraba la memoria cristiana de Hispania, reclamando la herencia de Recaredo y San Isidoro.
Córdoba se convierte en una pieza clave en el proyecto ideológico de la conquista, como símbolo de la «restauración» cristiana de la Península. Fernando III se tituló “emperador de las tres religiones”, uniendo no solo territorios, sino símbolos y memorias.
La toma de Córdoba fue cuidadosamente escenificada: la Cruz entró primero en procesión, purificó la Mezquita y se colocó en el mihrab. La ciudad no fue tomada por la fuerza sino rendida por tratado. En ese gesto —duro pero calculado— se ve la madurez política de Fernando III y el valor excepcional que la ciudad tenía.
Córdoba no solo cayó: cambió de civilización. Y con ello se cerró un ciclo de esplendor andalusí y se abrió otro, el de la Castilla triunfante, que avanzaba hacia el Guadalquivir con paso firme. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-