
Mausoleo de Camarón de la Isla en el cementerio de San Fernando. Escultura de José Monje Cruz realizada por el escultor e imaginero Alfonso Berraquero.
La noche del 2 de julio de 1992 quedó grabada en la memoria de miles de personas. A la entrada del término municipal de San Fernando, un coche fúnebre depositaba el cuerpo sin vida de José Monje Cruz, “Camarón de la Isla”, el mito más grande que había dado el flamenco contemporáneo. Las banderas ondeaban ya a media asta, como si toda la ciudad hubiera comprendido que aquel día se cerraba una era y comenzaba la leyenda.
En el histórico puente Zuazo, las manos de los gitanos se alzaron para sostener en volandas el féretro. No era un simple ataúd: era la caja sagrada de quien había revolucionado el cante, de quien había hecho del flamenco un lenguaje universal. El silencio se hizo denso, roto apenas por los sollozos y el murmullo de las guitarras invisibles que parecían sonar en la memoria colectiva.
A medida que avanzaba la comitiva, el alumbrado público se apagaba calle tras calle, sumiendo a La Isla en una penumbra casi ritual. Los comercios bajaban sus persianas como si se tratase de un luto general decretado por el pueblo mismo. La oscuridad cubría todo, pero entre las sombras emergía una luz simbólica: la bandera gitana, ondeando como emblema de identidad y resistencia, acompañando a quien había sido voz y corazón de un pueblo entero.
Detrás del féretro se extendía una multitud compacta, una marea humana donde miles de jóvenes imitaban al maestro. Eran los clones de Camarón: melenas rizadas cayendo sobre los hombros, cadenas gruesas de oro al cuello, dedos cargados de sortijas. Cada uno de ellos representaba la encarnación popular del mito, como si la muerte no pudiera borrar su presencia y todos quisieran perpetuar su figura en sí mismos.
La escena tenía algo de liturgia ancestral. Parecía una procesión del Santo Entierro, con los gitanos convertidos en caballeros del Santo Sepulcro. Pero esta vez no llevaban a un Cristo de talla, sino a su dios vivo convertido en dios muerto. Camarón era despedido como lo que ya era: un mito eterno, cuya ausencia física solo agrandaba su presencia espiritual.
Aquel cortejo fúnebre no solo fue el entierro de un hombre, sino también el nacimiento de una leyenda que sigue iluminando, como un fuego sagrado, las noches del flamenco. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-