Batalla de Bailén: cuando un cántaro cambió la historia

Foto de la medalla de distinción de Bailén, condecoración militar instituida por Decreto de la Junta Suprema de Sevilla el 11 de agosto de 1808, que fue otorgada a todos los componentes del ejército que participaron en la batalla, pero no a las mujeres
El agua quevenció a Napoleón
Del 19 al 22 de julio de 1808, en plena Guerra de la Independencia, se libró en tierras jiennenses la batalla de Bailén, la primera derrota en campo abierto del ejército napoleónico. Fue un acontecimiento de enorme impacto en la Europa de su tiempo: por primera vez, las hasta entonces invencibles tropas de Napoleón eran vencidas. Y lo fueron por un ejército español mal armado, desorganizado… pero apoyado por su pueblo.
Bajo el ardiente sol andaluz, los soldados del general Francisco Javier Castaños lograron la hazaña de rendir al ejército francés del general Pierre Dupont, que capituló con más de 17.000 hombres. La temperatura rondaba los 40 grados a mediodía del 19 de julio, cuando se libraron los combates más duros.
Lo que muchas veces se olvida es el papel decisivo de las mujeres de Bailén, cuyo valor y entrega marcaron el desenlace de la batalla.
Las tropas españolas tenían su retaguardia junto al pueblo de Bailén. Eso permitió algo crucial: la población civil, especialmente las mujeres, pudo acudir en auxilio de los soldados.
Transportando cántaros de agua entre las líneas de fuego. Enfrentándose a las balas para que los soldados no desfallecieran. Y, sobre todo, manteniendo en funcionamiento la artillería española, que necesitaba refrigerarse con agua para seguir disparando. Sin ese suministro, los cañones se habrían recalentado, inutilizado… y la historia habría sido otra.
Los franceses, en cambio, sufrieron la escasez de agua y el colapso de su artillería, cuyo sobrecalentamiento impidió que fueran eficaces. El calor, el agotamiento y la sed hicieron mella en sus tropas. La diferencia no fue solo táctica: fue humana.
En su parte oficial, el general Castaños dejó constancia del papel del pueblo de Bailén: “Heroicos vecinos, cuya lealtad y patriotismo debe servir de ejemplo y será bien señalada en la historia de nuestra gloriosa guerra; pues, aunque algunos podrán querer competir en los auxilios de víveres y agua que, arriesgando su vida, proporcionaron durante la batalla, sin que las mujeres y niños cediesen en nada a los más esforzados varones.”
Durante el fragor del combate, varias mujeres llegaron al puesto de mando con cántaros de agua. Una de ellas, María Luisa Bellido, ofreció agua al general. Justo cuando elevaba el cántaro, una bala lo atravesó y el agua se derramó. Ella no se inmutó: recogió lo poco que quedaba en un tiesto y se lo ofreció igualmente al general.
Desde entonces, el escudo de la ciudad de Bailén lleva representado un cántaro agujereado: símbolo de la entrega y el coraje de María Bellido, y por extensión, de todas las mujeres de Bailén que cambiaron la historia con agua, coraje y dignidad.
La victoria de Bailén obligó a Napoleón a intervenir personalmente en España y rompió el mito de la invencibilidad francesa. Dio alas a los movimientos de resistencia en toda Europa y puso de relieve que la guerra también se gana desde el pueblo. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Placa conmemorativa situada en la localidad de Porcuna , viudad en la que nacio.
Sin duda el acontecimiento inspiro a Miguel Hernández en este poema bélico:
Andaluzas generosa
nietas de las de Bailén,
dad a los verdugos fosas
antes que las fosas os den.
Parid y llevad ligeras
hijos a los batallones,
aceituna a las trincheras
y pólvora a los cañones.
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Maria Bellido y el agua, cuadro de Consuelo Vallejo Delgado

La Aguadora obra atribuida a Francisco de Goya, realizada entre 1808 y 1812, durante los años de la Guerra de la Independencia. Esta figura femenina —una mujer del pueblo con cántaro y cesta— simboliza la labor callada y heroica de las mujeres durante la guerra, y conecta perfectamente con relatos como el de María Bellido en la batalla de Bailén

Estatua a María Bellido en Bailén