[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Batalla de Alarcos. – Cosas de Cordoba

Batalla de Alarcos.

Parque Arqueológico de Alarcos

La Batalla de Alarcos (19 de julio de 1195): una derrota histórica del Reino de Castilla ante el poder almohade

El 19 de julio de 1195 tuvo lugar la Batalla de Alarcos (en árabe, Ma‘rakat al-Arak / معركة الأرك), en la explanada que dominaba el castillo en construcción de Alarcos, ubicado cerca del río Guadiana. Aún sin una ciudad plenamente desarrollada en torno al castillo, el lugar se convirtió en escenario de uno de los mayores desastres militares sufridos por el reino de Castilla en la Edad Media.

El enfrentamiento se produjo entre el ejército castellano del rey Alfonso VIII y las tropas del califa almohade Abū Yūsuf Ya‘qūb al-Mansūr, también conocido como Yusuf II. El detonante fue una campaña previa, en la que una expedición castellana liderada por el arzobispo de Toledo, Martín López de Pisuerga, penetró en las coras de Jaén y Córdoba, saqueando incluso las cercanías de Sevilla, la capital almohade en la península. Esta incursión fue tomada como una grave provocación, y el califa respondió movilizando a sus ejércitos.

En 1194, el propio Alfonso VIII se dirigió con arrogancia al califa, desafiándole en una carta donde le instaba a enviar sus tropas a Castilla o a facilitar barcos para que los castellanos fueran a combatirlo en el norte de África. La respuesta del califa, escueta y escrita al dorso de la misiva, fue una cita coránica:

«Me lanzaré sobre ellos, les convertiré en polvo sirviéndome de ejércitos que no han visto nunca y de cuya fuerza no podrán librarse».

El 1 de junio de 1195, el ejército almohade desembarcó cerca de Tarifa. Ya‘qūb al-Mansūr marchó a Sevilla y luego a Córdoba, donde logró reunir un poderoso ejército de hasta 300.000 hombres, según fuentes árabes, formado por tropas regulares, mercenarios norteafricanos y milicias andalusíes. En Córdoba se le unió Pedro Fernández de Castro, un poderoso noble leonés que, enfrentado con Alfonso VIII, combatió junto a los almohades.

El 4 de julio, el ejército musulmán cruzó Despeñaperros y avanzó hacia La Mancha. Alfonso VIII, alertado, reunió sus tropas en Toledo y marchó hacia Alarcos. A pesar de la amenaza, cometió el error de no esperar los refuerzos de Alfonso IX de León ni de Sancho VII de Navarra, que estaban a pocos días de distancia. Confiando en la fortaleza de su caballería pesada, decidió presentar batalla prematuramente.

El 19 de julio, el ejército almohade se desplegó frente a la colina conocida como La Cabeza, a dos tiros de flecha del castillo de Alarcos, según relatan las crónicas andalusíes. El resultado fue una aplastante derrota para los castellanos. Murieron miles de hombres, incluyendo tres obispos, el maestre de la Orden de Santiago y prácticamente todos los miembros de las Órdenes de Trujillo y Évora. La flor y nata de la nobleza castellana cayó en el campo de batalla, y el propio rey y su alférez, Diego López de Haro, apenas lograron huir con vida.

Tras la victoria, el califa almorávide tomó numerosas fortalezas castellanas como Malagón, Calatrava la Vieja, Benavente y Caracuel, dejando el camino libre hacia Toledo. Sin embargo, no culminó su ofensiva, ya que regresó a Sevilla a reorganizar sus tropas y, poco después, tuvo que volver al norte de África por la muerte de su hijo. No regresaría más a al-Ándalus.

El impacto de la derrota de Alarcos fue devastador para Castilla. El reino tardó años en recuperarse, y la amenaza almohade pareció definitiva. El califa adoptó el sobrenombre honorífico de al-Mansūr Billāh (el Victorioso por Dios), evocando al célebre Almanzor. Como gesto simbólico de unidad entre los musulmanes norteafricanos y los andalusíes, ordenó colocar una bandera verde y blanca en la Mezquita de Sevilla: el blanco representaba el Imperio almohade y el verde, la tradición omeya andalusí.

Las excavaciones arqueológicas realizadas en el yacimiento de Alarcos han aportado valiosa información sobre la batalla. Tras la victoria musulmana, los almohades aprovecharon las fosas de cimentación inacabadas de la muralla para arrojar los restos de los combates: cuerpos de soldados cristianos, caballos muertos, armas, pertrechos y materiales de campamento. Este conjunto, que hoy puede estudiarse gracias a los trabajos realizados por arqueólogos españoles, constituye un testimonio único de la violencia y brutalidad de la guerra medieval en Europa. Soledad carrasquilla Caballero. sccc.-