[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Astarté – Cosas de Cordoba

Astarté

Figura de Astarté descubierta en el yacimiento tartésico de El Carambolo. Se trata de una diosa, desnuda y tocada con una peluca de estilo egipcio. Data de la 2ª mitad del siglo -VIII, y posee una inscripción que aclara su advocación: “Ofrenda que ha hecho Baal Jaton, hijo de Dommelek y Abdibaal, hijo de Dommelek, nigromantes de Astarté, como agradecimiento a Astarté-Ur por haber escuchado sus plegarias”. Se encuentra en el Museo Arqueológico de Sevilla.

Astarté: el mito y la huella sagrada de la diosa en el Occidente fenicio

Astarté es el nombre griego de la principal diosa de la costa meridional ibérica bajo influencia fenicia. Su figura es antiquísima: fue venerada en Sumer como Inanna, en Acad como Ishtar, y entre los israelitas bajo el nombre de Asera. Los navegantes fenicios, procedentes de Tiro, introdujeron su culto en la colonia de Gádir (Cádiz), desde donde se difundió entre las poblaciones tartésicas y otros pueblos del suroeste peninsular.

Astarté representaba el poder fecundo de la Madre Tierra, la fuerza vital que engendra, nutre y renueva la existencia. Era diosa de la fertilidad, del amor y de la vida, pero también del cielo y los astros. Su culto celebraba los ciclos naturales y la renovación de la naturaleza, en estrecha relación con el planeta Venus, símbolo de la belleza y la pasión. Se la representaba desnuda o cubierta con ligeros velos, de pie sobre un león, símbolo de su dominio sobre las fuerzas salvajes de la naturaleza. Entre sus atributos se encontraban el león, el caballo, la esfinge, la paloma y sobre todo la estrella dentro del círculo, signo de Venus. El símbolo más común de Astarté era, sin embargo, la luna creciente, los “cuernos de la luna”, emblema de la fertilidad y del ciclo eterno de la vida.

En la tradición bíblica, Asera —identificada con Astarté— fue durante siglos objeto de culto en el mismo templo de Yahvé en Jerusalén, donde se la conocía como la “Reina de los Cielos”. El Libro de los Reyes relata cómo el rey Josías, en su reforma religiosa (siglo VII a. C.), ordenó destruir todos los altares, imágenes y símbolos asociados a Astarté, Baal y otras deidades semíticas, para imponer el monoteísmo yahvista y consolidar la identidad religiosa del pueblo de Israel.

Astarté, llamada también la “Estrella de la Mañana” o el “Lucero del Alba”, simbolizaba la energía femenina del cosmos, la fuerza generadora que, en muchas culturas antiguas, se asoció al principio de la creación. Su figura trascendió fronteras y nombres, adaptándose a distintos pueblos del Mediterráneo.

Los geógrafos e historiadores clásicos, como Estrabón, mencionan la existencia de templos dedicados a divinidades afines a Astarté o Venus a lo largo de la costa de Gades. En su Geografía (Libro III), el autor describe santuarios situados junto al mar, consagrados por navegantes fenicios que pedían protección y buenos vientos. Por ello, en Hispania, Astarté fue considerada la protectora de los marinos, patrona de los viajes y del comercio marítimo, papel que siglos después asumirían advocaciones cristianas de la Virgen María. Desde las costas

gaditanas, su culto se extendió hacia el interior, influyendo en las poblaciones de lo que hoy son Andalucía y Extremadura.

El ocaso del pueblo tartésico, ocurrido hacia el siglo VI a. C., sigue siendo un misterio histórico. Sea cual fuere la causa de su desaparición, a partir de ese momento la influencia fenicia y el culto de Astarté fueron sustituidos progresivamente por la figura de Tanit, la gran diosa cartaginesa, heredera espiritual de su poder y su simbolismo.

Sin embargo, la memoria de Astarté no se extinguió del todo. Algunos rituales y peregrinaciones actuales podrían conservar vestigios de aquel antiguo culto femenino. Así, la romería del Rocío, en las marismas de Huelva, parece mantener resonancias de antiguos ritos de fertilidad y devoción a la diosa madre, vinculados al agua, la luna y la fecundidad. De igual modo, el santuario de la Virgen de Europa, en el Peñón de Gibraltar —antigua mezquita durante el periodo andalusí—, pudo haber sido en sus orígenes un templo consagrado a Astarté, situado en el extremo más occidental del Mediterráneo, donde los fenicios imaginaban el umbral del mundo conocido.

Así, bajo nuevos nombres y advocaciones, el eco de la diosa fenicia sigue vivo en la espiritualidad popular del sur peninsular: en los caminos de arena, en los santuarios blancos junto al mar y en la devoción a una Madre celestial que, desde tiempos remotos, simboliza la unión entre la tierra, el amor y las estrellas. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Figura de Astarté descubierta en El Carambolo. Museo Arqueológico de Sevilla.

Figura de terracota relacionada con el culto a la diosa Astarté
Se encuentra en el museo de Cádiz.

El bronce tartésico conocido como “Bronce Carriazo” es una representación de la diosa fenicia Astarté, como diosa de las marismas y los esteros, aunque con el peinado típico de la diosa egipcia Hathor. Astarté aparece representada en el bronce con túnica de mangas cortas ornada de lirios, y acompañada por dos torsos de aves cuyas alas se unen sobre la cabeza de la diosa. Se encuentra en el Museo Arqueológico de Sevilla