
El alumbrado público de Córdoba del esplendor califal, a la ocuridad, a la modernidad en XIX
El día 6 de Agosto 1831 después de cerca de 8 siglos de haberlo perdido, vuelve el alumbrado público a Córdoba, cuando sus calles lucían alumbradas 800 años antes que Londres o Paris.
El alumbrado público en Córdoba tiene una historia singular que la distingue de muchas ciudades europeas. Durante el califato omeya (siglo X), la capital andalusí no solo se convirtió en el principal centro político y cultural de Occidente islámico, sino también en una urbe modelo en cuanto a infraestructura urbana. Entre los múltiples aspectos que llamaron la atención de viajeros y cronistas de la época se encontraba la iluminación de sus calles.
En el siglo X, bajo el gobierno de Abd al-Rahmán III y al-Hakam II, Córdoba alcanzó una población estimada en más de 300.000 habitantes, cifra que la situaba como una de las ciudades más grandes del mundo. La ciudad contaba con pavimentación en calles principales, alcantarillado y un sistema de alumbrado nocturno, que consistía en lámparas y faroles de aceite colocados en espacios estratégicos, sobre todo en las inmediaciones de la Mezquita Aljama, zocos, baños, puentes y plazas.
Fuentes árabes y posteriores cronistas cristianos resaltaron el asombro que causaba este despliegue en viajeros venidos de Europa, donde la mayoría de las ciudades permanecían sumidas en la oscuridad. Córdoba fue, de hecho, una de las primeras ciudades del mundo en tener un sistema organizado de alumbrado público, precediendo en siglos a capitales como París o Londres, que no desarrollaron alumbrado urbano regular hasta los siglos XVII y XVIII.
La iluminación cordobesa no era continua en toda la ciudad, sino concentrada en espacios de sociabilidad y comercio, pero constituyó un hito urbano: permitió prolongar la vida nocturna, reforzar la seguridad y embellecer la ciudad, consolidando la imagen de Córdoba como una auténtica “metrópoli de la luz”.
Tras la conquista de Córdoba por Fernando III en 1236, la ciudad perdió progresivamente su preeminencia política y cultural, lo que afectó también a su infraestructura. Durante siglos, las calles volvieron a quedar sumidas en la penumbra. No fue hasta bien entrado el siglo XIX cuando se recuperó de manera estable el alumbrado público organizado, después de casi ocho siglos de oscuridad urbana.
El 6 de agosto de 1831 se inaugura oficialmente el nuevo alumbrado público de Córdoba. Una Real Orden organizaba la instalación de 713 faroles y 221 reverberos, todos ellos alimentados con aceite. El acontecimiento fue celebrado como un símbolo de modernidad, devolviendo a la ciudad un privilegio que había conocido en tiempos califales.
La red fue creciendo con rapidez: 1841: se alcanzaron 954 farolas. 1850: el sistema se amplió al Campo de la Verdad, con 43 faroles adicionales.
El alumbrado no solo representaba un avance técnico, sino también un factor de seguridad ciudadana, al reducir los delitos nocturnos y favorecer la actividad social tras la puesta de sol.
El aceite pronto fue sustituido por otros combustibles más eficientes: 1865: se introdujo la iluminación mediante petróleo, con 903 reverberos. 1870: comenzó la implantación del alumbrado de gas, aunque el proceso fue lento y coexistió durante años con otros sistemas. El gas ofrecía una luz más intensa y regular, y se convirtió en el modelo urbano más extendido en Europa en la segunda mitad del siglo XIX. Córdoba, aunque no estuvo en la vanguardia tecnológica, se integró en esta ola de modernización.
En 1893 la Compañía Cordobesa de Electricidad instaló iluminación eléctrica en algunas fábricas de la ciudad.1895 se introdujo el alumbrado eléctrico en las calles, bajo la misma compañía, sustituyendo paulatinamente al gas.
El paso a la electricidad significó la consolidación de una Córdoba moderna, conectada con los avances de la Segunda Revolución Industrial.
Independientemente del combustible utilizado (aceite, petróleo, gas o electricidad), el alumbrado público transformó radicalmente la vida urbana. Prolongó las actividades económicas y sociales en horario nocturno. Incrementó la seguridad, reduciendo robos y disturbios. Dotó a la ciudad de una nueva estética nocturna, que fue celebrada por viajeros y cronistas.
En el caso de Córdoba, además, el alumbrado tenía un valor simbólico añadido: devolvía a la ciudad un elemento que había caracterizado su esplendor califal, reafirmando un pasado de grandeza perdido y recuperado parcialmente con la modernidad.
En suma, Córdoba fue una ciudad pionera en el alumbrado público en época califal, se sumió después en siglos de oscuridad tras la toma castellana, y finalmente volvió a la vanguardia en el siglo XIX, siguiendo el ritmo de la modernidad europea. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Detalle de lámpara de cristal con cadenas procedente de una tela andalusí del siglo XIII del Museo Metropolitano de Nueva York.

Detalle de lámpara de cristal con un sistema de cadenas, argollas y platillo. Foto: Las Cantigas de Alfonso X el Sabio

Candil de bronce de época califal. Museo Arqueológico de Córdoba.
