
El 8 de enero de 1468, en un contexto de profunda inestabilidad política y social, Alonso Fernández de Córdoba, conocido como «el de Aguilar», protagonizó uno de los episodios más violentos y reveladores de la conflictiva vida política cordobesa del siglo XV. A pesar de ser una figura de enorme peso dentro de la nobleza andaluza, su memoria ha quedado a menudo eclipsada por la de su hermano menor, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, cuya fama militar acabaría proyectándose sobre toda la estirpe.Por entonces, Alonso ostentaba el cargo de Alcaide Mayor de Córdoba, una responsabilidad de primer orden en una ciudad desgarrada por las luchas entre bandos nobiliarios, las tensiones entre el poder civil y el eclesiástico y las secuelas de la guerra civil castellana que enfrentaba a los partidarios de Enrique IV y de Isabel la Católica. Córdoba no era ajena a estos conflictos, y sus calles se habían convertido en escenario habitual de disturbios, venganzas y levantamientos armados.
En este clima de violencia, Alonso Fernández de Córdoba trató de imponer el orden por la fuerza, enfrentándose a distintos focos de rebelión que cuestionaban su autoridad. Entre sus principales adversarios se encontraba su hermano bastardo, Pedro Fernández de Córdoba y Solier, obispo de Córdoba, una figura poderosa tanto en el ámbito religioso como en el político. La enemistad entre ambos no era solo familiar, sino también institucional: el obispo representaba un poder alternativo capaz de movilizar apoyos dentro de la ciudad y de desafiar la hegemonía del linaje.
La tensión alcanzó su punto culminante aquel 8 de enero de 1468, cuando el de Aguilar ordenó el asalto al Palacio Episcopal, símbolo del poder eclesiástico en la ciudad. El edificio fue incendiado y saqueado, en un acto de violencia extrema que conmocionó a Córdoba y que evidenciaba hasta qué punto el orden institucional había sido superado por la lógica de la fuerza. No satisfecho con ello, Alonso mandó apresar al obispo, quebrantando abiertamente la inmunidad eclesiástica, un gesto de enorme gravedad en la Castilla del siglo XV.
El prelado fue conducido como prisionero al castillo de Montilla, fortaleza principal de los Fernández de Córdoba y centro del poder señorial del linaje. Allí permaneció retenido, convirtiéndose en rehén de un conflicto que mezclaba ambición política, rivalidad familiar y control de la ciudad.
Este episodio refleja con claridad la fragilidad del poder real en la Andalucía bajomedieval, donde los grandes linajes actuaban con una autonomía casi absoluta y los conflictos se resolvían frecuentemente mediante la violencia. También muestra el carácter decidido —y a menudo implacable— de Alonso Fernández de Córdoba, un noble de enorme influencia cuya figura ha quedado injustamente relegada frente al brillo posterior del Gran Capitán.
Lejos de ser un simple antecedente anecdótico, los sucesos de enero de 1468 constituyen una muestra palpable de la Córdoba convulsa del siglo XV, una ciudad dominada por facciones enfrentadas, donde incluso los muros sagrados podían arder y un obispo podía ser encadenado por su propio hermano. Un tiempo en el que el poder se medía por la espada, y en el que la autoridad se imponía, más que por la ley, por la fuerza de las armas. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Relieve de Alonso de Aguilar en la plaza mayor de salamanca.