
La fotografía se trata de la escultura ecuestre en bronce, con excepción de la cabeza, labrada en mármol blanco. Fue realizada por el cordobés Mateo Inurria en 1923. Sobre el modelo de la cabeza del Gran Capitán se plantean dos relatos, uno que corresponde a la de Lagartijo, el primer califa del toreo y la otra a un organista de la iglesia de San Nicolás.
Los Fernández de Córdoba disponían en Montilla de una extensa cuadra con más de cuatrocientos caballos, donde se criaban y domaban los ejemplares más aptos para el combate. Aquel recinto, servía tanto como reserva militar como escuela de equitación para los jóvenes de la familia. En ese ambiente aprendió a montar Gonzalo Fernández de Córdoba, quien desde niño mostró una habilidad extraordinaria para el manejo del caballo, hasta el punto de llegar a fundirse con su montura en un solo cuerpo. Tal dominio del arte ecuestre le acompañó toda su vida, y en las innumerables batallas en que participó nunca fue alcanzado por herida alguna, demostrando una destreza y serenidad notables. Durante toda su dilatada carrera militar, solo uno de sus caballos murió en combate, un hecho excepcional que ilustra la simbiosis entre el jinete y sus corceles.
El caballo bético tenía ya una fama milenaria. En tiempos del Imperio Romano, los equinos de la Bética eran muy apreciados en los circos y competiciones ecuestres. Más tarde, bajo el dominio musulmán, Abderramán I exigía a los mozárabes un tributo anual de 10.000 caballos a cambio de la paz y protección. Durante el Califato de Córdoba, la cría caballar alcanzó un nivel de refinamiento sin precedentes: la yeguada de la corte omeya y la recua de Almanzor fueron célebres por su calidad, y los caballos cordobeses se convirtieron en símbolo de poder y prestigio.
En la época medieval, el Reino de Córdoba fue reputado por sus magníficos ejemplares. De aquellas antiguas piaras y cruzamientos surgieron siglos después razas equinas de renombre internacional, como el hispano-árabe, el hispano-bretón, el frisón, el azteca, el lipizzano, el kladruber, el peruano de paso, el mustang, el Alter Real y el lusitano, todos ellos descendientes, en mayor o menor medida, del tronco andaluz.
En una de las escaramuzas de la Guerra de Granada, cuando Gonzalo servía aún en el ejército de Alonso Fernández de Córdoba, bajo la enseña de los señores de Aguilar, vestía la pesada armadura característica de la fuerza del Gran Aguilar. En aquel enfrentamiento, una lanza enemiga atravesó el pecho de su caballo Tizona, un alazán de gran bravura que cayó mortalmente herido. En las campañas posteriores contra el reino nazarí montó también a los caballos Mudarra y Lupo, ambos célebres en los relatos de la época por su resistencia y nobleza.
Años después, ya consagrado como estratega al servicio de los Reyes Católicos, venció en la batalla de Ceriñola montando su caballo tordo Santiago, con el que protagonizó una de las cargas más memorables de la historia militar española. Aquel animal, fuerte y ágil, simbolizó la nueva caballería del Renacimiento: disciplinada, táctica y adaptada a los tiempos de la artillería y la pólvora.
No obstante, la cabalgadura más famosa de todas las que montó el Gran Capitán es una jaca negra de bronce, obra del escultor Mateo Inurria, fundida en el primer tercio del siglo XX. Esta estatua ecuestre, erigida originalmente en la glorieta de los Artilleros —en el cruce de la avenida del Gran Capitán con la Ronda de los Tejares—, fue trasladada posteriormente a la plaza de las Tendillas, donde hoy continúa contemplando la ciudad. Desde su pedestal de granito rosado, el héroe y su corcel parecen seguir vigilando Córdoba, inmortalizados en la quietud del metal, como si aún aguardaran la llamada del combate.
La tradición ecuestre de Córdoba hunde sus raíces en la Antigüedad y ha perdurado hasta la actualidad como una de las más refinadas del mundo. De aquellas antiguas yeguadas califales y nobles surgió el llamado caballo andaluz, también conocido como Pura Raza Española (PRE), que ha sido durante siglos emblema de elegancia, inteligencia y nobleza. Estos caballos, criados en los campos cordobeses fueron exportados a toda Europa desde el siglo XVI, influyendo decisivamente en la formación de muchas razas europeas y americanas.
La fama del caballo andaluz alcanzó su plenitud en los siglos XVII y XVIII, cuando las cortes europeas —desde Viena hasta Lisboa— los adoptaron como símbolo de poder y refinamiento. En la actualidad, la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, con sede en Jerez de la Frontera, y la Yeguada Militar de Córdoba, fundada en el siglo XIX, perpetúan esa herencia, conservando la pureza genética y las técnicas de doma tradicional.
Así, los corceles que un día montó el Gran Capitán —símbolo de la caballería heroica, del equilibrio entre fuerza y elegancia— siguen vivos en el espíritu de la equitación andaluza. Córdoba, cuna de guerreros y criadores, mantiene en su memoria esa alianza milenaria entre el hombre y el caballo, tan inseparable como la figura de Gonzalo Fernández de Córdoba y su inseparable montura. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-
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