[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Alfonso XI de Castilla – Cosas de Cordoba

Alfonso XI de Castilla

Escultura de Alfonso XI en la puerta de entrada del Alcázar de los Reyes Cristianos en Córdoba

El voto de Alfonso XI y el Monasterio de San Hipólito de Córdoba

El 30 de octubre de 1340, el rey Alfonso XI de Castilla, apodado el Justiciero, prometió levantar en Córdoba una iglesia dedicada a San Hipólito Mártir, como muestra de gratitud por la victoria obtenida en la Batalla del Salado frente a los benimerines del norte de África.

La batalla, librada en las cercanías de Tarifa, supuso la última gran invasión islámica de la península ibérica, y su triunfo consolidó la frontera del reino castellano frente al Magreb. Alfonso XI, consciente de la trascendencia espiritual y política de aquella victoria, quiso cumplir su voto fundando un templo en la capital de uno de sus reinos más simbólicos: Córdoba.

El rey proyectó que el nuevo templo no solo fuera un espacio de culto, sino también un panteón real, donde descansarían los restos de su linaje. Deseaba trasladar allí los restos de su padre, Fernando IV el Emplazado, que reposaban en la Catedral de Córdoba, para que ambos monarcas permanecieran juntos en el descanso eterno.

Las obras del Monasterio de San Hipólito comenzaron poco después del voto real, hacia 1343, aunque el conjunto tardaría varias décadas en completarse. El edificio, de estilo gótico-mudéjar, presenta una nave central elevada, bóvedas de crucería y un austero pero elegante trazado que recuerda a las fundaciones regias de la época.

Apenas tres años después de su promesa, en 1348, Alfonso XI murió víctima de la peste durante el sitio de Algeciras. Su cuerpo fue sepultado provisionalmente en la Catedral de Sevilla, pero su hijo Enrique II de Trastámara, llamado el Fratricida, ordenó que los restos de su padre fueran trasladados a Córdoba, cumpliendo parcialmente su deseo.

Durante casi tres siglos, los cuerpos de Fernando IV y Alfonso XI permanecieron en la Catedral cordobesa, hasta que el rey Felipe II, en el siglo XVI, dispuso su definitivo traslado a la Colegiata de San Hipólito, que por fin se convirtió en el panteón real que el Justiciero había soñado.

Desde entonces, el templo ha sido uno de los lugares más ligados a la memoria monárquica y religiosa de Córdoba. En 1736, el papa Clemente XII concedió al templo el título de Colegiata, y en siglos posteriores pasó a manos de la Compañía de Jesús, que lo ha mantenido en uso como Iglesia de los Jesuitas.

En su interior, bajo lápidas de mármol y escudos reales, reposan juntos los dos únicos reyes sepultados en Córdoba, símbolo de la continuidad entre la ceconquista y la monarquía castellana.

El voto de Alfonso XI no fue solo una promesa bélica o una ofrenda por la victoria. Representó la voluntad de unir fe, monarquía y ciudad en un mismo espacio. Así, Córdoba, que había sido sede califal y corazón de al-Ándalus, se convertía también en custodia de la memoria de Castilla.

Hoy, el Real Monasterio de San Hipólito sigue recordando aquel juramento pronunciado antes de la batalla del Salado: “Si el Señor me concede la victoria, levantaré en Córdoba una casa que lleve el nombre del mártir San Hipólito, y allí reposaré junto a mis padres y mis hijos.” Y así fue. En piedra, historia y devoción, el voto del Justiciero sigue vivo en el corazón de Córdoba. Soledad Carrasquilla Caballero, sccc.-