
Fragmento de los fusilamientos del 3 mayo de Goya, también conocido como Los fusilamientos del monte del Príncipe Pio. Se trata de una de las obras maestras del genio Francisco de Goya y Lucientes.
Alfonso Hidalgo Real nació en 1899 en un contexto español que pronto sería convulso, y falleció en Córdoba el 28 de mayo de 1975. Ordenado sacerdote en 1924, inició su ministerio con destinos en pequeñas localidades cordobesas —Bujalance, Fuente Obejuna y Luque— antes de trasladarse a parroquias urbanas como San Andrés y San Lorenzo, hasta fijar su residencia definitiva en 1953 en la parroquia de San Nicolás, donde permanecería hasta su muerte.
Hasta 1936, su vida transcurrió dentro de los límites tradicionales de la vocación sacerdotal. Sin embargo, con el estallido de la Guerra Civil, Hidalgo se incorporó de manera activa al levantamiento militar en Córdoba. El 18 de julio fue nombrado capellán castrense por Bruno Ibáñez, delegado de Orden Público, y su labor trascendió la pastoral: se convirtió en consejero moral y religioso para las fuerzas sublevadas, supervisando desde la asistencia a actos litúrgicos hasta la participación en procesiones oficiales, siempre alineado con los intereses del bando franquista.
Su figura durante la represión en Córdoba fue controvertida y temida. Recorría las calles en busca de aquellos considerados desviados de la norma moral oficial: adúlteros, matrimonios civiles, racionalistas y laicos, actuando con un celo que algunos historiadores comparan con el de un inquisidor moderno. Presenciar los ajusticiamientos era uno de sus principales cometidos; allí, prestaba los últimos auxilios espirituales a los condenados, pero también imprimía un mensaje de advertencia a la población: la obediencia y la sumisión al orden franquista eran obligatorias. Su fama de severidad y escasa compasión se consolidó rápidamente, convirtiéndose en una figura temida y polémica.
Incluso el obispo Adolfo Pérez Muñoz se mostró reacio a recibirlo a su regreso en diciembre de 1936, probablemente por incidentes anteriores en Luque o por la reputación que Hidalgo había adquirido de “poco hombre de Dios”. Testimonios de contemporáneos como Rafael Castejón y Martínez de Arizala describen una faceta más humana y oscura: “Tenía una mala historia de escándalos amorosos” y utilizaba su influencia para denunciar a vecinos y conocidos, especialmente a aquellos con los que su pareja mantenía disputas. Su autoridad eclesiástica y militar se entrelazaba con sus intereses personales, extendiendo su control más allá del ámbito religioso.
La figura de Alfonso Hidalgo Real ilustra la compleja intersección entre religión, política y violencia durante los primeros meses de la Guerra Civil en Córdoba. Representa un caso en el que la autoridad espiritual se transformó en instrumento de represión, y donde las convicciones personales y los escándalos privados se mezclaron con la historia colectiva de miedo y persecución en la ciudad. Su vida, marcada por la contradicción entre la vocación religiosa y la acción represiva, deja un legado polémico que sigue despertando interés y controversia en la historiografía local.
Alfonso Hidalgo Real encarna una época oscura. Su figura muestra cómo la autoridad eclesiástica se convirtió en instrumento de represión. Su legado es contradictorio: sacerdote y capellán, moralista y temido, religioso y represor. La memoria de Córdoba lo recuerda con polémica, un hombre cuyo celo espiritual se convirtió en control social y miedo. Soledad Carrasquilla Caballero, sccc-.