
Fotografía un vestido servadir de plata dora, tomada en la casa Sefarad de Córdoba
Alcazarquivir: la ciudad de los “rascasuelos” y la memoria de los tres reyes
Alcazarquivir, conocida también como Ksar el Kebir (del árabe al-qaṣr al-kabīr, “el alcázar grande” o “palacio grande”), ocupa un lugar singular en la historia del Magreb y de la península ibérica. Situada en el norte de Marruecos, entre Larache y Tetuán, junto al fértil valle del río Lukus, esta ciudad fue escenario de uno de los episodios más trascendentes del siglo XVI: la Batalla de Alcazarquivir o de los Tres Reyes, librada el 4 de agosto de 1578, que cambió el destino de Portugal, Marruecos y amplias regiones del norte de África.
El enfrentamiento reunió a tres monarcas y selló el destino de los tres. En el campo de batalla murieron don Sebastián I de Portugal, el joven rey que había cruzado el estrecho con la ilusión de cristianizar Marruecos; Abd al-Malik, el sultán saadí que defendía su trono y su independencia; y Muhammad al-Mutawakkil, conocido como “Muley Mohamed el Negro”, antiguo monarca depuesto que había solicitado la ayuda portuguesa para recuperar el poder.
El desastre de Alcazarquivir fue total: el ejército portugués, compuesto por unos 18.000 hombres, fue aniquilado; miles de soldados murieron o fueron hechos prisioneros, y el cuerpo del rey Sebastián nunca fue hallado, lo que alimentó durante siglos el mito sebastianista, según el cual el monarca regresaría algún día para restaurar la grandeza perdida de Portugal.
Con su derrota, Portugal perdió su independencia, que pasó en 1580 a manos de Felipe II de España, inaugurando la Unión Ibérica bajo la Corona española. Marruecos, por su parte, consolidó su soberanía frente a las potencias europeas, y la batalla se convirtió en un símbolo de orgullo nacional.
La batalla tuvo una profunda repercusión en la comunidad sefardí del norte de África. Los judíos de origen hispano, establecidos en ciudades como Tetuán, Arcila o Alcazarquivir, se sentían amenazados por las políticas de don Sebastián, que mostraba un fuerte celo religioso y una actitud beligerante hacia las minorías no cristianas.
Por ello, la muerte del monarca portugués fue vista entre los sefardíes como una intervención divina que los había librado de una nueva persecución. Este acontecimiento fue conmemorado en una Meguilá (rollo manuscrito en pergamino) redactada en hebreo, donde se narra la batalla como una liberación milagrosa. Algunos de estos manuscritos se conservan hoy en Israel y en colecciones privadas, y constituyen un valioso testimonio del vínculo emocional y religioso que unía a la diáspora sefardí con los acontecimientos políticos del Magreb.
Mucho antes de la batalla, la ciudad ya tenía un papel destacado. Durante la Edad Media fue conocida como Zoco Ketama, un enclave comercial estratégico situado en las rutas que conectaban Fez con Al-Ándalus. Su zoco era punto de encuentro de caravanas, mercaderes, soldados y peregrinos.
Tras la expulsión de los judíos y moriscos de Castilla y Portugal a finales del siglo XV, Alcazarquivir se convirtió en refugio de exiliados que hallaron allí una nueva oportunidad para reconstruir sus vidas. Los sefardíes, en particular, prosperaron en el comercio, la artesanía y la medicina, y crearon una comunidad dinámica que alcanzó un notable esplendor durante los siglos XVI y XVII.
En su época de mayor prosperidad, la población sefardí de Alcazarquivir rondaba el millar de personas, una cifra considerable para una ciudad de tamaño medio. La Judería, también llamada “el Diwan”, era un barrio de calles estrechas y casas humildes, muchas de ellas con el suelo por debajo del nivel de la calle, a las que se accedía descendiendo uno o dos escalones.
Esta peculiar disposición arquitectónica, unida a las frecuentes crecidas del río Lukus que provocaban inundaciones, dio origen al apodo popular de “los rascasuelos”, tanto para el barrio como para la propia ciudad. Se decía que Alcazarquivir era “la ciudad de los rascasuelos”, un sobrenombre cariñoso que conservó incluso en los relatos sefardíes posteriores.
En la Judería existieron hasta seis sinagogas, centros de oración, estudio y vida comunitaria, donde se mantenían vivas las tradiciones del judaísmo hispano, la lengua ladina y los vínculos con otras comunidades del norte de África y del Mediterráneo oriental.
Con el establecimiento del Protectorado español en Marruecos en 1911, Alcazarquivir quedó integrada en la zona norte administrada por España, y adquirió una nueva importancia estratégica como guarnición militar y ciudad fronteriza con el Marruecos francés.
Durante este período, la comunidad sefardí mantuvo sus costumbres, sus escuelas y su vida religiosa. Se reforzaron las relaciones culturales con España y muchos judíos de Alcazarquivir se convirtieron en intermediarios entre ambas orillas del Estrecho.
Sin embargo, con la independencia de Marruecos en 1956, la comunidad judía comenzó a emigrar masivamente hacia Israel, España, Francia y América Latina. En pocas décadas, los sefardíes desaparecieron completamente de la ciudad.
En la actualidad, en Alcazarquivir no queda presencia judía visible. Las antiguas sinagogas han desaparecido o se han transformado en viviendas y comercios. Solo permanecen los cementerios judíos, cuidadosamente conservados, y los santuarios de los sadiqim (hombres justos), donde los descendientes de sefardíes aún peregrinan para rendir homenaje a sus antepasados.
El recuerdo de Alcazarquivir pervive en la memoria sefardí dispersa por el mundo, en las oraciones de la Meguilá que celebran su milagrosa salvación y en el relato de una ciudad que fue punto de encuentro de culturas, religiones y destinos. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-
