[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Abderramán V – Cosas de Cordoba

Abderramán V

Abd al-Rahmán ben Hisham, conocido como Abd al-Rahmán V al-Mustazhir, nació en Córdoba alrededor del año 1001 y murió asesinado en la misma ciudad el 17 de enero de 1024. Fue el décimo califa de Córdoba y el séptimo de la dinastía omeya, aunque su reinado —entre el 2 de diciembre de 1023 y su muerte poco más de un mes después— representa uno de los episodios más breves y convulsos de toda la historia del califato.

Su proclamación tuvo lugar en un momento de máxima descomposición política, en plena fitna de al-Ándalus, la guerra civil que estalló tras la muerte de Almanzor en 1002 y que sumió al Estado omeya en una espiral de conspiraciones, golpes palaciegos, rivalidades tribales y fragmentación territorial. En ese contexto caótico, los cordobeses intentaron restaurar la legitimidad omeya frente al dominio de los califas hammudíes, cuya presencia en Córdoba había generado un profundo rechazo social.

Fue así como Abd al-Rahmán, un joven príncipe de 23 años, hermano del anterior califa Muhammad II al-Mahdi y bisnieto de Abd al-Rahmán III, fue llevado a la Mezquita Aljama de Córdoba y proclamado califa con el título honorífico de al-Mustazhir bi-llah, “El que implora el socorro de Dios”. Su nombramiento simbolizaba el anhelo de recuperar el prestigio perdido y devolver al califato el esplendor que había alcanzado apenas un siglo antes.

Desde el primer día, Abd al-Rahmán V se encontró atrapado entre facciones enfrentadas. Córdoba ya no era la capital cohesionada y brillante del siglo X, sino una ciudad partida en bandos, marcada por disturbios constantes, milicias urbanas, mercenarios bereberes y élites divididas. El joven califa carecía tanto de experiencia política como de apoyo militar sólido, y pronto quedó claro que gobernaba a merced de quienes lo habían aupado al trono.

Entre ellos destacaba su visir, Abu Hafs Ahmad ben Burd al-Akbar, poeta y político, y miembro de una influyente familia de literatos cordobeses. Aunque Ben Burd poseía talento intelectual y habilidad para la corte, no logró estabilizar el gobierno ni frenar la violencia que sacudía la capital. En la práctica, Abd al-Rahmán V se convirtió en un gobernante simbólico, sin capacidad real para hacer cumplir sus decisiones.

La madrugada del 17 de enero de 1024, estalló en Córdoba uno de los numerosos motines urbanos de la época. Un grupo de sublevados irrumpió en el Alcázar omeya, venció a los guardias y saqueó el harén. El caos se extendió por el palacio y, tras ser reducido, Abd al-Rahmán V fue capturado por los amotinados.

En medio del tumulto, su primo Muhammad III, aspirante al trono, ordenó su muerte. El joven califa fue ejecutado de forma violenta, probablemente linchado por la turba. Su cadáver, según varias crónicas, fue incluso ultrajado, reflejo del clima de odio político que dominaba la ciudad. Muhammad III se proclamó califa poco después, inaugurando otro reinado igualmente breve e inestable.

La muerte de Abd al-Rahmán V marcó un punto de no retorno: simbolizó la descomposición definitiva del Califato de Córdoba, que desaparecería formalmente en 1031, dando paso a los reinos de taifas.

Aunque su reinado duró apenas dos meses, Abd al-Rahmán V encarna el último intento serio por restaurar la grandeza omeya en un momento de colapso total. Su figura, joven y trágica, refleja la desesperación de una Córdoba que quiso recuperar su esplendor, pero fue arrastrada por las mismas luchas internas que habían desgarrado al Estado.

Las crónicas coinciden en que fue un príncipe cultivado, aficionado a la poesía y la vida cortesana, pero incapacitado para lidiar con el torbellino político que lo rodeaba. Su final violento resume la fragilidad institucional del califato en sus últimos años.

Entre los pocos testimonios materiales de su paso por el trono destaca una moneda acuñada durante su efímero reinado. Las inscripciones árabes que porta —su nombre y títulos, junto a fórmulas religiosas del califato— constituyen uno de los escasos vestigios tangibles de un gobierno que fue casi tan breve como dramático. Soledad Carrasquilla Caballero. Sccc.-