[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Nostalgia de un emigrado – Cosas de Cordoba

Nostalgia de un emigrado

Palmera de antiguo patio de las abluciones de la gran Aljama de Córdoba que Abderramán I mandara construir , hoy patio de los naranjos de la Mezquita de Córdoba.

La nostalgia a Abderramán I lo vuelve poeta:
Tu también insigne palma
eres en este suelo extranjera.
Del Algarbe las dulces auras
tu pampa alarga y besa.
En fecundo suelo arraigas
y al cielo tu cima elevas.
Triste lagrimas lloraras
si cual yo sentir pudieras.
Tu no sientes contratiempos
como yo de suerte aviesa
A mí de pena y dolor
continua lluvia me anegan.
Con mis lagrimas regué
las palmas que el Éufrates riega,
pero las palmas y el rio
se olvidaron de mis penas,
cuando mis infaustos hados
y de Abbas la fiereza,
me forzaron a dejar
del alma las duces prendas.
A ti de mi patria amada
ningún recuerdo te queda,
pero yo triste no puedo
dejar de llorar por ella.
Traducción de Modesto Lafuente de la poseía de Abderramán I.

El 30 de septiembre del año 788, moría en la ciudad de Córdoba Abū l-Muṭarrif ʿAbd al-Raḥmān ibn Muʿāwiya ibn Hishām ibn ʿAbd al-Malik, conocido en la historia como Abderramán I al-Dājil (“el Emigrado”). Con su fallecimiento desaparecía la figura del hombre que, tras sobrevivir a la sangrienta matanza de su familia en Oriente y cruzar el Magreb perseguido por los abasíes, había logrado establecer en al-Andalus un emirato independiente de Bagdad, germen de la que después sería la dinastía omeya cordobesa. Tenía unos cincuenta y siete años y dejaba tras de sí un territorio consolidado, con capital en Córdoba, y una dinastía destinada a perdurar casi tres siglos.

Nacido en el año 731 en Dayr Ḥāmida, cerca de Damasco, Abderramán fue testigo desde joven de la caída de los omeyas en Siria tras la revolución abasí del 750. Solo y fugitivo, recorrió el norte de África hasta hallar apoyos entre clanes yemeníes asentados en al-Andalus, lo que le permitió desembarcar en la Península en el 755. Apenas dos años más tarde, tras vencer en la batalla de al-Musara (Córdoba, 756), logró imponerse como emir, iniciando así una etapa nueva en la historia peninsular.

La muerte de Abderramán I marca también un momento simbólico en la construcción de la identidad política y cultural andalusí. Si bien no adoptó el título de califa —reservado a los abasíes—, se proclamó emir independiente, negando cualquier obediencia política a Bagdad, aunque sin cuestionar la supremacía espiritual del islam. En Córdoba levantó los cimientos de lo que pronto sería una de las cortes más refinadas y cultas de Occidente, dando inicio a la construcción de la Gran Mezquita aljama de Córdoba, símbolo visible de la nueva legitimidad omeya.

Los cronistas medievales, tanto árabes como cristianos, narran su vida entrelazando realidad e idealización. Autores como Ibn Hayyān o las recopilaciones del Ajbar Maŷmūʿa, de procedencia beréber, ofrecen relatos que los historiadores modernos miran con cautela. A ello se suma la observación de autores como Ignacio Olagüe, que subrayan la escasez de fuentes fiables del siglo VIII: la desaparición de documentos en buena parte de Europa y el Mediterráneo hace difícil trazar una línea clara entre historia y mito.

En ese contexto, algunos investigadores sostienen que la eclosión pública del islam en Córdoba fue más tardía de lo que tradicionalmente se ha aceptado, probablemente a finales del siglo VIII o incluso entrado el siglo IX. Esta visión matiza la idea de una implantación inmediata y total tras el desembarco musulmán, sugiriendo más bien un proceso progresivo, marcado por negociaciones, alianzas tribales y resistencias locales.

Con todo, la figura de Abderramán I sigue ocupando un lugar central en la historia: el “Emigrado” que huyó de Oriente para fundar en Occidente un poder nuevo, y que convirtió a Córdoba en el núcleo de un emirato que, con sus sucesores, alcanzaría un esplendor político, cultural y religioso sin precedentes en Europa medieval. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-