
Dirham I de cobre acuñado durante el reinado del Abd Allah I.
Abdalá ibn Mohamed, hijo del emir Mohamed I y de Ushar, nació en Córdoba hacia mediados del siglo IX. Pertenecía a la dinastía omeya de al-Ándalus, heredera de los califas de Damasco. Tras la muerte de su hermano Al-Mundir en 888, en circunstancias violentas y confusas en Bobastro, Abdalá fue proclamado emir de Córdoba. No faltaron sospechas de que el nuevo soberano hubiera intervenido en la desaparición de su hermano, aunque las crónicas no lo afirman abiertamente.
Con él se abría una de las etapas más convulsas de la historia del emirato, marcada por rebeliones, tensiones internas y la pérdida de autoridad central. Sin embargo, también sería el preludio del resurgir político y cultural que alcanzaría su nieto Abderramán III.
Entre las esposas de Abdalá destaca Onneca Fortúnez, conocida como Durr (“Perla”) o Íñiga, hija del rey Fortún Garcés de Pamplona. Su matrimonio simbolizó un intento de reconciliación diplomática entre el emirato y el reino de Navarra, vecinos obligados a entenderse.
La unión de ambos linajes tendría consecuencias históricas notables: su descendiente, Abderramán III, llevaría en sus venas sangre omeya y navarra, un detalle que muchos cronistas posteriores interpretaron como un signo de la mezcla y complejidad cultural de al-Ándalus.
Cuando Abdalá subió al trono, el emirato de Córdoba se encontraba prácticamente fragmentado. Las provincias se gobernaban con amplia autonomía; los valíes imponían su autoridad sin atender a las órdenes del emir, y las fronteras interiores se habían multiplicado.
La gran amenaza era la rebelión de Omar ibn Hafsún, iniciada años antes en las serranías de Málaga. Hábil guerrillero y político, Ibn Hafsún se convirtió en símbolo de la resistencia local frente al poder cordobés. Desde su fortaleza de Bobastro, construyó un auténtico Estado paralelo, con ejército, administración y moneda propia.
Durante los años de Abdalá, la revuelta alcanzó su apogeo. Ibn Hafsún logró unir bajo su liderazgo a muladíes (hispanos islamizados), bereberes y campesinos descontentos. Su conversión al cristianismo, en los últimos años de su vida, tuvo un valor político y propagandístico, pues buscaba el apoyo del norte cristiano y de las comunidades mozárabes.
El emir respondió con campañas sucesivas, pero sus ejércitos —mal cohesionados y escasos de recursos— nunca consiguieron someter la rebelión.
Mientras tanto, en el norte, el rey Alfonso III de Asturias aprovechaba la crisis omeya para extender su frontera hacia el sur, repoblando el valle del Duero y reforzando fortalezas estratégicas como Zamora o León.
Aunque políticamente debilitada, Córdoba seguía siendo una de las ciudades más impresionantes del Occidente medieval. Con una población estimada en más de 100.000 habitantes, mantenía su condición de capital cultural, comercial y religiosa de al-Ándalus.
El emir Abdalá residía en el Alcázar Omeya, un conjunto palaciego junto al Guadalquivir, rodeado de jardines, estanques y salas decoradas con mosaicos. Desde allí gobernaba un Estado asediado por la disidencia, pero aún poseedor de una rica administración y una compleja burocracia heredada de sus antecesores.
La Gran Mezquita Aljama de Córdoba, ampliada y embellecida por los emires anteriores, seguía siendo el corazón espiritual de la ciudad. Bajo Abdalá, se realizaron obras de mantenimiento y mejora, aunque sin grandes ampliaciones. Las crónicas destacan la presencia de ulemas y cadíes que mantenían la enseñanza del derecho malikí, así como la labor de copistas y traductores que preservaban textos antiguos.
La vida cotidiana en Córdoba, pese a la crisis política, mantenía un notable dinamismo. Los zocos y fondas continuaban repletos de comerciantes, artesanos, curtidores y orfebres. El aceite, el cuero y los tejidos cordobeses seguían exportándose al norte de África y al Mediterráneo oriental.
Los banū Qasī, familias muladíes poderosas de la frontera superior, mantenían contactos comerciales y diplomáticos con la corte.
Y en las callejuelas del Arrabal y de la Judería, convivían musulmanes, mozárabes y judíos, compartiendo oficios, lenguas y costumbres.
Durante el reinado de Abdalá, la situación de las comunidades mozárabes (cristianos arabizados) y judías fue ambigua.
Por un lado, el emir mantuvo la tolerancia tradicional del islam andalusí: los mozárabes continuaron practicando su fe en iglesias propias y los judíos ocuparon cargos administrativos y médicos en la corte.
Por otro, el desorden político y las guerras internas incrementaron los impuestos y las exacciones, provocando migraciones hacia los reinos del norte y un cierto empobrecimiento de estas comunidades.
Algunos mozárabes, atraídos por las promesas de Ibn Hafsún, colaboraron con él en su rebelión; otros permanecieron leales a Córdoba, temerosos de perder su relativa seguridad bajo el amparo omeya.
Abdalá fue un emir de temperamento prudente y devoto. Mantuvo la ortodoxia suní malikí, apoyando a los sabios religiosos que reforzaban su autoridad. Aunque las fuentes no lo describen como un gran mecenas, sí mantuvo las escuelas de fiqh (jurisprudencia) y gramática árabe que habían florecido bajo sus predecesores.
Su reinado, más que de creación, fue de resistencia cultural: preservó las instituciones, el ceremonial y la estructura administrativa del emirato, evitando su disolución completa.
La Córdoba de Abdalá vivía una melancólica mezcla de esplendor y fragilidad. Aun en medio de la crisis política, la ciudad seguía siendo un faro intelectual: se copiaban manuscritos de poesía árabe, medicina griega y textos religiosos; los muecines cantaban desde los alminares; y en los baños públicos, las gentes comentaban las campañas del emir y los avances de Ibn Hafsún.
Abdalá ibn Mohamed murió en Córdoba en el año 912, dejando un emirato exhausto pero aún en pie. Fue sucedido por su nieto Abderramán III, hijo de su hijo Mohamed, a quien él mismo había mandado ejecutar. Paradójicamente, el joven nieto que había sobrevivido a la purga familiar se convertiría en el gran restaurador del poder omeya.
En apenas dos décadas, Abderramán III transformaría el emirato en el califato de Córdoba (929), devolviendo al trono omeya la fuerza política y el brillo cultural que su abuelo apenas logró conservar.
El reinado de Abdalá ibn Mohamed marca el umbral entre la ruina y el renacimiento.
Fue el último emir que gobernó sobre un al-Ándalus fragmentado, acosado por rebeliones y fronteras internas, pero su perseverancia evitó que la dinastía se extinguiera.
Bajo su mando, Córdoba resistió el caos y mantuvo viva la llama de una cultura que, apenas una generación después, volvería a iluminar el Occidente islámico.
De él nos dice Ibn Idhari: «Tenía la tez clara y subida de color, los ojos azules y nariz aquilina, era rubio, de estatura regular y se teñía de negro…»
Abdalá fue, en definitiva, el guardián del ocaso omeya, el hombre que sostuvo un mundo en decadencia para que su nieto pudiera alumbrar uno nuevo. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-