
Arcos califales del yacimiento arqueológico de Medina Azahara
Abd al-Rahman III al-Násir: el halcón de Córdoba
La mañana del 3 de febrero del año 912, en el alcázar de Córdoba, un joven de apenas veintiún años fue proclamado emir de al-Andalus. Su nombre era Abd al-Rahman ibn Muhammad ibn Abd Allah, descendiente directo de los Omeyas de Damasco, la dinastía que siglos antes había gobernado el mundo islámico desde Oriente hasta el Atlántico. Aquel muchacho, de mirada penetrante y carácter impetuoso, heredaba un trono débil, un país fragmentado y una herencia bañada en sangre.
Era conocido como “el hijo del asesinado”, pues su propio padre había muerto ejecutado por orden del emir Abd Allah, su abuelo. El joven Abd al-Rahman creció, por tanto, entre las intrigas del palacio y el miedo constante a la traición. Aquellos años moldearon su temple: aprendió a desconfiar, a observar, a esperar y a golpear en el momento justo. Su destino, como el de los grandes caudillos de la historia, nacería del caos.
Cuando subió al trono, al-Andalus no era ya la poderosa provincia de tiempos de Abderramán II o Al-Hakam I. El territorio se hallaba dividido en feudos casi independientes, gobernados por familias árabes, beréberes o muladíes que habían olvidado la autoridad del emir. En el sur, el rebelde Umar ibn Hafsún, señor de Bobastro, dominaba las montañas de Ronda y Málaga. En el norte, los banu Qasi y los caudillos de la Marca Superior desafiaban el poder de Córdoba. En la misma capital, los visires y generales se disputaban el control del palacio como lobos hambrientos.
Muchos pensaron que aquel joven no duraría un año en el trono. Pero Abd al-Rahman III, dotado de una mente fría y un carácter de acero, empezó su reinado con una sola idea: reconstruir el poder omeya y restaurar la dignidad del nombre de Córdoba.
Durante los primeros años se convirtió en un guerrero incansable. Cabalgaba al frente de sus ejércitos, cruzando el Guadalquivir y el Genil, sofocando rebelión tras rebelión. Los castillos caían uno a uno. Los que se rendían eran perdonados y recompensados; los que resistían, arrasados sin piedad.
El más temido de sus enemigos, Ibn Hafsún, fue derrotado poco antes de morir, pero su linaje continuó la resistencia durante años, hasta que el emir logró tomar Bobastro en 928, tras un largo asedio. Cuando las tropas cordobesas entraron en la fortaleza, hallaron el cuerpo del viejo rebelde, cristianizado en sus últimos días. Abd al-Rahman ordenó exhumar sus restos y colgarlos en Córdoba como advertencia para todos los que osaran desafiarlo.
Con el país finalmente pacificado, el emir comprendió que había llegado el momento de un acto de mayor alcance. En enero del año 929, se proclamó califa de Córdoba, asumiendo el título de al-Násir li-Din Allah, “el que defiende la fe de Dios”. Con aquel gesto rompía la subordinación a los califas abasíes de Bagdad y a los fatimíes de Ifriqiya, proclamando la plena independencia de al-Andalus.
A partir de ese momento, Córdoba dejó de ser una provincia lejana del islam para convertirse en un centro de poder mundial, rival de Bagdad, El Cairo y Constantinopla. Las embajadas llegaban desde Bizancio, los reinos cristianos, el Magreb y hasta el Sacro Imperio. Abd al-Rahman recibía a sus enviados en audiencias ceremoniales donde cada gesto, cada palabra y cada joya tenían un propósito político. Era un monarca absoluto, pero también un estratega de la diplomacia.
A pesar de su astucia política, no abandonó el campo de batalla. Dirigió en persona las campañas contra los reinos del norte peninsular, obteniendo victorias notables como Valdejunquera y sufriendo también reveses, como la derrota de Simancas ante Ramiro II de León. Pero incluso en la derrota, su autoridad no se quebró. Aprendió que la fuerza no siempre se imponía por el hierro, sino por el equilibrio: alternó la guerra con tratados, alianzas y regalos, logrando que condes y reyes peninsulares lo reconocieran como árbitro de sus disputas.
Al sur, en el Magreb, extendió su influencia hasta las montañas del Rif y las costas de Tánger, enfrentándose al poder de los fatimíes. Para controlar el mar, fortaleció la flota andalusí y transformó Almería, Málaga y Algeciras en puertos fortificados donde anclaban decenas de galeras.
En el año 936, Abd al-Rahman decidió levantar una nueva capital que reflejara la grandeza de su dinastía: Madinat al-Zahra, “la ciudad resplandeciente”. Construida a los pies de Sierra Morena, aquella urbe palaciega fue una de las maravillas del mundo medieval. Se dice que en sus salones el califa recibía a los embajadores bizantinos rodeado de mármoles de color rosa, columnas de jade y fuentes de mercurio líquido. Era, más que un palacio, un manifiesto de poder: la gloria de los Omeyas convertida en piedra y agua.
En su corte florecieron la ciencia, la poesía, la filosofía y la medicina. Córdoba se convirtió en la ciudad más culta de Europa: tenía calles empedradas e iluminadas, bibliotecas con cientos de miles de volúmenes y escuelas donde musulmanes, judíos y cristianos estudiaban juntos.
Abd al-Rahman III reinó durante casi medio siglo, el más largo y estable de toda la historia de al-Andalus. Cuando murió, en el año 961, dejó tras de sí un imperio ordenado, una administración eficiente y una Córdoba que era la joya de Occidente.
Sin embargo, detrás del esplendor quedaba también la soledad del poder. En su vejez, el califa escribió unas palabras que los cronistas conservaron:
“He reinado cincuenta años en paz y en guerra, he sido amado por mis súbditos y temido por mis enemigos, he poseído riquezas y honores, y sin embargo, al contar los días de verdadera felicidad, apenas he encontrado catorce.”
Su muerte marcó el inicio de una lenta decadencia que culminaría con la disolución del califato un siglo después. Pero su legado sobrevivió al tiempo: bajo su mando, al-Andalus alcanzó su máximo esplendor político, cultural y artístico.
Aún hoy, las ruinas de Madinat al-Zahra, bañadas por la luz dorada de Córdoba, parecen susurrar el eco de un hombre que devolvió el brillo a un imperio a alumbro el mundo. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Abd al-Rahman III recibes en el salón del trono de Medina Azahara la embajada del Oton II encabezada por Juan de Gorze
Cuadro de grandes dimensiones pintado por José Mª Rodríguez Losada , Andaluz nacido en Sevilla, 1826 y muerto en Jerez de la Frontera, 1896 . Pintor historicista, costumbrista, de temas religiosos y retratista, caballero de la Orden de Santiago y académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.