
El 9 de enero de 1920, Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, llegó a Córdoba en el marco de una visita oficial que se inscribía dentro de la intensa actividad política del momento, en plena crisis del sistema de la Restauración. Su estancia en la ciudad incluyó una visita al Gobierno Civil, un recorrido por las instalaciones de la Sociedad Española de Construcciones Electromecánicas, símbolo del incipiente desarrollo industrial cordobés, y culminó con un almuerzo en el Hotel Suizo, uno de los establecimientos más representativos de la vida social y política de la ciudad en aquellos años.
Como solía ocurrir con las grandes figuras del poder, su presencia no pasó desapercibida para el pueblo. Las murgas cordobesas, fieles a su tradición satírica, aprovecharon la ocasión para dedicarle un cántico popular cargado de ironía, que circuló rápidamente por calles y tabernas:
“Al cojo Romanones
no le estorba la cojera
para llevarse los millones.”
La copla aludía, por un lado, a la minusvalía física que Romanones arrastró desde la infancia y, por otro, a la reputación de político astuto y enriquecido, envuelto de manera recurrente en acusaciones de corrupción, clientelismo y caciquismo, rasgos habituales del sistema político de la Restauración. El verso popular condensaba así la ambivalente percepción social de su figura: respeto por su poder y talento, pero también desconfianza y crítica mordaz.
Álvaro de Figueroa y Torres había nacido en Madrid el 9 de agosto de 1863, en el seno de una familia aristocrática, y falleció en la misma ciudad el 11 de octubre de 1950. Fue, sin duda, uno de los políticos más influyentes del reinado de Alfonso XIII y una de las personalidades clave del liberalismo dinástico. A lo largo de su extensa carrera ocupó los cargos más relevantes del Estado: presidente del Congreso de los Diputados, presidente del Senado, y ministro en diecisiete ocasiones, además de ser tres veces presidente del Consejo de Ministros.
Militante del Partido Liberal, heredero de la tradición política de Sagasta y Canalejas, Romanones destacó por su extraordinaria habilidad para moverse en los complejos equilibrios del poder. Fue un político pragmático, dotado de una notable inteligencia táctica, capaz de adaptarse a contextos cambiantes y de sobrevivir a crisis sucesivas. Bajo su impulso se llevaron a cabo reformas relevantes, entre ellas la incorporación de los sueldos del magisterio al presupuesto del Estado, una medida largamente demandada, y la aprobación de la jornada laboral de ocho horas, que supuso un avance significativo en la legislación social española.
No obstante, su figura estuvo siempre rodeada de polémica. Romanones representó como pocos las luces y sombras del régimen de la Restauración. Fue acusado de favorecer redes clientelares, de manipular procesos electorales y de utilizar el poder en beneficio propio y de su entorno. Estas críticas alimentaron una imagen pública ambigua, en la que convivían el reformismo social con prácticas políticas consideradas corruptas por amplios sectores de la sociedad.
Especialmente conflictiva fue su relación con la Iglesia católica. Aunque se declaraba creyente, Romanones defendía un Estado con mayor autonomía frente al poder eclesiástico y se mostró contrario a la intransigencia religiosa. Su enfrentamiento con la jerarquía eclesiástica se intensificó tras la Ley de Matrimonio Civil de 1905, aprobada cuando formaba parte del gabinete de Montero Ríos, que permitía contraer matrimonio sin declarar confesión religiosa. Esta medida le valió duras críticas por parte de los sectores católicos más conservadores, que lo acusaron de socavar la moral tradicional y el papel de la Iglesia en la sociedad española.
Más allá de la política, Romanones cultivó una notable faceta intelectual y cultural. Fue miembro de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y publicó diversas obras de carácter histórico, político y memorialístico, en las que dejó constancia de su visión del poder y de los acontecimientos que protagonizó.
La cojera que lo acompañó toda su vida fue consecuencia de un accidente infantil, al caer de un coche de caballos. Este rasgo físico fue utilizado con frecuencia por la prensa satírica y por sus detractores políticos como motivo de burla. Sin embargo, existe una dimensión menos conocida de su biografía: durante años sostuvo un pabellón de asistencia para niños con discapacidades físicas, financiando tratamientos médicos y prótesis, una iniciativa que revela un contraste entre la dureza de su imagen pública y una sensibilidad social en el ámbito personal.
En definitiva, el conde de Romanones fue una figura profundamente compleja y contradictoria. Arquitecto y beneficiario del sistema de la Restauración, impulsor de reformas sociales y, al mismo tiempo, símbolo del caciquismo y del desgaste del régimen, su legado continúa siendo objeto de debate historiográfico. Admirado por su inteligencia política y criticado por sus prácticas, encarna como pocos las tensiones que condujeron al progresivo descrédito de la monarquía parlamentaria española y a su colapso en los años posteriores. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Una de la más famosa caricatura de Romanones, realizada por Alejandro Sirio. seudónimo de Nicanor Balbibo Alvarez Díaz.