
La tumba del forastero: Al-Mutamid en Agmat
«Tumba del forastero,
que la llovizna vespertina y la matinal te rieguen,
porque has conquistado los restos de Ibn ‘Abbād».
Con estos versos quiso Al-Mutamid ibn ‘Abbād, rey de Sevilla, dejar escrita su despedida del mundo. El 14 de octubre de 1095, a los 55 años, moría en el destierro el tercer y último soberano abbadí, lejos del Guadalquivir y de la ciudad que había gobernado y cantado como nadie.
Derrotado por el emir almorávide Yúsuf ibn Tašufín, Al-Mutamid fue depuesto y arrancado de Sevilla junto a su familia. Tras un penoso itinerario que lo llevó por Tánger y Mequinez, terminó confinado en Agmat, una antigua ciudad situada a unos 30 kilómetros de Marrakech, a los pies del Atlas.
Allí vivió sus últimos años en la pobreza, privado de poder y rodeado únicamente de recuerdos. Sin embargo, nunca fue olvidado. Su figura, lejos de desvanecerse, se transformó en símbolo del exilio andalusí, del desarraigo y de la caída de un mundo brillante.
En Agmat, Al-Mutamid escribió algunos de los poemas más conmovedores de la literatura universal, según afirmó el arabista Emilio García Gómez. Versos en los que evocó la grandeza perdida, la humillación del cautiverio y la nostalgia de Sevilla, comparando su antiguo esplendor con la miseria presente.
El rey que había llenado su corte de poetas terminó convirtiéndose él mismo en el poeta del destierro, dando voz a una experiencia que siglos después seguiría resonando en la memoria andaluza.
Su sepultura, conocida desde entonces como la “Tumba del Forastero”, permaneció en ruinas durante siglos. No fue hasta 1970 cuando se construyó el actual mausoleo: un morabito de arenisca rosada, rodeado de un jardín de cipreses, eucaliptos y palmeras, regado por las aguas del río Ourika y coronado por una cúpula de estilo almorávide.
En el interior, casi a ras de suelo, reposan tres tumbas: la de Al-Mutamid, la de su esposa Itimad al-Rumaikiyya —el gran amor del rey— y la de uno de sus hijos. La sencillez del lugar contrasta con la grandeza del personaje que allí yace.
Durante el protectorado francés en Marruecos, la tumba adquirió un fuerte valor político. El 18 de noviembre de 1950, nacionalistas marroquíes vinculados al partido Istiqlal se manifestaron ante el mausoleo de Al-Mutamid. La protesta fue reprimida violentamente, convirtiendo el lugar en un foco de tensión entre el poder colonial y las autoridades locales, encabezadas por el influyente pachá de Marrakech, Thami El Glaoui.
Para los andaluces, Agmat es un lugar sagrado de la memoria histórica. Allí se reconoce una parte esencial de nuestra historia común. Así lo entendió Blas Infante, que visitó la tumba en 1924, y más tarde Emilio García Gómez, que acudió en 1952. Desde entonces, numerosos peregrinos han seguido ese mismo camino, buscando rendir homenaje al rey poeta.
Lejos de Sevilla, bajo la tierra roja del Atlas, Al-Mutamid sigue siendo rey: rey del exilio, de la palabra y de la nostalgia de al-Ándalus. Soledad Carrasquilla Caballero. Sccc.-

En esta fotografía pueden verse las tres tumbas decoradas con losas andaluza multicolores, son los enterramiento de Amutamid e Intimad a su derecha y el hijo de ambos en el centro; localizadas en Agmat al sur del actual Marruecos. Se encuentra a unos 30 km al este de Marrakech en la carretera de Ourika.

Epitafio que el mismo rey poeta escribió para su tumba.
Tumba de forastero :
Ojalá te riegue el rocío vespertino y matinal
Pues conquistaste los restos de Ibn ‘Abbad.
En ti yacen intelecto, saber, generosidad,
Abundancia en la sequía, agua para los sedientos,
Y lanza, espada y flecha en el combate
Fin terrible para el león, si enemigo.
Destino en la venganza,
Océano en la generosidad,
Plenilunio en la sombra,
Elocuencia en la multitud.
Llegó el decreto del Altísimo
Y, con él, mi propio fin.
Antes de mirar a este esquife
No sabía yo que altas montañas
Sobre tablas reposaban.
Que esto te baste, tumba:
Sé amable con la nobleza
Que aquí te fue confiada.
Que a las taciturnas nubes
Te rieguen, entre rayos y tormentas,
Llorando por el hermano,
Que amparas de la lluvia,
Bajo esta laja de piedra tan ancha,
Con lágrimas matinales y vespertinas.
Hasta las gotas de rocío lloran
Vertidas desde los astros
Que no me dieron suerte.
Para siempre, la bendición de Dios
Sobre mi sepultura,
Veces sin fin,
…para siempre!”
Al-Mutamid