[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. La nao Victoria. – Cosas de Cordoba

La nao Victoria.

Fotografía de una reproducción de la nao Victoria con el puente de la Pepa de fondo, precediendo La Regata de Grandes Veleros Magallanes-Elcano que se ha celebrado en conmemoración del quinto centenario de la vuelta al mundo de los navegantes españolales.

La nao Victoria, exhausta y gloriosa, se deslizó trabajosamente por el Guadalquivir en los primeros días de septiembre de 1522. No era ya la nave orgullosa que había partido tres años antes, con velas henchidas de esperanza, sino un casco maltrecho, con el aparejo roto, la arboladura incompleta y el timón castigado por tormentas y corrientes. Había surcado mares desconocidos, atravesado tempestades, sufrido hambres y enfermedades, y sobrevivido a combates contra enemigos europeos y pueblos de tierras ignotas.

Fue remolcada lentamente mediante cuerdas desde Sanlúcar de Barrameda, donde había arribado al fin del océano, hasta Sevilla, la ciudad que la vio partir en 1519, acompañada por otras cuatro naves: Trinidad, San Antonio, Concepción y Santiago. De aquellas cinco embarcaciones que soñaban con alcanzar la Especiería por el poniente, solo una regresaba. El viaje había devorado barcos y vidas, pero entregaba a cambio una gesta sin parangón.

Durante dos días hombres curtidos por el sol y la sal arrastraron la nave río arriba. En cubierta viajaban 18 supervivientes de los 239 que habían zarpado, todos ellos espectros humanos: piel quemada, ropas desgarradas, cuerpos marcados por el escorbuto y el hambre. Sin embargo, portaban un tesoro que justificaba la empresa: 27 toneladas de clavo, cargadas en las islas Molucas, la especia más preciada del mundo, símbolo tangible de que el viaje había alcanzado su objetivo.

El 8 de septiembre de 1522, la Victoria entró en el puerto de Sevilla. Los hombres, casi sin fuerzas, quisieron rendir homenaje a su propia epopeya: con la pólvora que aún les quedaba dispararon las últimas salvas. No era un gesto bélico, sino un grito de victoria, un anuncio al mundo de que habían vencido al océano y a la muerte.

Aquellos marineros, liderados por Juan Sebastián Elcano, se convirtieron en los primeros seres humanos en circunnavegar la Tierra, demostrando que el planeta era finito y redondo, y que los océanos estaban conectados en un mismo abrazo líquido. Lo que hasta entonces era una conjetura filosófica de astrónomos y sabios, se convertía en una certeza probada con sangre, sudor y vida.

El látigo del hambre les había acompañado en Filipinas y Timor; las enfermedades habían diezmado a la tripulación en las aguas del Índico; el miedo a no encontrar nunca tierra se había hecho carne en el Pacífico, ese “Mar del Sur” interminable. Y, aun así, lo lograron.

En recuerdo de tal hazaña, el escudo que Carlos V concedió a Elcano recogía la frase latina que lo resumía todo: «Primus Circumdedisti Me» — «Fuiste el primero en rodearme».

La vuelta al mundo no fue únicamente una proeza marítima: fue la primera globalización de la historia, el momento en que la humanidad descubrió de manera práctica que habitaba en un mundo único, en el que todos los mares y todas las tierras estaban conectados.

Y la vieja nao Victoria, desarbolada y escorada, se convirtió en el barco más importante de la historia, símbolo eterno del coraje y del afán de descubrimiento que marcaron al ser humano. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-