
Los siete niños de Écija. Dibujo de Roberto Domingo, autor que consiguió la Tercera Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes en 1910, y la segunda en 1911, en la misma exposición que en 1908 Julio Romero de Torres había conseguido la Primera Medalla Con la Musa Gitana
En el primer tercio del siglo XIX, tras el final de la Guerra de la Independencia y en plena restauración absolutista con el regreso de Fernando VII, la campiña andaluza vivió una oleada de violencia social, hambre, represión y descontento generalizado. En este ambiente fértil para la delincuencia rural, surgieron numerosas partidas de bandoleros, muchas de las cuales no eran meros ladrones, sino que respondían a las tensiones políticas y sociales de la época. Entre ellas, destacó con especial notoriedad la partida conocida como Los Niños de Écija.
El grupo se formó en torno a 1813-1815 en los alrededores de Écija, provincia de Sevilla, localidad que da nombre al colectivo. En sus inicios eran conocidos como los Ladrones Ecijanos y más adelante como la Cuadrilla del Padilla, en referencia a uno de sus primeros cabecillas. Hacia 1815, el nombre de Los Niños de Écija comenzó a imponerse, aunque no está claro si este apelativo fue una forma irónica, popular o institucional de referirse a ellos.
El núcleo fundador de la banda lo componían siete hombres, algunos con antecedentes comunes en el contrabando, la delincuencia o el servicio militar: Pablo Aroca, José Martínez alias el Portugués, Francisco Narejo alias el Becerra, Salvador de la Fuente alias Minos, Juan José Gutiérrez alias el Cojo, Diego Meléndez y Antonio de la Grama alias el Fraileño. Con el tiempo, la partida llegó a contar con entre 30 y 40 miembros, actuando de manera organizada, con incursiones rápidas entre Córdoba, Sevilla y la Sierra Morena.
Los Niños de Écija no fueron simples salteadores de caminos. Su estructura estaba jerarquizada y disponían de una red de confidentes y colaboradores entre la población rural, lo que les permitía moverse con cierta impunidad. Atacaban cortijos, asaltaban diligencias, robaban a comerciantes, secuestraban a hacendados a miembros de las autoridades o del ejército realista.
A diferencia de otros bandoleros de la época —como José María el Tempranillo o Diego Corriente— los Niños de Écija no gozaron de una imagen romántica entre la población. Su violencia y brutalidad, unidas a los tiempos convulsos del absolutismo fernandino, les granjearon la antipatia tanto de las clases pudientes como del campesinado, que también sufría sus expolios.
La fama de la partida creció hasta tal punto que en 1817 la Real Audiencia de Sevilla publicó un edicto, fechado el 1 de julio, declarando su persecución total. Se ofrecían recompensas por su captura vivos o muertos. A partir de entonces, se intensificaron las operaciones militares y policiales en la campiña, lo que llevó a múltiples enfrentamientos entre las tropas reales y los bandoleros.
La mayoría de los miembros del grupo fueron capturados, ejecutados y sus cuerpos despedazados públicamente, como escarmiento. Algunos fueron enterrados en iglesias, posiblemente tras intervención de familiares o influencias clericales, como era común en algunos casos si el reo mostraba arrepentimiento antes de morir.
Una figura misteriosa que a veces se vincula con Los Niños de Écija es José Ulloa, más conocido como Tragabuche. Este personaje, a menudo confundido o mezclado con leyendas de otros bandoleros, habría sido uno de los pocos miembros de la partida que logró eludir la persecución. Se cree que pudo escapar a América —como muchos exiliados del momento— y desaparecer en el anonimato. No obstante, esta información no está plenamente documentada y forma parte del halo de mito que rodea al bandolerismo andaluz.
La partida de Los Niños de Écija representa uno de los últimos ejemplos de bandolerismo tradicional antes de la reorganización del territorio y el poder estatal bajo el reinado de Fernando VII. Su historia revela el profundo desorden social del sur de España en la primera mitad del siglo XIX y demuestra cómo, en ausencia de estructuras de justicia efectivas, el campo andaluz se convirtió en escenario de violencia, justicia por mano propia y represalias. Si bien no alcanzaron la fama de otros bandoleros, su legado forma parte de la historia oculta de la España rural de posguerra y del tránsito hacia el Estado liberal moderno. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Poesía de Fernando de Villalón:
Diligencia de Carmona,
la que por la vega pasas
caminito de Sevilla
con siete mulas castañas,
cruza pronto los palmares,
no hagas alto en las posadas
mira que tus huellas huellan
siete ladrones de fama.
Diligencia de Carmona,
la de las mulas castañas.
Remolino en el camino,
siete bandoleros bajan,
por los alcores del Viso
con sus hembras a las ancas.
Catites, rojos pañuelos,
patillas de boca de hacha.
Ellas, navaja en la liga;
ellos, la faca en la faja;
ellas, la Arabia en los ojos;
ellos, el alma en la espalda.
Por los alcores del Viso
siete bandoleros bajan.
Siete caballos caretos,
siete retacos de plata
siete, cupas de caireles,
siete mantas jerezanas.
Siete pensamientos puestos
en siete locuras blancas.
Tragabuches, Juan Repiso,
Satanás y Malafacha,
Jose Candio y el Cencerro
y el capitán Luís de Vargas,
de aquellos más naturales
de la vega de Granada.
Siete caballos caretos
los Siete Niños llevaban.
Echa vino, montañés,
que lo paga Luís de Vargas,
el que a los pobres socorre
y a los ricos avasalla.
Ve y diles a los milicianos
que la posta está robada
y vamos con nuestras novias
hacia Écija la llana.
Echa vino montañés,
que lo paga Luís de Vargas.
Esta poesía fue convertida en tientos por Calixto Sánchez: https://www.youtube.com/watch?v=7eDEimTfnK0.