[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Las bombas de Palomares – Cosas de Cordoba

Las bombas de Palomares

El 17 de enero de 1966, cuatro bombas termonucleares estadounidenses cayeron sobre Palomares, una pequeña pedanía del municipio de Cuevas de Almanzora, en la provincia de Almería, que contaba entonces con apenas 1.780 habitantes. Cada una de aquellas bombas tenía una potencia destructiva muy superior a la de la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima, lo que convirtió este accidente en uno de los episodios más graves de la historia nuclear de la Guerra Fría.

A las 9:22 horas (hora Zulu), varios aviones militares aparecieron en el cielo de Palomares, una imagen relativamente habitual en aquellos años marcados por la tensión entre los bloques estadounidense y soviético. Sin embargo, lo que parecía una maniobra rutinaria terminó desencadenando un suceso de consecuencias potencialmente catastróficas. El accidente se produjo durante una operación de reabastecimiento en vuelo, una práctica habitual dentro del programa estadounidense conocido como Chrome Dome, que mantenía bombarderos estratégicos armados con armas nucleares patrullando de forma permanente.

El bombardero B-52G Stratofortress, que transportaba cuatro bombas termonucleares Mark 28, regresaba a Estados Unidos tras abortarse una misión de disuasión nuclear que incluía el sobrevuelo de las inmediaciones de la frontera soviética. A gran altitud, unos 10.690 metros sobre el nivel del mar, el B-52 intentó repostar combustible de un avión cisterna KC-135 procedente de la base aérea de Morón de la Frontera, en Sevilla. Durante el acoplamiento se produjo un fallo crítico que provocó la colisión entre ambas aeronaves. La explosión resultante destruyó los dos aviones en el aire.

Los cuatro tripulantes del KC-135 murieron en el acto, al igual que tres de los siete miembros de la tripulación del B-52. Los cuatro supervivientes lograron salvar la vida gracias a la eyección y al uso de paracaídas, cayendo posteriormente en distintos puntos del territorio almeriense.

El B-52 transportaba cuatro bombas termonucleares Mark 28 (modelo B28RI), cada una con una potencia aproximada de 1,5 megatones, lo que suponía entre 65 y 75 veces la potencia de la bomba de Hiroshima. Aunque las bombas no estaban armadas para detonar nuclearmente, sí contenían explosivos convencionales y material fisible altamente peligroso.

De las cuatro bombas, dos fueron recuperadas intactas: una cayó cerca de la desembocadura del río Almanzora y otra se precipitó al mar Mediterráneo. Las otras dos impactaron violentamente contra el suelo sin que sus paracaídas de frenado se desplegaran correctamente: una lo hizo dentro del núcleo de Palomares y la otra en la Sierra Almagrera. Estas dos bombas sufrieron la detonación de su carga convencional, lo que provocó su fragmentación y la dispersión de material radiactivo.

La explosión convencional y el impacto liberaron una nube de partículas compuestas por óxidos de plutonio y otros elementos transuránicos, así como tritio vaporizado. Estas partículas, extremadamente finas, fueron arrastradas por el viento y se depositaron sobre una superficie aproximada de 226 hectáreas, afectando a zonas urbanas, terrenos agrícolas y monte bajo. Las áreas más contaminadas se localizaron en las inmediaciones del cementerio de Palomares, un solar en el centro de la pedanía y alrededor de veinte hectáreas en la Sierra Almagrera.

Las estimaciones oficiales calcularon que unos 50.000 metros cúbicos de suelo resultaron contaminados, de los cuales aproximadamente 4.200 metros cúbicos presentaban niveles de radiación tan elevados que impedían cualquier uso agrícola, urbano o ganadero. Parte de ese suelo fue retirado y enviado a Estados Unidos para su almacenamiento, mientras que otras áreas quedaron bajo vigilancia radiológica permanente.

A pesar de las operaciones de limpieza, estudios posteriores demostraron que, a finales de la década de 1980, persistía una contaminación residual significativa, con niveles de radiación muy superiores a los derivados de ensayos nucleares controlados. El impacto del accidente no fue solo ambiental, sino también social y económico, marcando a Palomares con un estigma duradero y convirtiendo a sus habitantes en testigos involuntarios de los riesgos reales de la estrategia nuclear de la Guerra Fría.

El accidente de Palomares evidenció los peligros inherentes a la política de disuasión nuclear y obligó a replantear ciertos protocolos militares. Más allá de su dimensión local, el suceso se convirtió en un símbolo de la fragilidad del equilibrio nuclear y de las consecuencias que un solo error podía haber tenido para España y para el conjunto del Mediterráneo occidental. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Fotografía de las carcasas de dos bombas nucleares B28 del accidente de Palomares que se encuentran en el Museo Atómico Nacional, en Albequerque, EEUU. Después del establecimiento de una base aérea y los laboratorios nacionales, en 1939 y 1949, respectivamente, Albuquerque tuvo mucha importancia durante la llamada Época Atómica.

El nombre de la ciudad se debe al duque de Alburquerque, virrey de Nueva España, que había sido capitán general de la Costa de Granada, capitán general del Mar y Costas y de Andalucía que la fundo en 1706 como comunidad agrícola y puesto avanzado a lo largo del Camino Real.

Albuquerque fue construido a la manera típica de los pueblos coloniales españoles, La primera «r» de «Alburquerque» se perdió en inglés durante el siglo XIX, pero a veces se mantiene la ortografía original.

 Manuel Fraga Iribarne y el embajador de EEUU bañaron en Palomares. La famosa inmersión en el mar que popularizó el NO-DO se grabó en otra playa de Almería donde no se encontraban los restos radiactivos del avión americano.

La bomba recuerda que cayó al mar.

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