
Desde tiempos inmemoriales, el río Guadalquivir ha sido el gran escultor del paisaje, la memoria y la historia de Córdoba. Sus aguas, fuente de vida, riqueza y comunicación, han permitido el asentamiento humano, el desarrollo agrícola y el esplendor urbano; pero ese mismo cauce ha traído consigo, cíclicamente, la devastación. En su discurrir sereno parece guardar la promesa de su doble naturaleza: creador y destructor, benefactor y adversario, compañero inseparable y amenaza constante.
Ya en época romana, cuando era conocido como Betis, el río marcaba el pulso vital de la ciudad. Los ingenieros del Imperio levantaron puentes, cloacas y sistemas de canalización con el objetivo de domesticar su ímpetu y proteger la urbe. El puente romano, aún en pie, es testimonio de ese esfuerzo civilizador. Sin embargo, el río, como un gigante indomable, se rebelaba periódicamente, desbordándose con violencia y dejando tras de sí ruinas, tierras anegadas y pérdidas humanas que las fuentes apenas alcanzan a cuantificar.
Con la llegada de al-Ándalus, el Guadalquivir pasó a llamarse Wadi al-Kabir, “el gran río”, y se convirtió en el verdadero eje de una Córdoba esplendorosa, capital de un califato que deslumbró al mundo. Sus aguas alimentaban huertas, molinos y jardines; irrigaban los arrabales y sostenían una compleja red hidráulica considerada una de las más avanzadas de su tiempo. No obstante, ni siquiera acequias, aliviaderos y norias lograron contener por completo la furia del río cuando las lluvias lo hinchaban más allá de su cauce.
Ya en el siglo IX, el emir Abderramán II se vio obligado a ordenar la construcción de un murallón al sur de la Mezquita Aljama, con el fin de impedir que las crecidas invernales alcanzaran el muro de la quibla, lo que demuestra hasta qué punto el río condicionaba incluso la arquitectura sagrada y urbana. Aun así, las riadas continuaron castigando los barrios más próximos al cauce, recordando a los cordobeses la fragilidad de su dominio sobre la naturaleza.
Las crónicas medievales describen episodios de auténtica devastación. El Guadalquivir avanzaba entonces como un monstruo imparable, derribando casas, anegando huertas y arrastrando consigo vidas humanas y ganado. Las pérdidas económicas eran enormes y las heridas sociales tardaban generaciones en sanar. Se tiene constancia documentada de importantes desbordamientos ya en 1010 y 1481, coincidiendo con periodos de inestabilidad política y climática.
Con el crecimiento de la ciudad en la Edad Moderna, el problema no hizo sino agravarse. Entre los siglos XVI y XVIII, las crecidas se sucedieron con inquietante frecuencia: 1544, 1554, 1604, 1618, 1626, 1658, 1680, 1683, 1684, 1687, 1691, 1692, 1693, 1697, 1698, 1708, 1739, 1751, 1783, 1784 y 1785. Las zonas más castigadas eran siempre las más humildes: arrabales, huertas y tierras bajas, donde la población vivía pendiente del cielo y de las lluvias que podían engordar al gigante fluvial en cuestión de horas.
Durante los siglos XIX y XX, pese a los avances técnicos, el Guadalquivir siguió imponiendo su ley. Se registraron graves inundaciones en 1821, 1860, 1876, 1888 y 1917, que provocaron desplazamientos de población, pérdidas agrícolas y daños estructurales en la ciudad. Cada nueva riada reforzaba la conciencia de que era imprescindible acometer obras de mayor envergadura para controlar el cauce.
Uno de los episodios más recordados por la memoria colectiva cordobesa fue la gran crecida de 1963, cuando el río alcanzó niveles alarmantes y afectó gravemente a barrios como el Campo de la Verdad, dejando cicatrices físicas y emocionales que aún hoy perduran en el recuerdo de sus vecinos. Diez años más tarde, en 1973, otra importante avenida impulsó
definitivamente la construcción de presas, embalses y sistemas de regulación en la cuenca, con la esperanza de poner fin a siglos de destrucción cíclica.
Con la llegada del siglo XXI, Córdoba creyó haber domado al río. Sin embargo, el Guadalquivir, eterno y paciente, volvió a recordar su presencia. En 2010 y 2011, fuertes crecidas anegaron tierras, interrumpieron caminos y devolvieron el temor a las zonas próximas al cauce. En 2019, lluvias torrenciales reavivaron de nuevo el miedo, demostrando que, aunque contenido, el río nunca ha dejado de ser un adversario vigilante.
El Guadalquivir no solo ha modelado la geografía urbana de Córdoba; ha forjado también el carácter de sus gentes. Barrios como el Campo de la Verdad conservan en sus calles, en sus relatos orales y en su memoria colectiva el recuerdo de las aguas desbordadas, de las evacuaciones, de la solidaridad vecinal frente a la adversidad.
Hoy, mientras las defensas contra inundaciones se perfeccionan y la ciudad busca un equilibrio entre desarrollo urbano y respeto al medio natural, el Guadalquivir sigue fluyendo, aparentemente manso y silencioso. Sus aguas, cargadas de historia, son testigo permanente de que Córdoba no puede entenderse sin el río que la atraviesa, un río que ha sido, a lo largo de los siglos, tanto sustento como amenaza, tanto aliado como enemigo, pero siempre protagonista indiscutible de su devenir histórico. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Fotografía de la Cartela situada en la pared del Santuario de la Fuensanta que ilustra la señal hasta donde llegó el rió Guadalquivir en el año 1876