
La batalla de Valsequillo, conocida también como la batalla de Peñarroya, constituyó la última gran ofensiva del Ejército Popular de la República durante la Guerra Civil Española. Se inició el 5 de enero de 1939, en un momento crítico del conflicto, cuando la derrota republicana era ya previsible tras la caída de Cataluña y el aislamiento internacional. Concebida como un ataque señuelo, la operación pretendía desviar fuerzas franquistas del frente de Cataluña y del centro peninsular, golpeando el aparentemente desguarnecido frente de Extremadura y el norte de la provincia de Córdoba.
La ofensiva fue dirigida contra el Ejército del Sur, mandado por el general Gonzalo Queipo de Llano, uno de los pilares militares del bando sublevado en Andalucía. En la madrugada del 5 de enero, las fuerzas republicanas, procedentes principalmente de la provincia de Badajoz, rompieron las líneas franquistas con un ataque sorpresa apoyado por artillería y carros de combate, algo poco habitual en esas fechas para un ejército ya muy mermado. El empuje inicial resultó exitoso: varias posiciones enemigas fueron desbordadas y las tropas republicanas avanzaron con rapidez hacia el interior cordobés, alcanzando localidades y posiciones estratégicas en el entorno de Fuente Obejuna, Valsequillo y Peñarroya-Pueblonuevo.
Durante los primeros días, el avance republicano generó una notable alarma en el mando franquista, al evidenciar que, pese al desgaste acumulado, la República aún conservaba capacidad ofensiva. Sin embargo, este impulso pronto se vio frenado por la resistencia organizada en puntos clave del terreno, especialmente en la sierra Trapera y el cerro Mano de Hierro, enclaves elevados que dominaban las rutas de avance. A partir del 9 de enero, el frente quedó prácticamente estabilizado, dando paso a una guerra de desgaste marcada por los asaltos frontales, el fuego cruzado de artillería y los bombardeos aéreos.
Los combates fueron extraordinariamente duros, desarrollándose en condiciones invernales extremas, con escasez de suministros, munición y apoyo sanitario para ambos bandos, aunque especialmente grave en el caso republicano. El terreno agreste, minado y plagado de posiciones fortificadas, multiplicó las bajas y convirtió la ofensiva en una sangría humana sin resultados decisivos.
El 14 de enero de 1939, el Ejército del Sur lanzó una contundente contraofensiva, apoyada por fuerzas frescas, artillería pesada y superioridad aérea. En pocos días, las tropas franquistas recuperaron todas las localidades y posiciones que habían caído en manos republicanas. Cuando regresaron a ellas, encontraron pueblos arrasados, reducidos en muchos casos a ruinas por los bombardeos y los combates casa por casa. La contraofensiva culminó con la expulsión definitiva del Ejército Popular hacia sus posiciones iniciales en Extremadura.
El balance humano de la batalla fue catastrófico: se estima que más de 8.000 combatientes murieron o resultaron gravemente heridos durante la operación, convirtiendo a Valsequillo-Peñarroya en una de las acciones más sangrientas del final de la guerra. El fracaso de la ofensiva debilitó de forma irreversible la resistencia republicana en el norte de la provincia de Córdoba, donde el Ejército Popular quedó prácticamente desarticulado y sin capacidad para emprender nuevas operaciones de envergadura.
Este desenlace provocó duras críticas internas en el seno del mando republicano. Los generales José Miaja y Antonio Matallana fueron señalados por una planificación deficiente, una valoración excesivamente optimista de las fuerzas disponibles y la incapacidad de consolidar los avances iniciales ante la previsible reacción franquista. Para muchos historiadores, la ofensiva evidenció el agotamiento material, humano y moral de la República en sus últimos meses.
A finales de marzo de 1939, con la guerra ya decidida, las tropas franquistas ocuparon de manera definitiva todas las localidades de la zona. Miles de soldados y civiles republicanos fueron hechos prisioneros y conducidos a campos de concentración improvisados, que pronto se vieron desbordados. La victoria en Valsequillo reforzó el control franquista del sur peninsular y cerró definitivamente cualquier posibilidad de resistencia organizada en Andalucía.
La batalla de Valsequillo quedó así inscrita en la memoria histórica como símbolo del ocaso militar de la República, una ofensiva desesperada que, pese al valor de sus combatientes, evidenció la imposibilidad de revertir el curso de la guerra. Su recuerdo permanece ligado a la dureza de los combates, al sufrimiento de la población civil y al trágico final de uno de los episodios más decisivos del conflicto en tierras cordobesas. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Fotografía de un tanque de la querra Civil expuesto a la entrada de La Brigada Guzman el Buerno en Cerro Muriano.