[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Esa memoria. – Cosas de Cordoba

Esa memoria.

La figura de don Rodrigo, considerado tradicionalmente el último rey del reino visigodo de Toledo, se pierde en la derrota sufrida en la batalla de la Janda o del Guadalete en el año 711. A partir de ese momento, el entramado político visigodo se desmoronó con rapidez, facilitando la expansión islámica por la Península Ibérica y dando inicio a un largo periodo de fragmentación territorial, política y cultural que marcaría la historia peninsular durante siglos.

Desde la desaparición del poder visigodo hasta la configuración de los reinos cristianos medievales, la Península atravesó una compleja sucesión de procesos: la formación de al-Ándalus, el surgimiento de los núcleos cristianos del norte, la consolidación de los reinos de León, Castilla, Navarra, Aragón, Portugal y otros señoríos, así como siglos de alianzas, guerras, matrimonios dinásticos y transformaciones institucionales. No existió, por tanto, una continuidad política directa entre el reino visigodo y los reinos medievales cristianos, más allá de una apropiación simbólica de su legado jurídico y religioso.

La unión dinástica de Castilla y Aragón no se produce, como a veces se afirma erróneamente, en 1555 ni con la muerte de Juana I de Castilla, ni en 1469 con el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Esta unión no supuso la fusión inmediata de ambos reinos en un solo Estado, sino una monarquía compuesta, en la que cada territorio conservó sus propias leyes, instituciones y estructuras administrativas. La muerte de Juana en 1555 marca, en realidad, el final formal de su condición de reina titular de Castilla, ya en tiempos de Carlos I.

Con CarlosI (emperador Carlos V del Sacro Imperio), nieto de los Reyes Católicos, se inicia una nueva etapa: la de una monarquía hispánica de dimensión europea y ultramarina, heredera de múltiples coronas y territorios. Sin embargo, incluso entonces, hablar de “España” como un Estado unificado en el sentido moderno resulta anacrónico. La construcción del Estado español fue un proceso largo, gradual y complejo, que se extendió durante los siglos XVI al XVIII.

Entre la caída del reino visigodo en 711 y el acceso al trono de Carlos I en 1516 median más de ocho siglos —aproximadamente 800 años—, no 844 en sentido estricto, pero en cualquier caso un lapso de tiempo enorme como para establecer una continuidad histórica simple y lineal. Pretender una identificación directa entre la Hispania visigoda y la España de la Edad Moderna supone un grave error de perspectiva histórica y una simplificación interesada de un pasado mucho más diverso y fragmentado.

La historia de España no es la de una unidad inmutable, sino la de una lenta y compleja construcción política, forjada a través de rupturas, adaptaciones y herencias reinterpretadas. Ignorar esta realidad conduce a una memoria histórica distorsionada, más cercana al mito que al análisis riguroso del pasado. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-