
El 8 de diciembre de 1572, en un Auto público celebrado en Córdoba, Leonor Rodríguez, conocida popularmente como la Camacha de Montilla, fue acusada y juzgada por brujería por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. Se convirtió así en la única hechicera penitenciada por la Inquisición cordobesa de la que se tiene constancia documental. Nacida en Montilla en 1532 y fallecida en 1585, su figura quedó profundamente marcada por el proceso inquisitorial y por la leyenda posterior.
La Camacha trascendió en la memoria cultural gracias a Miguel de Cervantes, quien en su Coloquio de los perros recogió sus supuestas hazañas y le atribuyó poderes extraordinarios, prácticas prodigiosas e historias fantásticas que mezclan realidad, rumor y tradición oral. El retrato cervantino contribuyó a inmortalizarla como una de las hechiceras más célebres de Andalucía, envuelta en un aura de misterio y temor.
Durante el Auto de fe, Leonor Rodríguez fue exhibida cabalgando sobre un asno por las principales calles de Córdoba, vestida con la coroza —el capirote infamante usado por los penitenciados— y las insignias propias de quienes eran acusados de invocar demonios o practicar artes prohibidas. Allí se le leyó públicamente la sentencia y abjuró de levi, la fórmula más leve de renuncia a las prácticas heréticas, empleada cuando el reo colaboraba o no se consideraba herejía grave.
La condena incluyó una multa de 56.250 maravedís, equivalente a ciento cincuenta ducados, así como cien azotes propinados en Córdoba. Días después fue trasladada a Montilla, donde, con idéntico ceremonial público, recibió otros cien azotes ante sus propios vecinos. Además, se decretó su destierro de la ciudad por diez años, debiendo servir los dos primeros en un hospital de Córdoba, como acto de arrepentimiento y rehabilitación social.
El origen del proceso se debió a la denuncia presentada por los jesuitas de Montilla, quienes alertaron al Tribunal de Córdoba sobre las prácticas de Leonor Rodríguez. Sorprende el elevado número de testimonios: veintidós vecinos declararon en su contra, una cifra notable para una villa relativamente pequeña en el siglo XVI. No solo la acusaron, sino que ampliaron los cargos, lo que demuestra el impacto que la figura de la Camacha tenía en su entorno y el clima de temor, superstición y rumor que la rodeaba.
En un primer momento, la Camacha negó las acusaciones, pero finalmente no pudo sostener su inocencia tras ser puesta a cuestión de tormento, el interrogatorio bajo tortura autorizado por el Santo Oficio en casos de especial gravedad. Bajo estas condiciones —descritas en las fuentes como “muy persuasorias”— confesó minuciosamente haber iniciado su aprendizaje en Granada, donde una hechicera granadina le enseñó los primeros rudimentos del oficio y le entregó las hierbas necesarias para componer ungüentos. Afirmó haber recibido enseñanzas de moros y cristianos versados en prácticas supersticiosas, y llegó incluso a declarar que, movida por su deseo de perfeccionar su arte, fornicó con un hombre no bautizado para que le revelara técnicas prohibidas. Manifestó también que conocía “a la perfección quién había hecho pacto con el diablo”, así como las marcas que dejaba dicho convenio en los supuestos iniciados.
La figura de la Camacha, a medio camino entre la realidad histórica y el mito literario, se convirtió con el tiempo en símbolo del mundo mágico y supersticioso del siglo XVI andaluz, un universo donde se mezclaban antiguas tradiciones moriscas, medicina popular, creencias cristianas heterodoxas y miedos colectivos.
La fotografía que acompaña el texto corresponde a un grabado de Goya, perteneciente a su célebre serie Los Caprichos, compuesta por 80 estampas realizadas durante los años de la Guerra de la Independencia y el periodo en que el pintor sufrió la enfermedad que lo llevó a la sordera. Los Caprichos son una sátira feroz de la sociedad española de finales del siglo XVIII, donde Goya denunció supersticiones, abusos, fanatismos y miserias humanas. Este grabado concreto se conserva en el Museo de Arte e Historia de Durango, y su presencia aquí subraya visualmente ese universo oscuro de miedos y creencias que envuelve la historia de la Camacha. Soledad Carrasquilla Cabllero. Sccc.-