
Se reúnen en Pozoblanco, los representantes de las Siete Villas de Los Pedroches, con objeto de acordar los medios y procedimientos para hacer la división de los términos municipales, con el fin de que al formar el Registro Fiscal de la Propiedad, se asigne a cada uno la riqueza que en lo sucesivo han de tener.
El 30 de noviembre de 1907, Pozoblanco amaneció envuelto en una bruma fría de invierno. Las calles de la villa, aún cubiertas por el sereno de la madrugada, vieron llegar uno tras otro a los representantes de las Siete Villas históricas de Los Pedroches: Alcaracejos, Añora, Pedroche, Pozoblanco, Torremilano, Torrecampo y Villanueva de Córdoba. Venían en carruajes, a caballo o en diligencias, tras recorrer caminos de tierra entre dehesas silenciosas y encinas centenarias, conscientes de que la reunión que les aguardaba no era una más, sino una decisión que marcaría el futuro de sus pueblos.
Hasta entonces, los términos municipales se hallaban mancomunados, como herencia de una organización territorial antigua que se remontaba a siglos atrás, cuando estas villas compartían montes, pastos y recursos en un equilibrio tradicional. Pero los tiempos estaban cambiando. España avanzaba hacia el siglo XX con nuevas leyes y estructuras administrativas, entre ellas el Registro Fiscal de la Propiedad, que exigía claridad, límites exactos y la definición precisa de la riqueza de cada término municipal. Ya no era suficiente la costumbre; hacían falta números, títulos, mediciones y papeles sellados.
En un salón sobrio, iluminado por ventanales que dejaban pasar la luz de la mañana, los delegados tomaron asiento. Sus semblantes, serios pero decididos, reflejaban la importancia del encuentro. Había en el aire una mezcla de respeto institucional y memoria histórica: durante generaciones, las Siete Villas habían formado una comunidad compartida, unidas por vínculos económicos, sociales y hasta afectivos. Pero ahora debían repartirse el territorio, medir cada fanega, cada arroyo, cada loma que en adelante pertenecería de forma exclusiva a un ayuntamiento.
Las discusiones fueron largas y minuciosas. Se desplegaron mapas sobre la mesa, se citaron antiguos documentos, se midieron extensiones, se valoraron dehesas y se escucharon argumentos que apelaban tanto al derecho como a la tradición. El objetivo era claro: acordar, de manera justa y pacífica, los procedimientos para dividir los términos y asignar a cada municipio la riqueza que le correspondería en adelante.
No era solo una cuestión fiscal. Era, en cierto modo, el fin de una etapa histórica y el comienzo de otra. Las Siete Villas dejaban atrás la administración común que durante siglos había definido su identidad territorial y se adentraban en una nueva era de autonomía municipal, ajustada a las exigencias de un Estado moderno.
Cuando finalmente el acuerdo se cerró, ya caía la tarde sobre Pozoblanco. Los representantes se despidieron con apretones de manos firmes, conscientes de haber hecho historia. Afuera, las campanas empezaban a tocar y el aire olía a humo de chimenea y a carne recién asada. Los caminos que los habían traído de vuelta a sus pueblos los devolverían ahora a una tierra que, a partir de aquel día, tendría nuevas fronteras, pero seguiría siendo la misma comarca orgullosa, ganadera, austera y profunda: Los Pedroches.
Y aunque pocos lo sabían entonces, aquel 30 de noviembre quedaría registrado como una fecha clave en la organización territorial de la comarca, el día en que la historia antigua se estrechó con la modernidad y las Siete Villas sellaron su camino hacia el siglo XX. Soledad Carrasquilla Caballero. Sccc.-