
La mezquita de Bāb al-Mardūm (مسجد باب المردوم), conocida desde la Edad Media, al convertirse en oratorio cristiano, como Mezquita del Cristo de la Luz, constituye uno de los ejemplos más notables y mejor conservados del arte andalusí y del mudéjar primitivo en la península ibérica. Su importancia radica no solo en su antigüedad —fue construida en el año 999, en pleno apogeo del Califato de Córdoba bajo el gobierno de Hišām II y la regencia de Almanzor—, sino también en su excepcional estado de conservación, que permite leer en sus muros casi mil años de historia arquitectónica y cultural.
La fecha exacta de su construcción se conoce gracias a la inscripción epigráfica cúfica de su fachada occidental, una de las piezas epigráficas más valiosas del arte califal toledano. En ella se lee:
«En el nombre de Dios, hizo levantar esta mezquita Ahmad ibn Hadidí, de su peculio, solicitando la recompensa ultraterrena de Dios por ella. Y se terminó con el auxilio de Dios, bajo la dirección de Musà ibn Alí, arquitecto, y de Sa’ada, concluyéndose en Muharram del año trescientos noventa».
El año 390 de la hégira corresponde al 999 de la era cristiana, lo que coloca la construcción del oratorio en un momento de intensa actividad edilicia en al-Ándalus, marcada por la expansión urbana y monumental impulsada por la élite califal.
La mezquita de Bāb al-Mardūm es un oratorio urbano de pequeño tamaño, destinado probablemente a servir a un barrio concreto (mezquita de barrio o masŷid), aunque su ubicación junto a la puerta homónima de la ciudad sugiere también un uso complementario para viajeros que entraban o salían de la medina de Ṭulayṭula.
El edificio original, de planta casi cuadrada y dividido en nueve pequeñas crujías cubiertas por bóvedas de arista y de nervios entrecruzados, constituye uno de los primeros ejemplos conservados de bóvedas nervadas en al-Ándalus, antecediendo las de la ampliación de al-Ḥakam II en la Mezquita de Córdoba. Su interior, de una intimidad casi hipóstila, conserva la elegancia de los capiteles visigodos reutilizados, que sostienen los característicos arcos de herradura califales.
Tras la conquista cristiana de Toledo en 1085, el templo continuó en uso durante un tiempo por la comunidad mudéjar, hasta que en el siglo XII fue consagrado como iglesia. En ese momento se añadió el ábside románico-mudéjar, un ejemplo excepcional de fusión arquitectónica donde la tradición cristiana se adapta a la estética islámica preexistente. Esta transformación dio lugar a uno de los testimonios más tempranos del arte mudéjar, caracterizado por el empleo de técnicas, materiales y diseños islámicos en edificios cristianos.
La fachada noroeste, que se abre hacia el antiguo patio, está compuesta por tres vanos de acceso. Los arcos de herradura rebajados y los arcos de medio punto que los enmarcan reproducen un esquema decorativo muy habitual en la arquitectura califal cordobesa, especialmente en la mezquita aljama. En el nivel superior, los arcos polilobulados enmarcando arcos de herradura con dovelas bicolores evocan de manera directa el repertorio ornamental del Califato, trasladado a Toledo con una fidelidad sorprendente.
Esta pervivencia de patrones cordobeses demuestra la intensa conexión cultural entre Toledo y Córdoba, así como la movilidad de artesanos y maestros de obra en el seno del estado omeya.
El pequeño ṣaḥn o patio de abluciones conserva un pozo notable por las marcas de desgaste producidas por las sogas al extraer agua. Todo parece indicar que este pozo formó parte de un sistema hidráulico más complejo, posiblemente vinculado a una alberca ajardinada al estilo del chahar bagh persa, muy presente en los espacios sagrados andalusíes. Jardines semejantes existían en la mezquita aljama de Córdoba y en los palacios de Madīnat al-Zahrā’, donde el agua, los frutales y la sombra cumplían funciones simbólicas y litúrgicas.
De las diez mezquitas que llegó a tener Toledo antes de la conquista cristiana, esta es, sin duda, la mejor conservada. Su ubicación junto a la puerta de Bāb al-Mardūm le confería un carácter liminal: era un espacio de tránsito espiritual para quienes llegaban por primera vez a la ciudad o se despedían de ella.
Las intervenciones arqueológicas realizadas recientemente, motivadas por problemas de humedad en los cimientos, sacaron a la luz un conjunto de hallazgos de enorme interés:
Una necrópolis visigoda, situada bajo el jardín actual, con enterramientos a más de cinco metros de profundidad, que confirma la superposición de culturas en este punto estratégico de la ciudad.
Una calzada romana perfectamente conservada, de losas de granito y cinco metros de ancho, que formaba parte del trazado viario de la Toletum imperial.
Una cloaca romana asociada a esta vía, testimonio de la sofisticada infraestructura hidráulica romana.
La existencia de un segundo ábside bajo el ábside mudéjar actual, lo que sugiere fases más complejas de transformación cristiana.
Una cavidad excavada en la roca, posiblemente vinculada a un edificio romano hoy desaparecido y contemporáneo a la calzada.
La mezquita del Cristo de la Luz, es el edificio andalusí más antiguo de Toledo. Permaneció durante años ignorado hasta convertirse en la sede de los artesanos de Castilla la Mancha, hoy es iglesia y un pequeño museo. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Bóvedas nervadas inspiradas enlas de la ampliación de al-Ḥakam II en la Mezquita de Córdoba.

Fachada de la Mezquita del Cristo de la Luz.

Epigráfica de su fachada donde resa: «En el nombre de Dios, hizo levantar esta mezquita Ahmad ibn Hadidí, de su peculio, solicitando la recompensa ultraterrena de Dios por ella. Y se terminó con el auxilio de Dios, bajo la dirección de Musà ibn Alí, arquitecto, y de Sa’ada, concluyéndose en Muharram del año trescientos noventa»

Fresco Pantocrator del altar