
Boceto de la cabeza del monumento ecuestre al Gran capitán de la plaza de las Tendillas, realizado por de Mateo Inurria, que se encuentra en el Alcázar de los Reyes Cristianos de Córdoba. Para la idealización de la esta cabeza de Gonzalo Fernández de Córdoba se cuenta que el escultor utilizó la imagen del rostro del primer califa del toreo, Lagartijo el Grande.
Gonzalo Fernández de Córdoba fue expansivo, espléndido, magnífico, dispensador de favores y pródigo en honores y mercedes. Llamado por su excelencia con títulos que no le concedió rey Fernando II de Aragón:
El Gran Capitán
Capitán de Capitanes
El Rayo de la Guerra
El padre de la guerra de trincheras
El General cordobés
Se dijo de él:
“Todo cuanto hacía parecía que el cielo lo aprobaba y la tierra lo consentía, y los hombres lo aceptaban. Él nació para mandar, y lo supo hacer tan bien en paz como en guerra. Todos los que le vieron lo sabemos; los ausentes, en la mayor y mejor parte del mundo, no lo ignoraron. Testigos son del valor de su persona y gran ser suyo todos los cristianos de Europa; no lo exagero: lo saben los moros, turcos y paisanos, y mejor que otros lo entendieron —y con su daño lo experimentaron— los franceses. Así, los que en sus ejércitos le seguían eran más que otros hombres, y por tal costumbre y uso de las armas, menos temían la muerte…” Gonzalo Fernández de Oviedo, secretario del Gran Capitán, relata los motivos por los que se le llamaba así.
El conde de Ureña dijo de él: “Esta nave tan cargada y tan pomposa necesita mucho fondo para navegar: presto encallará en algún bajío.”
Y el rey francés Felipe XII afirmó: “No tengo por afrenta ser vencido por el Gran Capitán Cordobés, porque merece que Dios le dé aun lo que no fuese suyo, pues nunca se ha visto ni oído capitán a quien la victoria haga más humilde y piadoso”.
El 1 de septiembre de 1453 nacía en Montilla,Córdoba, Gonzalo Fernández de Córdoba y Enríquez de Aguilar. Con el tiempo sería primer duque de Sessa, Terranova, Santangelo y Andría; marqués de Bitonto; y virrey de Nápoles. Llegó a poseer más de cien mayorazgos y numerosos títulos y grandezas.
Noble, político y genio militar, el Gran Capitán murió en Loja el 2 de diciembre de 1515. En los quinientos años transcurridos desde entonces no se ha dejado de escribir sobre él, envolviendo su figura en una leyenda donde la personalidad histórica supera al mito.
Segundo hijo de Pedro Fernández de Aguilar —V señor de Aguilar de la Frontera y Priego—, Gonzalo procedía de una familia de tradición militar ligada a la conquista de Andalucía por Fernando III. Su madre fue Elvira de Herrera y Enríquez, descendiente del infante Fabrique Alfonso de Castilla.
El mayor de los hermanos, Alfonso Fernández de Córdoba, alcaide de Córdoba, sofocó la matanza de judíos y conversos de 1473, conocida como el episodio de la Cruz del Rastro. Su hermana, Leonor de Arellano, casó con Martín Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles.
Los dos hermanos se criaron en Córdoba, en la casa solariega de los Fernández de Córdoba junto a la puerta de la Ajarquía (actual Casa del Bailío), bajo el cuidado del caballero Pedro de Cárcamo.
Destinado inicialmente a otra carrera, Gonzalo sirvió primero al arzobispo Carrillo y después fue paje en la corte castellana: primero del príncipe Alfonso y, tras su muerte, de la princesa Isabel. En la corte destacó por su habilidad en las armas.
A la muerte de Enrique IV, se mantuvo fiel a Isabel la Católica, participando en la Guerra de Sucesión. En la batalla de Albuera (1479), su nombre apareció ya entre los guerreros más distinguidos.
Se casó en primeras nupcias con su prima Isabel de Montemayor, recibiendo como regalo de bodas la alcaldía de Santaella. Tras enviudar, volvió a casarse con María Manrique de Figueroa, dama de la reina, con quien tuvo dos hijas.
Tomó parte en la contienda de Granada al mando de una unidad de lanzas. Aunque joven, destacó en numerosas acciones y demostró ingenio militar, como la creación de una máquina de asedio improvisada en Tajarja.
Participó en las conquistas de Alhendín, Mondújar, Íllora, Álora, Setenil y Loja. En Montefrío fue el primero en subir a la muralla.
Los cronistas decían: “Gonzalo era siempre el primero en atacar y el último en retirarse”.
En la batalla de Lucena hizo prisionero a Boabdil, con quien entabló amistad que facilitó posteriormente la rendición de Loja y las capitulaciones de Granada.
Tras la guerra de Granada, Fernández de Córdoba fue enviado a Italia para defender la causa aragonesa en Nápoles frente a los franceses. Sus campañas fueron un éxito rotundo: limpió Calabria, conquistó Basilicata y tomó Atella, entrando victorioso en Nápoles en 1496. Allí nació el sobrenombre de Gran Capitán.
El Papa Alejandro VI le concedió en 1497 la Rosa de Oro, alta distinción papal.
Tras su regreso, participó en la sofocación de la rebelión de Las Alpujarras 1499 y posteriormente volvió a Italia ante la reanudación del conflicto con Francia.
La batalla de Ceriñola (28 de abril de 1503) cambió la historia militar. Por primera vez un ejército vencía decisivamente gracias al uso combinado de infantería, caballería y artillería.
El Gran Capitán innovó radicalmente: ordenó a los caballeros transportar infantería a la grupa, acelerando la marcha. Antes del combate se quitó el casco diciendo: “Los que mandan un ejército en un día como hoy no deben ocultar el rostro”.
La victoria fue absoluta: murieron 4.000 franceses frente a 100 castellano-aragoneses.
La batalla del Garellano (1503) fue su última dirección directa en combate. Su maniobra envolvente es considerada una de las más brillantes de la historia militar, imitada siglos después por Rommel en Gazala.
Sus tácticas inspiraron a los tercios españoles, que serían invencibles durante un siglo.
Tras la guerra, gobernó Nápoles como virrey durante cuatro años. Pero la muerte de Isabel la Católica y el Tratado de Blois distanciaron a Fernando y Gonzalo. Surgió la célebre leyenda de las Cuentas del Gran Capitán, recogida por Modesto Lafuente.
El rey lo relevó como virrey, incumpliendo incluso la promesa de nombrarlo maestre de Santiago.
Maquiavelo aunque elogió a Fernando en El Príncipe, criticó su falta de humanidad, fe y gratitud.
Tras años de tensión política, Gonzalo se retiró a Loja, donde murió en 1515 víctima de fiebres cuartanas. Fue enterrado primero en Granada y, en 1523, trasladado al monasterio de San Jerónimo.
Su epitafio dice:
“Los huesos de Gonzalo Fernández de Córdoba, que con su gran valor se apropió el sobrenombre de Gran Capitán, están confiados a esta sepultura hasta que al fin sean restituidos a la luz perpetua. Su gloria no quedó sepultada con él”.
Durante la ocupación napoleónica, sus sepulcros y estandartes fueron profanados por las tropas del general Sebastiani, que jamás habrían osado enfrentarse a él en vida.
Según otros relatos, los frailes lograron salvar los restos antes de la profanación.
Sea como fuere, el Gran Capitán ya pertenece a la historia, y desde allí es imposible borrarlo. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-