
Dieciséis ojos tienen el puente romano de Córdoba.
Dieciséis ojos que miran el agua que llega desde la sierra y despiden el agua que huye hacia la mar.
Dieciséis ojos que, desde hace casi dos mil años, atan las dos orillas y las reconcilian cada amanecer.
Son dieciséis ojos que han visto pasar la historia, lenta o convulsa, como un animal antiguo que nunca termina de marcharse.
Dieciséis ojos que fueron piedra imperial, arco califal, paso medieval, sendas de caminantes y cañadas de ganado, y que hoy siguen latiendo bajo el rumor del Guadalquivir.
Dieciséis ojos que, cuando el sol los toca, se afinan como limas, se vuelven oro bruñido, acero de siglos acuchillado por la luz.
Dieciséis ojos que, cuando el agua los roza, se convierten en líquida algarabía, espejo vibrante en el que Córdoba se asoma a sí misma.
Aguas que bajan por los dieciséis ojos, se hacen espuma, luego neblina, luego nube.
Aguas que se transforman en sueños, que nacen y se desvanecen; aguas que, al contradeir a de Miguel Hernández, ¿“van de la nada a la nada”?, mientras el puente —inmóvil y eterno— continúa mirando.
Porque el puente romano es más que un puente: es un vigía de piedra, un corazón de arcadas,
un poema que Córdoba recita desde hace dos milenios. Soledad carrasquilla caballero, sccc.-