[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Pepe Lora – Cosas de Cordoba

Pepe Lora

Pepe Lora, maestro cordobés del cante

Pepe Lora, cuántas veces pasaste por el puente que une el Campo de la Verdad con el Alcázar Viejo, ese mismo puente por donde cruzaban los ecos del cante y el murmullo del Guadalquivir. Tus manos, siempre manchadas de barro, daban forma a las macetas y a las tejas en el torno del alfarero, mientras frente a ti pasaba el río, tranquilo, reflejando la luz de Córdoba. En la calle que hoy lleva tu nombre aún parece oírse tu voz, quebrada y dulce, entonando alegrías, soleares y serranas.

Las saetas, esas que nacían de lo más hondo del pecho, las guardabas para cuando encerraban al Cristo del Descendimiento. Yo te recuerdo en aquellas madrugadas del Viernes Santo —sábado ya— junto a mi padre y mi tío Pepe; más que primos, erais hermanos. También en mi boda, a la que fuiste con la más chica de tus hijas, estaba presente tu alegría, esa manera tuya de vivir el cante como una forma de amor y de respeto.

Hoy, quiero recordarte a ti, uno de los grandes. Puede que tu voz no quedara grabada en los discos que llenan la historia sonora del flamenco, pero no se ha borrado de la memoria de quienes te escucharon ni de quienes aprendieron contigo a sentir el compás y el duende.

José Lora nació en Córdoba en 1908, en una ciudad que aún respiraba la herencia de los viejos cafés cantantes y los patios donde el cante se mezclaba con el olor a azahar. Fue un hombre de barrio, humilde y trabajador, que alternó su vida entre el torno y el cante, entre el oficio de alfarero y la pasión flamenca.

Desde joven mostró un talento natural para el cante, con una voz cálida, melosa y bien timbrada. Su dominio de los estilos cordobeses —las alegrías, las soleares, la saeta vieja y la serrana— lo convirtió en una figura respetada en los círculos flamencos de la ciudad. Sin buscar el brillo de los escenarios ni la fama efímera, Pepe Lora se dedicó sobre todo a transmitir: enseñó su arte a los jóvenes cantaores y mantuvo viva una manera de sentir el flamenco honesta y pura.

Quienes lo conocieron destacan su cante primoroso y equilibrado, de gusto fino, lleno de musicalidad y sensibilidad. Tenía esa rara virtud de cantar sin estridencias, con una armonía que atrapaba y un compás que nacía de dentro, como si el ritmo le latiera en las manos.

A lo largo de su vida compartió escenario y momentos con los grandes nombres del flamenco de su tiempo, aunque nunca se dejó arrastrar por la vanidad. Era más maestro que figura, más raíz que aplauso. Su cante se escuchaba en reuniones, tabernas y patios, donde la guitarra y la voz se encontraban sin necesidad de micrófonos.

Cantó hasta pocos meses antes de morir, en 1992, con ochenta y cuatro años. Y hasta el final conservó esa voz dulce y redonda, como si el tiempo no hubiera podido quebrarla.

Su legado no está en los discos ni en los teatros, sino en la memoria viva del flamenco cordobés. En las generaciones que heredaron su forma de cantar, en las noches de cante entre amigos, en los patios donde su eco sigue resonando.

Porque Pepe Lora fue —y sigue siendo— uno de esos artistas que no necesitan grabaciones para permanecer: su arte se conserva en la emoción de quienes lo oyeron, en las palabras de quienes lo nombran, y en la tierra misma de Córdoba, que guarda su voz como se guarda un secreto antiguo. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-