
Foto de Gibraltar, tomada desde el velero Casanova
En las orillas de Andalucía, centinela del Mediterráneo, quedó para siempre el nombre emblemático del accidente costero que lleva su nombre de Tariq, que el tiempo y la castellanización han convertido en Gibraltar.
El día 27 de abril de 711, Táriq ibn Ziyad, tras desembarcar en la bahía de Gibraltar, ordenó quemar todas las naves, dejando claro a sus tropas que no habría regreso sin victoria.
Táriq había nacido el 15 de noviembre del año 679 en las montañas del Rif. Murió en Damasco, decepcionado y olvidado, hacia el año 720. De origen bereber, recibió educación en la cultura árabe, entonces en pleno auge. Avezado en el uso de todas las armas —espada, lanza, arco y flechas, lucha cuerpo a cuerpo— y excelente jinete, ascendió con rapidez en el escalafón del ejército del Califato omeya. El valí de Ifriqiya, Musa ibn Nusair, confiando en su capacidad militar, lo nombró gobernador de Tingis.
Participó en luchas tribales, combatió contra incursiones de partidas godas y formó parte de expediciones navales por el Mediterráneo en enfrentamientos con flotas bárbaras europeas y con naves del Imperio bizantino. Fue, sin duda, uno de los guerreros singulares de la historia: estratega, hombre de visión y audacia, conquistador que ganó sus campañas mediante inteligencia, diplomacia y sagacidad. Con él comenzó en Iberia una era de esplendor cuyo legado enriqueció profundamente la civilización humana.
Musa ibn Nusair ordenó a su lugarteniente Táriq seguir los pasos de Tarif ibn Malluk, primer oficial árabe en realizar una expedición de tanteo a la península. Así, el 30 de abril del 711 partieron desde el promontorio de Abila, junto a Ceuta, los barcos que transportaban a las fuerzas de Táriq.
Tras cruzar los catorce kilómetros que separaban las antiguas Columnas de Hércules, desembarcaron en la bahía de Algeciras, al pie del peñón de Calpe, que desde entonces será conocido como Yabal Táriq, «el monte de Táriq», origen del nombre Gibraltar. Eran unos siete mil hombres, en su mayoría bereberes, acompañados por varios centenares de caballeros árabes. Ya en suelo peninsular, Táriq ordenó quemar los barcos y arengó a la tropa, prometiendo vencer “a mayor gloria de Dios”.
El rey visigodo don Rodrigo abandonó su campaña en Pamplona contra los vascones para enfrentarse a los recién llegados. La posición de Táriq era comprometida: tenía el mar a su espalda y un ejército menor que el enemigo.
El caudillo bereber recurrió entonces a maniobras de diversión, rápidos movimientos y acciones de retaguardia que mantuvieron en tensión a los visigodos, mientras ganaba tiempo para que llegaran los refuerzos solicitados a Musa. En julio arribaron cinco mil bereberes adicionales. Aun así, sus fuerzas seguían siendo inferiores, pero Táriq supo emplear la diplomacia y la inteligencia militar, debilitando la unidad de los visigodos, sabedor de que muchos nobles eran partidarios de Agila y no aceptaban el mando de Rodrigo.
El 19 de julio de 711, ambos ejércitos se enfrentaron en el lugar llamado por los cronistas árabes Wadi Lakka, en la cuenca del río Guadalete. Las fuentes lo sitúan al noreste de la antigua Gades, cerca de la despoblada ciudad de Lacca —acaso el Castrum Caesaris Salutariensis, junto a la fuente termal del Cortijo de Casablanca, a siete kilómetros al sur de Arcos de la Frontera, en la Junta de los Ríos Guadalete y Majaceite— o, según otros autores, en el río Barbate, en la laguna de la Janda.
El poderoso ejército visigodo contaba con alrededor de 17.000 hombres, bien abastecidos y cerca de sus bases. Táriq disponía de unos 12.000 soldados, pero desplegó sus fuerzas de modo que cubrieran la misma amplitud del frente enemigo. En la batalla murieron numerosos nobles visigodos, incluido el propio rey Rodrigo. La derrota supuso la desaparición del reino visigodo y el inicio de la ocupación árabe —o revolución islámica— en la Península Ibérica.
La victoria situó a Táriq ibn Ziyad en la leyenda. Pocos días después, en la batalla de Écija, asestó otro golpe definitivo a la nobleza goda. Dejó guarniciones en puntos estratégicos como Málaga, Granada y Córdoba, y tomó Toledo, la capital visigoda, donde se hizo con su vasto tesoro.
Táriq fue recibido como libertador por buena parte de las comunidades hispanorromanas. En el resto de operaciones mantuvo su política de usar la fuerza solo cuando era estrictamente necesario, predominando los pactos y capitulaciones con ciudades y nobles. Junto con Musa, continuó la ofensiva y dominó la mayor parte de la Península; sus avanzadas cruzaron los Pirineos y alcanzaron el sur de Aquitania.
En septiembre de 714, ambos jefes fueron llamados a Damasco para rendir cuentas ante el califa Al-Walid I. Nunca se les reconoció en vida la magnitud de su triunfo, que incorporó una provincia de casi 600.000 km² al Imperio Omeya. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-
Citas literales de las crónicas árabes clásicas Sobre Táriq ibn Ziyad:
«¡Oh, gentes! ¿Dónde huiréis? El mar está a vuestras espaldas y el enemigo ante vosotros. Por Dios, no os queda sino la sinceridad y la paciencia»: al-Maqqarī, Nafh al-Tib
«Hombre de juicio firme, espíritu audaz y de una clarividencia que hacía rectas sus decisiones»: Ibn Hayyān, al-Muqtabis
«Entró Tāriq con rapidez y rectitud, sin daño para quien aceptaba la paz»: Ibn al-Qutiyya, Ta’rīj Iftitāḥ al-Andalus
«Dios entregó a Tāriq un triunfo manifiesto; los visigodos fueron quebrantados, su rey pereció y su poder se desmoronó como un muro antiguo»: Ibn Hayyān, al-Muqtabis
«Entró en la ciudad sin resistencia, y encontró un tesoro cuya riqueza asombró a los hombres de su tiempo»: Ibn al-Qutiyya
«Volvió sin haber recibido recompensa alguna por su obra, y murió en la sombra, olvidado por aquellos a quienes engrandeció»: al-Maqqarī
.