
Vista desde un avión
«Llegará un día en que tendremos que lamentar no haber sido más libres, más fuertes y más enamorados. Cuando no quede nada que defender. Cuando sólo las estatuas de sal anden entre las ruinas de lo que fuimos.»Carlos Cano
Volando por encima de las nubes.
A la derecha, el Occidente donde muere la luz. Arriba, un cielo tan limpio que parece no tener fin. Abajo, Europa, extendida como un viejo mapa escrito con montañas, ríos y cicatrices. Delante, el destino. El Sur. Siempre el Sur.
Hay una extraña serenidad en mirar el mundo desde la ventanilla de un avión. La altura convierte el ruido en silencio y las fronteras en un simple artificio. Desde aquí no existen los países, ni las banderas, ni las alambradas que los hombres levantan para separarse. Solo la tierra, inmensa y antigua, respirando bajo un océano de nubes que la acaricia con la misma indiferencia con que lo ha hecho desde el principio de los tiempos.
Es entonces cuando uno comprende que la geografía es mucho más que un conjunto de nombres. Cada montaña guarda una historia; cada valle, una despedida; cada río, una memoria que continúa fluyendo, aunque los hombres olviden su origen.
Bajo las alas del avión duerme un continente que creyó gobernar el mundo. Europa, madre de catedrales y universidades, de filósofos y navegantes, de revoluciones y de guerras interminables. Tierra donde nacieron las ideas más luminosas y también las sombras más profundas. Desde aquí arriba parece tranquila, casi inocente, como si la distancia tuviera el poder de perdonar la historia.
Más allá, donde el azul comienza a confundirse con la tierra, espera el Mediterráneo. Ningún mar ha conocido tantos nombres ni ha escuchado tantas lenguas. Sobre sus aguas navegaron fenicios buscando puertos imposibles; griegos que perseguían el horizonte; romanos convencidos de que aquel era el centro del mundo; musulmanes que llevaron consigo la ciencia, la poesía y el rumor de los jardines; cristianos que regresaban con la cruz en la vela y la incertidumbre en el corazón.
El Mediterráneo nunca fue una frontera. Fue un abrazo.
Las civilizaciones no crecieron dándose la espalda, sino mirándose de frente. Todo cuanto somos nació del encuentro. Las palabras que pronunciamos, la música que nos conmueve, los patios donde florecen los jazmines, el aceite que ilumina nuestras mesas, la arquitectura que desafía los siglos… todo es fruto de ese diálogo interminable entre Oriente y Occidente.
Y entonces aparece el Sur.
No como un punto cardinal, sino como un estado del alma.
Porque el Sur no es únicamente una dirección en la brújula. Es una manera de mirar la vida. Una forma de entender el tiempo sin prisas, de conversar al fresco cuando cae la tarde, de reconocer el valor de la sombra en los días de verano y el milagro de la lluvia cuando la tierra lleva meses esperándola.
El Sur es una luz que no existe en ninguna otra parte.
Es la claridad blanca que rebota sobre la cal de los pueblos. El resplandor dorado de los trigales antes de la siega. El verde plateado de los olivares que ondulan como un mar silencioso cuando los acaricia el viento. Es el azul profundo del Estrecho, donde dos continentes se contemplan desde hace miles de años sin terminar nunca de separarse.
Tal vez por eso quienes nacemos en el Sur nunca dejamos de regresar a él, aunque vivamos lejos. Porque uno puede cambiar de ciudad, de país o de lengua, pero jamás abandona la luz que lo vio abrir los ojos por primera vez.
Desde esta altura comprendo que todos los caminos de mi memoria terminan desembocando aquí.
En una plaza blanca donde todavía resuenan las voces de los abuelos.
En un patio perfumado de dama de noche.
En una torre vigía mirando al mar.
En el eco de una guitarra que parece conversar con el viento.
En el nombre de Córdoba pronunciado como si fuera una oración.
Quizá por eso vuelven ahora las palabras de Carlos Cano con una fuerza distinta.
«Llegará un día en que tendremos que lamentar no haber sido más libres, más fuertes y más enamorados…»
No hablaba solo de las personas.
Hablaba también de los pueblos.
De esas sociedades que un día dejan de defender su memoria porque creen que siempre permanecerá intacta. De quienes olvidan que el patrimonio no son únicamente las piedras de una fortaleza o los muros de una catedral, sino también la música que heredamos, las palabras antiguas que sobreviven en nuestro idioma, las historias que contaban los mayores al calor de una mesa y la forma de mirar el mundo que nos enseñaron quienes nos precedieron.
Las ciudades no desaparecen cuando derriban sus murallas.
Empiezan a morir cuando dejan de recordar.
Cuando sustituyen la memoria por el olvido y la belleza por la prisa.
Cuando ya nadie sabe quién levantó aquellos muros ni por qué siguen en pie.
Quizá sea eso lo que Carlos llamaba las estatuas de sal.
Los hombres y mujeres que permanecen inmóviles mientras todo aquello que los hizo únicos se convierte lentamente en ruina.
El avión continúa descendiendo.
Las nubes comienzan a abrirse como un telón.
Aparecen las primeras sierras, los campos dibujados con paciencia por generaciones de agricultores, los pueblos blancos aferrados a las laderas, las carreteras que serpentean entre olivares infinitos.
Y de pronto, antes incluso de tocar tierra, uno reconoce el Sur.
No hace falta leer ningún cartel.
Lo anuncia la luz.
Una luz antigua, casi líquida, que parece brotar de la propia tierra y envolverlo todo con una dulzura imposible de explicar.
Entonces comprendo que viajar nunca consistió en recorrer kilómetros.
Viajar es aprender a regresar.
Regresar a aquello que nos hizo quienes somos.
Regresar a la tierra donde la historia todavía conversa con el presente.
Regresar al lugar donde el horizonte tiene el color de la esperanza y la memoria sigue caminando despacio entre las piedras.
Porque hay destinos a los que uno llega por primera vez.
Y hay otros —los verdaderamente importantes— a los que el corazón lleva regresando toda la vida.
El Sur es uno de ellos. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Volando por encima de las nubes. A la derecha el Oeste, arriba el cielo,abajo Europa, el destino el Sur, siempre el Sur.