[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Plata cordobesa en Santiago de Compostela. – Cosas de Cordoba

Plata cordobesa en Santiago de Compostela.

En el camarín del Apóstol en La Catedral de Santiago de Compostela aún cuelga la lámpara votiva del Gran Capitán.

El Gran Capitán en Santiago de Compostela

En el año 1512, Gonzalo Fernández de Córdoba, retirado ya de la vida militar, residía en Loja, donde ejercía como alcaide, cargo que le había sido concedido por la reina Juana I en 1508. Dolorido y desencantado por las promesas incumplidas del rey Fernando el Católico —entre ellas la de nombrarlo Maestre de la Orden de Santiago, dignidad que terminó otorgandose a si ismo el aragonés—, y tras prometerle además el mando de un nuevo contingente militar que debía salir desde Málaga hacia Italia, empresa que nunca se llevó a cabo, el Gran Capitán se vio obligado a licenciar las tropas a su costa, lo que aumentó su resentimiento hacia el monarca.

Libre ya de compromisos y dueño de su tiempo, decidió emprender peregrinación a Compostela para visitar la tumba del Apóstol Santiago el Mayor. Lo acompañaban su esposa, doña María Manrique de Figueroa y Mendoza, su hija Elvira de Córdoba, y varios miembros de su corte y casa. Partieron desde Córdoba, siguiendo el Camino Mozárabe, hasta enlazar con la Ruta de la Plata en dirección a Galicia.

El Gran Capitán peregrinaba movido por la gratitud: deseaba agradecer al Apóstol el haber pasado toda su vida en los campos de batalla sin haber sido jamás herido. Como ofrenda, entregó al Cabildo de la Catedral de Santiago cien ducados de oro, veintidós mil maravedís y una lámpara de plata cordobesa, en la que los orfebres habían cincelado su escudo de armas. La luminaria debía arder perpetuamente ante el camarín del Apóstol, y, según la tradición, aún hoy se conserva y alumbra el altar mayor.

Fernández de Córdoba pidió además que, cada año, durante la octava de la fiesta del Apóstol, se celebrase una misa solemne con procesión y responsos por el descanso de su alma, la de su esposa María Manrique de Figueroa, sus hijas Beatriz y Elvira de Córdoba, y su hermano Alonso de Aguilar, caído Genalguacil.

Para recibir al insigne general cordobés, el arzobispo Alonso de Fonseca III y el Cabildo compostelano organizaron una solemne ceremonia de bienvenida, con discursos y actos de agradecimiento hacia quien representaba la gloria militar de la Monarquía Hispánica. En aquellas mismas fechas, Fernández de Córdoba asistió también a los funerales que Fonseca celebró por la muerte de su padre, compartiendo con el prelado los honores del rito y el respeto mutuo de dos grandes hombres de su tiempo.

Aquel viaje a Santiago no fue una simple peregrinación, sino una despedida del mundo de las armas y de las pasiones políticas que lo habían desgastado. El Gran Capitán, vencedor en cien batallas, comprendía entonces que la gloria humana es tan efímera como el humo que sale del cañón tras la victoria.

En su camino hacia Compostela, cruzando pueblos humildes, escuchando misas y silencios, Gonzalo de Córdoba dejó atrás el estruendo de los ejércitos para buscar la paz que nunca tuvo. Su lámpara de plata, ardiendo en la oscuridad del templo, no fue solo una ofrenda, sino una metáfora de su alma, que quiso alumbrar más allá de las fronteras del tiempo. Murió dos años después, en 1515, en su retiro de Loja, lejos de las cortes y de las intrigas que tanto lo hirieron. Pero su memoria, como aquella luz en Santiago, sigue viva, recordando que incluso los grandes capitanes necesitan al final vencer la última guerra: la del orgullo, el desencanto y la soledad. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc