
Escudo de la Merced realizado en cordobán que se encuentra en la entrada del colegio Nuestra Señora de las Mercedes de Córdoba.
La caridad entre la sospecha y la santidad
El 9 de noviembre de 2003, en una ceremonia celebrada en Roma, fue beatificado Juan Nepomuceno Zegrí y Moreno, sacerdote malagueño y fundador de la Congregación de las Hermanas Mercedarias de la Caridad. Su vida, marcada por la entrega a los pobres y la incomprensión humana, es una de las más conmovedoras páginas de la espiritualidad andaluza del siglo XIX.
Juan Nepomuceno Zegrí nació en Granada en 1831, en una España convulsa, donde las revoluciones liberales y las desamortizaciones habían dejado a la Iglesia herida y a la sociedad llena de desigualdad. Ordenado sacerdote en 1855, ejerció su ministerio en Málaga, donde pronto se distinguió por su vocación social y caritativa, su oratoria ardiente y su fe activa.
Su preocupación por los marginados —huérfanos, enfermos, ancianos y mujeres desamparadas— le llevó a fundar, en 1878, la Congregación de las Hermanas Mercedarias de la Caridad, con el ideal de “llevar la redención del amor donde reinaba la miseria”.
El espíritu de su fundación se inspiraba en la antigua orden mercedaria, pero transformada para los tiempos modernos: una Merced de la compasión y del servicio, más que de la redención de cautivos. Su lema podría resumirse en una frase suya:
“La caridad ha de ser ardiente, activa y universal; caridad que no juzga, que no pregunta, que simplemente ama.”
Sin embargo, su vida dio un giro doloroso. En 1888, dos religiosas de su propia congregación lo acusaron falsamente de mala conducta, una herida que desgarró su alma y puso a prueba su fe.
La Santa Sede, movida por las denuncias, emitió un decreto pontificio el 7 de julio de 1888 que lo apartaba de la Congregación que él mismo había fundado.
Zegrí aceptó la injusticia con humildad y silencio, ofreciendo su humillación como un acto de obediencia y redención. Durante años, vivió marginado, sin poder ejercer su labor fundacional, pero sin una sola palabra de rencor hacia sus acusadoras.
El tiempo, siempre juez implacable, demostró su inocencia.
El 15 de julio de 1894, también mediante decreto pontificio, fue rehabilitado y declarado inocente. Sin embargo, la Congregación —por heridas aún abiertas y recelos institucionales— le negó la readmisión.
Murió en Málaga el 17 de marzo de 1905, en la pobreza y el olvido, pero con el alma en paz.
Fue enterrado en la Catedral de Málaga, pero con el tiempo su cuerpo fue exhumado y arrojado a una fosa común, borrando así sus restos materiales de la historia.
De él no quedaron reliquias tangibles, pero su nombre, Zegrí, de resonancia morisca y abolengo antiguo, entró en la santidad.
Su memoria se salvó no en los huesos, sino en el espíritu: en las obras de caridad que llevan su nombre y en las religiosas que continúan su misión por el mundo.
Yo lo conocí —no en la historia, sino en el alma— gracias a Sor María Teresa, en el Colegio de la Sagrada Familia del Campo de la Verdad, hoy Colegio Virgen de la Merced. Allí, entre los pasillos de cal y silencio, supe de aquel hombre injustamente acusado, expulsado y, sin embargo, elevado al honor de los altares. Aquel día me liberé de Pedro Nolasco, fundador de la antigua Merced redentora de cautivos, para abrazar al nuevo espíritu mercedario, el de Zegrí: la caridad sin cadenas, la redención del dolor cotidiano.
Cuando el papa Juan Pablo II lo beatificó en 2003, la Iglesia reconoció no solo sus virtudes heroicas, sino también la victoria moral sobre la calumnia.
Su vida es un testimonio de cómo la inocencia puede resistir al juicio humano, y de cómo la verdadera santidad no siempre nace del éxito, sino del sufrimiento aceptado con serenidad.
Hoy, las Hermanas Mercedarias de la Caridad mantienen viva su herencia en escuelas, hospitales y obras sociales en Europa, América y África.
Cada gesto de ayuda, cada mirada de compasión, cada acto de entrega humilde, lleva impreso el espíritu de Zegrí, aquel sacerdote granadino que eligió amar incluso cuando todo lo traicionó.
Juan Nepomuceno Zegrí fue un santo sin reliquias, pero con memoria eterna.
Su cuerpo desapareció, pero su mensaje quedó grabado en las piedras de las casas mercedarias y en los corazones que aún lo invocan.
Su historia nos recuerda que la santidad no necesita templo ni sepulcro, sino verdad y compasión. Por eso su beatificación no fue solo un acto religioso, fue tambien una reparación histórica y espiritual, una forma de devolverle la voz a quien fue silenciado, y de recordar que la caridad, cuando es pura, vence incluso al olvido. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Juan Nepomuceno Zegrí y Moreno fundador de Hermanas Mercedarias de la Caridad.

Sor Elvira, la primera directora que tuvo el colegio de las Hermanas Mercedarias del Campo de la Verdad.

Sor María Teresa. Superiora del colegio que nos marcó a todas los que la nos dio clase

Sor Caridad directora del colegio. Su frase cada vez que le preguntábamos las hora: “Hora de amar a Dios.

Sor Rafaela que cambio el nombre por sor Ángeles, después del Vaticano II, que nos dio clase en tercero y ya de mayor entendí que era tan alta de cuerpo como de soledad.

Sor Ana María entonces directora del colegio y sor María Teresa cuando le temíamos todas, en una excursión al saltuario de Linares.

Virgen de la Merced de la antigua capilla del colegio de las Mercedarias del Campo de la Verdad. Hoy se encuentra a la entrada del colegio.

Imagen de la Niña María del colegio

Escudo que las Mercedarias de la Caridad, llevaban el pecho y en un anillo de la mano derecha.