[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Moriscos de Granada en Córdoba – Cosas de Cordoba

Moriscos de Granada en Córdoba

Yamur: Remate de alminar de una mezquita, este reutilizado, coronado por una cruz y convertido en veleta. Hace pensar en la transformación del morisco. Se encuentra en el Museo Arqueológico de Córdoba.

El destierro de los moriscos de Granada

El 1 de noviembre del año 1570, día de Todos los Santos, comenzó en el antiguo reino de Granada uno de los episodios más dolorosos de la historia peninsular: la expulsión y dispersión forzosa de los moriscos.

Tras la rebelión de las Alpujarras, en la que los descendientes de los musulmanes convertidos al cristianismo se levantaron contra las duras medidas de Felipe II —prohibición del árabe, del vestido morisco, de los cantos, bodas y costumbres heredadas de Al-Ándalus—, el monarca decidió vaciar de población morisca las tierras del antiguo emirato nazarí.

Aquel día, los moriscos de Granada, del valle de Lecrín, de la Vega y de las alquerías serranas fueron reunidos en las iglesias de sus pueblos, engañados con la promesa de un perdón que nunca llegó. Entre rezos, llantos y el eco de las campanas, los soldados les obligaron a abandonar sus hogares. Muchos cargaban con lo poco que podían llevar: niños, animales, mantas y llaves que ya no abrirían ninguna puerta.

Las columnas humanas avanzaron hacia el norte. Córdoba fue uno de los principales puntos de concentración. Durante semanas, la ciudad se llenó de moriscos exhaustos que esperaban su destino en patios, conventos y plazas. El Puente Romano, que había visto entrar a los ejércitos de Roma, de los omeyas y de Fernando III, contempló entonces el paso silencioso de miles de familias que dejaban atrás siglos de raíces.

Desde Córdoba, el Consejo Real dispuso su reparto por Extremadura, Castilla y Galicia, con el propósito de romper sus lazos familiares y diluir su identidad. El destierro fue una deportación sin retorno: las familias fueron divididas, los apellidos cambiados, los recuerdos borrados a la fuerza. Muchos murieron en el camino, otros fueron esclavizados o reducidos a servidumbre.

La mezcla cultural que había florecido en al-Ándalus —una herencia de ocho siglos de convivencia entre musulmanes, cristianos y judíos— fue herida de muerte. Con la expulsión, desaparecieron lenguas, artes, músicas y saberes. Las alquerías quedaron vacías, las huertas abandonadas, los molinos mudos.

En Córdoba, el suceso tuvo un eco profundo. La ciudad, que había sido corazón del islam y más tarde símbolo del catolicismo triunfante, presenció el fin de un linaje espiritual que en cierto modo le pertenecía. Aún hoy, las crónicas recuerdan cómo los cronistas del Cabildo, entre ellos Ambrosio de Morales, lamentaban en silencio “el triste espectáculo de un pueblo que se extingue en nombre de la fe”.

Aquella jornada de noviembre fue mucho más que un desplazamiento forzoso: fue el epílogo del mundo andalusí, la consumación del proyecto de uniformidad religiosa de los Austrias y el inicio de un largo olvido.

Los moriscos que partieron hacia el norte llevaban consigo una memoria que nunca pudieron borrar del todo: el eco del árabe en sus rezos, las canciones de cuna de las Alpujarras, la nostalgia de los patios de agua y sombra. Córdoba fue testigo y frontera de ese éxodo; un lugar donde se cruzaron la misericordia y el fanatismo, la fe y el desarraigo.

Y desde entonces, bajo las bóvedas de su Mezquita, aún parece resonar el lamento de quienes fueron obligados a abandonar la tierra que un día llamaron Al-Ándalus. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-