
Mahoma había prohibido la ingesta de vino, aunque el castigo quedo envuelto en un halo de imprecisión.
Abu Bakr, el primer califa del islam y Alí establecieron que quienes bebiesen vino se harían acreedores de ochenta azotes. Pero todas las rigideces de la ley musulmana en Andalucía frente a los frecuentadores del delicioso fruto de la vid fueron vanas.
¿Cómo no habían de beber y de embriagarse aquellos islamitas andaluces, nietos de romanos y griegos, tartesios por los cuatro costados? Así que las crónicas nos pintan bebiendo sin recato a los moradores del califato.
El sumo de la uva gustaba por igual al menesteroso y al opulento, deleitaba a califas y príncipes, le cantaban los poetas. Incluso en el alcázar califal se usaba en exceso, y hasta se conseguía benevolencia de los cadíes, encargados de condenar a los borrachos.
Esta poseía que se le atribuye Abderramán I:
«El vaso lleno de rojo néctar era, entre sus dedos blancos,
como un crepúsculo que amanecía encima de una aurora.
Salía el sol del vino y era su boca el poniente,
y el oriente la mano del copero…
Y al ponerse en el delicioso ocaso de sus labios,
dejaba el crepúsculo en su mejilla».
Soledad Carrasquilla Caballero.
Fotografía de un verso de médico poeta al-Kalandar:
Lo mejor que tengo en mi vida me lo ha dado la embriaguez
El vino corre por mi sangre.