
Jornada de Argel. Oleo que se encuentra en el Archivo General de la Marina. «Don Álvaro de Bazán» Palacio de Marqués de Santa Cruz. El Viso del Marqués. Ciudad Real.
La desastrosa expedición de Carlos I a Argel
El 10 de octubre de 1541, el emperador Carlos I de España y V de Alemania, movido por su afán de consolidar la hegemonía hispánica en el Mediterráneo y poner fin a la amenaza de los turcos otomanos y sus aliados berberiscos, decidió emprender en persona una ambiciosa expedición contra Argel, principal bastión del corsario Jayr ad-Din Barbarroja, almirante del sultán Solimán el Magnífico.
La intención del emperador era acabar con el poder naval otomano en el norte de África y asegurar la navegación entre las posesiones españolas en la península ibérica, Italia y las islas del Mediterráneo. Argel se había convertido en un nido de corsarios que hostigaban sin descanso las costas españolas, secuestraban cautivos cristianos y amenazaban el tráfico marítimo. Tomar la ciudad significaba asestar un golpe decisivo a la influencia turca en la región.
Sin embargo, la decisión de lanzarse a la empresa resultó precipitada. Ni el momento del año ni las condiciones logísticas eran favorables.
El propio Andrea Doria, veterano genovés al mando de la flota imperial, advirtió al emperador del peligro de navegar en otoño por aquellas aguas, propensas a violentas tormentas.
También Hernán Cortés, el conquistador de México, que acompañaba a la expedición con deseos de recuperar el favor real, trató de persuadir a Carlos de aplazar la campaña. Pero el emperador, decidido y quizá confiado en su suerte, desoyó los consejos.
La flota imperial, compuesta por más de 500 naves y cerca de 24 000 hombres, zarpó desde Mahón (Menorca) rumbo a las costas argelinas. A bordo viajaban tropas españolas, italianas, alemanas y portuguesas, junto a caballería y abundante artillería.
Era una de las mayores expediciones navales organizadas en el reinado de Carlos I, símbolo del poder imperial de la Monarquía Hispánica en su apogeo.
Cuando la armada llegó frente a Argel, el 20 de octubre de 1541, un temporal comenzó a levantarse sobre el mar.
Las embarcaciones, ancladas frente a la costa y sin puerto seguro, fueron azotadas por un huracán devastador.
Durante tres días, el viento y las olas destrozaron los barcos, dispersaron las tropas y hundieron la mayor parte de la flota.
Andrea Doria, al mando de la escuadra, trató de alejar los buques hacia alta mar para evitar que encallaran, pero fue en vano: más de 150 naves naufragaron y miles de hombres perecieron ahogados o fueron capturados por los corsarios de Barbarroja.
Los sobrevivientes lograron llegar a tierra, donde se refugiaron en improvisados campamentos bajo lluvia y frío.
El ejército, exhausto, sin víveres ni munición, trató de avanzar hacia Argel, pero fue rechazado por la guarnición otomana y las milicias locales.
Los soldados imperiales sufrieron hambre, enfermedades y ataques constantes desde las colinas.
El propio Carlos I, que había desembarcado, se vio en peligro personal y se dice que llegó a combatir espada en mano, cubierto de barro, alentando a sus tropas.
Con la flota destruida y el ejército diezmado, no quedaba otra salida que la retirada.
El emperador, humillado pero sereno, ordenó evacuar a los supervivientes y embarcar en los barcos que quedaban.
A duras penas lograron regresar a Bugía y Cartagena, dejando tras de sí miles de muertos y prisioneros.
Las pérdidas nunca fueron contabilizadas con precisión —se habla de entre 8 000 y 12 000 hombres—, pero el golpe moral fue inmenso.
Carlos I, profundamente afectado, se culpó de la tragedia y durante días permaneció en silencio, meditando sobre su derrota.
El emperador, acostumbrado a la victoria, había conocido en Argel su mayor desastre militar.
La expedición de Argel fue un duro golpe al prestigio de la Monarquía Hispánica y un rotundo éxito para Solimán el Magnífico y su almirante Barbarroja, quienes mantuvieron el control del Magreb central.
Las costas del Mediterráneo occidental siguieron sufriendo las incursiones corsarias durante décadas, y Argel permaneció como una base otomana hasta el siglo XIX.
Consciente de los límites de su poder, Carlos I comenzó a mostrar un tono más introspectivo y melancólico. Algunos cronistas afirman que, tras la derrota de Argel, su espíritu se volvió más religioso y resignado, preludio de la renuncia que años más tarde lo llevaría a retirarse al monasterio de Yuste.
Así terminó la expedición de Argel de 1541, concebida como una cruzada contra el Islam y culminada en desastre por la fuerza de los elementos y el exceso de confianza imperial.
El Mediterráneo, escenario de gloria para la monarquía de Carlos I, se convirtió entonces en el espejo de su vulnerabilidad.
Aquel temporal, que hundió barcos y sueños de conquista, marcó el límite de la expansión hispánica en África y recordó al emperador más poderoso de su tiempo que ni el oro de América ni la fe en Dios bastaban para dominar el mar. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-