[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Amir Maalouf. – Cosas de Cordoba

Amir Maalouf.

Harem Musicians de Gustavo Simoni .Acuarelas sobre papel 1888. Colección particular

La Edad Dorada del Islam y el espíritu de al-Ándalus

“La edad dorada del islam, era aquella en que los califas repartían su oro a sabios y a traductores, cuando se pasaban las veladas hablando de filosofía y de medicina en compañía de poetas medio borrachos. Y no le iba tan mal a Andalucía en los tiempos en que los visires decían riendo: ‘Oh tú que gritas: ¡Acudid a la oración! Mejor harías gritando: ¡Acudid a la bebida!’. Los musulmanes no han flaqueado sino cuando el silencio, el miedo, la conformidad, ha oscurecido su mente.”. Amin Maalouf

Estas palabras evocan con ironía y nostalgia la edad de esplendor intelectual y cultural del mundo islámico, una etapa en la que el saber era considerado una forma de devoción, y el pensamiento libre no era un peligro, sino una virtud.

Durante los siglos IX al XI, tanto en Bagdad como en Córdoba, El Cairo o Damasco, se vivió un periodo de efervescencia intelectual sin precedentes. En aquella época los califas —como Al-Ma’mún en Oriente o Al-Hakam II en al-Ándalus— financiaban casas de sabiduría y bibliotecas reales, patrocinaban la traducción de obras griegas y persas, y alentaban el debate entre teólogos, filósofos, médicos y astrónomos.

El oro del califato se invertía no solo en mezquitas y palacios, sino en la palabra, en la investigación y en la búsqueda del conocimiento. En Córdoba, por ejemplo, se llegaron a contabilizar más de setenta bibliotecas, y la del califa Al-Hakam II albergaba unos cuatrocientos mil volúmenes, copiados, comentados y clasificados con rigor casi moderno.

Maalouf alude con humor al espíritu andalusí, donde el refinamiento y la cultura convivían con una vida urbana vibrante, libre y sensual. Córdoba, Sevilla o Granada fueron ciudades donde el vino, la música y la poesía se entrelazaban con la teología y la ciencia.

Los poetas cortesanos, como Ibn Zaydún o Wallada bint al-Mustakfī, celebraban la belleza, el amor y el placer sin censura, mientras médicos como Abulcasis (Al-Zahrawī) o filósofos como Averroes (Ibn Rushd) desafiaban las fronteras del pensamiento.

La frase que Maalouf cita —“Oh tú que gritas: ¡Acudid a la oración! Mejor harías gritando: ¡Acudid a la bebida!”— representa una actitud vitalista, burlona, casi epicúrea, que no niega la fe, sino que la equilibra con la alegría de vivir. Es la voz de un islam abierto, seguro de sí mismo, donde la espiritualidad no está reñida con el placer ni con la curiosidad.

Pero la reflexión de Maalouf es también una advertencia. “Los musulmanes no han flaqueado sino cuando el silencio, el miedo y la conformidad han oscurecido su mente.”

Con estas palabras, el escritor libanés apunta al momento en que el dogma sustituyó al debate, cuando las escuelas filosóficas fueron perseguidas, los libros censurados y los sabios sospechosos de herejía. Ese proceso, que comenzó con la decadencia del califato abasí y continuó con la fragmentación de al-Ándalus, marcó el fin de una era de tolerancia.

El espíritu crítico de Averroes fue silenciado, las obras de filosofía griega fueron quemadas, y las ciudades que habían sido faros de conocimiento se sumieron en la ortodoxia. Al-Ándalus, tras siglos de esplendor, terminó por desvanecerse bajo la presión de la intransigencia política y religiosa, primero interna, luego impuesta por los reinos cristianos.

Amin Maalouf, descendiente de una cultura mestiza —árabe y mediterránea, cristiana y musulmana—, utiliza esta evocación de la Edad Dorada para denunciar la pérdida del espíritu de diálogo que un día fue la grandeza del islam.

En sus obras, especialmente en “Las cruzadas vistas por los árabes” o “Identidades asesinas”, insiste en que las civilizaciones no mueren por la derrota militar, sino por el miedo al pensamiento libre, por la renuncia al disenso y por la uniformidad impuesta.

Por eso, su cita sobre los califas, los sabios y los poetas borrachos no es solo un recuerdo nostálgico de un pasado glorioso: es una llamada contemporánea a recuperar la curiosidad, la risa y el valor intelectual que hicieron posible aquel milagro andalusí.

La Córdoba de los califas y la Bagdad de los abasidas fueron algo más que capitales imperiales: fueron laboratorios de civilización, donde convivían el misticismo sufí, la razón filosófica y la sensualidad poética.

Cuando Maalouf evoca esas veladas en las que califas y sabios discutían sobre medicina, geometría o el alma, nos invita a mirar atrás no con melancolía, sino con la convicción de que toda cultura florece mientras conserva su libertad de pensamiento.

Y así, la frase final —“Los musulmanes no han flaqueado sino cuando el silencio, el miedo, la conformidad, ha oscurecido su mente”— se convierte en una verdad universal:

Ninguna civilización perece mientras conserve el coraje de pensar, de dudar y de reírse de sí misma. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.