[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Cordobeses en la Armada Invencible. – Cosas de Cordoba

Cordobeses en la Armada Invencible.

Destrucción Armada Invencible. Oleo con que el pintor José Gatner de la Peña, consiguió la segunda medalla en la Exposición Nacional de 1892.

La historia de la Armada Invencible y el caballero cordobés

Felipe II jamás la llamó “Armada Invencible”. Ese título, tan grandilocuente como irónico, nació del ingenio inglés, que primero la temió y luego la ridiculizó.

Para el monarca español, se trataba de «la Grande y Felicísima Armada», una flota imponente que debía servir a un propósito divino: castigar a Isabel I por usurpar el trono y restaurar el catolicismo en Inglaterra.

El pueblo, más práctico y directo, la conocía sencillamente como “la empresa de Inglaterra”: transportar al poderoso ejército de Alejandro Farnesio desde Flandes y conquistar el reino enemigo cruzando el Canal de la Mancha.

La expedición partió en mayo de 1588, al mando de Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, con 130 navíos y más de 30.000 hombres entre soldados, marineros y capellanes. Era la mayor flota jamás reunida por España.

Sin embargo, nada salió según lo planeado. El mal tiempo, los errores de coordinación y la táctica naval inglesa —más ligera, rápida y flexible— hicieron imposible el encuentro con las fuerzas españolas

La Armada, acorralada en el Canal, tuvo que retirarse por el norte, bordeando Escocia e Irlanda en un viaje infernal.

Aquella retirada se convirtió en una odisea de naufragios. Las tormentas deshicieron lo que no lograron los cañones ingleses: decenas de barcos encallaron o se estrellaron contra los acantilados. Miles de hombres murieron ahogados, de hambre o ejecutados al pisar tierra enemiga.

Entre los muchos navíos perdidos, los “Casos Notables” —un manuscrito del siglo XVI que recoge historias de aquella campaña— mencionan una historia singular:

la del barco comandado por don Antonio de Córdoba y capitán de una de las naves de la flota, que fue a embarrancar en las playas de Londres.

Sus hombres, exhaustos, empapados y hambrientos, estaban dispuestos a rendirse como esclavos con tal de salvar la vida. Pero las órdenes de la reina Isabel I eran claras:

«A todo náufrago español que llegue a nuestras costas, dadle muerte. No habrá clemencia para los enemigos de Inglaterra ni del trono».

La reina temía que aquellos soldados, si sobrevivían, se unieran a los católicos ingleses y provocaran una rebelión interna. Así, muchos de los hombres de la Armada fueron ejecutados sin juicio en Irlanda y Escocia.

Pero don Antonio de Córdoba tuvo otra suerte.

El capitán inglés encargado de apresarlo, según relata la leyenda, decidió desobedecer las órdenes de su reina. Admiraba la fama de los guerreros y hombres de letras de Córdoba —tierra del Gran Capitán, de Séneca y de tantos sabios—, y creyó que aquellos soldados merecían volver a su patria.

Arriesgando su vida y su honor, el inglés permitió que don Antonio y sus hombres regresaran a España, sanos y libres.

Las familias los recibieron con incredulidad: creían haberlos perdido para siempre en el desastre de la Armada.

Cuando le preguntaron al capitán inglés por qué había desobedecido, se dice que respondió:

“He oído hablar del Gran Capitán y de la nobleza de los hombres de Córdoba. No podía alzar la espada contra ellos.”

Quizá sea solo una leyenda tejida entre los ecos de la derrota, una historia de honor inventada para consolar a los supervivientes de una tragedia nacional.

Pero si fuera cierta, bien harían aquellos cordobeses, al volver a su tierra, en cumplir con un deber de gratitud: acercarse a Granada, al sepulcro del Gran Capitán, y dejarle flores en nombre de todos los que lograron regresar del infierno. Soledad carrasquilla Caballero. sccc.-.