
Este saltamontes ha convertido el ancla de la entrada en su pequeño reino.
Durante toda la primavera lo vi tomar el sol, inmóvil a ratos, como si fuera parte del hierro oxidado, y de repente dando saltos que lo hacían desaparecer entre las hierbas.
En verano dejé de verlo y pensé que había emprendido viaje a algún lugar más fresco, escondido entre la maleza o buscando sombra bajo las piedras. Sin embargo, con la llegada de septiembre ha vuelto a su mirador favorito, como si reclamara el espacio que ya siente suyo.
No parece muy mayor. Estos insectos suelen vivir alrededor de quince meses, y yo llevo apenas seis siguiéndole la pista. Quizá aún le quede mucho por recorrer, quizá lo veamos envejecer poco a poco entre vuelos torpes y pausas largas al sol. Si la curiosidad de los perros no lo espanta y la insistencia juguetona de los niños no lo obliga a huir, podremos seguir disfrutando de su presencia durante un buen tiempo.
Es un habitante discreto y tenaz del jardín, que ha encontrado en el áncora un refugio donde recordarnos que la vida, incluso la más pequeña, también sabe de rutinas y fidelidades. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-